También en “La noche que llegué al Café Gijón” leo que Francisco Umbral va y declara que aprendió que convenía oler bien, razonándolo a continuación de una forma que convence:
“Porque parece que el aprendizaje de la vida, el oficio de vivir, debe estar hecho de grandes descubrimientos y profundas y elaboradas verdades. Y no. Resulta que no. Resulta que aprender a vivir es ir aprendiendo pequeños detalles, pequeñas cosas. Ir dándole breves y precisos toques a la imagen de uno
mismo. ‘He tardado muchos años en coger una copa sin afectación’, confesaba en verso un poeta amigo mío. Se tarda muchos años, se tarda toda la vida en coger sin afectación la copa de la propia persona.”
“Coger una copa sin afectación. Oler bien cuando hay que oler bien. Cosas así. Tomar a una mujer del codo en el momento preciso, ni antes ni después, a lo largo de una tarde. Tomarla del codo cuando su codo está esperando ya ser tomado. Todo esto esto constituía una pequeña cultura ‘mondaine’ que uno no puede por menos de menospreciar a medida que la va adquiriendo, pero que al paso de los años se revela como lo poco que hay que saber en esta vida. Las grandes cosas que habría que saber, no las sabremos nunca, quizá por la sencilla razón de que no hay grandes cosas. Así que había que oler bien”.