viernes, 31 de julio de 2020

Lardín


Ya me hice con el número actual de Lardín y me lo he zampado de pe a pa. Lleno de tiras cómicas, dibujos y escritos de todo tipo, pero predominando, como debe ser, lo gamberro. Una nómina de firmas de unas y otras cosas impresionante.
 

lunes, 27 de julio de 2020

El meu cor al descobert (Baudelaire)


Encontré este librito, “El meu cor al descobert” (Baudelaire, Edicions Albatros, 1992), en la Feria del Libro de Ocasión de 2018, y me lo llevé a casa, entrando a formar parte de todo ese stock de pendientes de lectura que ahora, limitaciones del coronavirus mediante, estoy desempolvando.
No me ha entusiasmado, quizás en parte por no haberme adecuado a las palabras -muchas veces altisonantes- de su traducción al valenciano, por una edición estética y funcionalmente muy mejorable, por la frecuencia con la que trata de asuntos teológicos o por las numerosas citas de personajes y asuntos candentes del momento de su escritura que, por desconocimiento debido a los años transcurridos, me dejan indiferente. Pero sobre todo, seguro, porque internamente me esperaba que Baudelaire anotara a corazón abierto otro tipo de cosas.
Aún así, he encontrado piezas como ésta que transcribo, en la que, por cierto, denigra -como también hace en alguna otra- de los belgas, que veo muy mal considerados en el XIX. Quizás les echaba la culpa de sus dificultades económicas... Traduzco:
“La creencia en el progreso es una doctrina de perezosos, una doctrina de ‘belgas’. Es el individuo el que cuenta con sus vecinos para hacer su trabajo.
Solo puede haber progreso (auténtico, es decir moral) en el individuo y por el individuo mismo.
Pero el mundo está hecho de gente que solo puede pensar en común, en bandas, como las ‘Sociedades belgas’.
También hay gente que solo sabe divertirse en grupo. El auténtico héroe se divierte solo.”
Yo, suscribiendo el escepticismo ante las actividades de grupo, prefiero de todas todas, mucho antes que la rotunda soledad, el petit comité. Pero vaya.

 

sábado, 25 de julio de 2020

Félix Romeo


En 1995, en esa pelicula tan desigual para celebrar el centenario de la presentación del cinematógrafo por parte de los Lumière, Fernando Trueba no fue a Zaragoza a rodar la salida de la misa del Pilar, pero sí algo parecido, ofreciendo como resultado sorprendentemente el único corto de la película y de su carrera con un cierto marcado aire político.
Rodó con un aparato idéntico al de los hermanos Lumière “La salida de un insumiso de la cárcel de Torrero”. El insumiso era nada menos que el escritor Félix Romeo, a quien yo conocía no como escritor, sino como periodista cultural, como entrevistador y autor de reportajes para el programa televisivo “La Mandrágora”, entre otras cosas.
Félix Romeo, pese a sus barbas y su oronda figura, era por entonces un tío muy joven, cuya muerte repentina cuando tenía 43 años, en 2011, sorprendió a todo el mundo. Sus amigos del mundillo literario se movilizaron para hacerle una serie de homenajes. Cuando salió me hice con un pack de dos libros editados para la ocasión por Mondadori, leí el colectivo (por el que me enteré bastante de su vida y milagros) y dejé apartado “para leer más adelante” “Noche de los enamorados”, un librito suyo póstumo, que me he leído hoy.
Sabiendo lo rodado por Trueba, sabiendo la trágica peripecia de su amigo Chusé Izuel, de la que diera cuenta en su “Amarillo”, leyendo he podido colegir que todo lo que aparece en el librito está basado, como se dice, en “hechos reales”. Unos hechos de las páginas de sucesos y de su propia experiencia vivida, que investiga con esfuerzo y precisión, a partir de los que ordena, elucubra y expone, ofreciendo lo que él dice que es un “libro de palabras”.
Pero lo que me ha quedado más claro nada más leer las primeras páginas de “Noche de los enamorados” es la pulsión escritora que latía en Félix Romeo.



 

viernes, 24 de julio de 2020

El cine de las sábanas blancas


Pues es un bien curioso libro éste de “El cine de las sábanas blancas” (Augusto M. Torres, Huerga & Fierro editores, 2019). Vicente Molina Foix tenía un libro anterior (2007, en Espejo de Tinta) al que le puso un título similar, apuntando directamente a unir cine con erotismo: “El cine de las sábanas húmedas”. Pero mientras que éste era simplemente un recopilación de artículos sobre películas y actores que habían sido mitos eróticos, el del escritor, productor, distribuidor y realizador cinematográfico Martínez Torres tiene voluntad, con sus más de trescientas páginas, de cuerpo único, no desgajable.
Son dos los hilos que se entrecruzan en el libro. Por un lado la historia de los cines de Madrid. Por otro, los recuerdos personales del propio autor. Pero ya veremos de qué tipo de recuerdos se trata y, contra la impresión que daban las páginas iniciales, se va viendo que tanto la memoria llena de datos (arquitecto, características de las salas, tipo de programación) sobre los cines como la peculiar y supuesta memoria personal -con rompimientos bruscos a base de punto y aparte entre ambas temáticas- se concentra básicamente en los años 50 y 60.
Al escribir sobre cada uno de los cines, Augusto M. Torres explica su relación con el mismo. Esto es: qué película vio allí (aprovechando para describirla sucintamente) y con quién asistió a la proyección. Eso le permite pasar a su segundo punto de interés: sus supuestas aventuras eróticas como adolescente, tanto en las propias butacas de los cines como en escarceos por sus mudantes casas.
Digo supuestas porque muchas de esas aventuras suenan tan exageradas como repetitiva y exagerada es su fijación con ciertas cosas, por lo que acabas creyéndote tan solo en un muy menguado porcentaje. Hay algún lapsus cronológico que ayuda a esta consideración. Algún personaje, además, apostaría que está inventado de principio a fin, lo que no importa demasiado si se considera el libro entero, pese a la rareza de esa proliferación de datos repetidos sobre los cinematógrafos que en Madrid han sido, como novela.
Pero hay otro aspecto que se debe mencionar al hablar del libro, y es el peculiar “estilo”, por llamarlo de alguna manera, del autor. Yo lo había leído, más que en sus críticas para “El Pais”, que creo no aparecían en la edición catalana, en otros variados libros y había reparado, desde luego, en sus extrañas y contundentes valoraciones, pero siempre las había atribuido a tratarse de pequeños manuales de historia del cine, donde se debía jugar con una gran limitación de espacio. Ahora veo que no es así. Me he llegado a preguntar cómo Seix Barral, que sin duda debía disponer de concienzudos editores, le publicaron sus dos primeras novelas, pero en este libro explica que se trata de dos libros escritos cada uno como un único párrafo y, lo que resulta una al menos difícil gramática, se pudo justificar porque he recordado que era la época del Nouveau Roman, de los experimentos narrativos.
No puedo evitar trasladar aquí alguna de las frases que, con ese uso tan peculiar suyo de las comas (que debe creer sirven para todo), los relativos, reenganches finales extraños y desorden fenomenal, te hacen detenerte un momento en su lectura para ordenar las cosas y ver qué corresponde a qué. Par aclararte un poco, vaya:
“A mi padre, a quien gustaban los desfiles, llevarme a ellos y gritar fuera de sí, ante mi asombro, ‘¡¡Franco!! ¡¡Franco!! ¡¡Franco!!’ al paso del automóvil con el dictador, durante la estancia en un hospital que precedió su muerte, la mayor, y más atenta, de las monjas que lo atendían, lo encontraban parecido al ‘Caudillo’, decía con alegría suya y de mi padre.”
“En 1925 el arquitecto Pascual Brau lo transforma en el Circo Americano, donde también se exhibe cine al situar una pantalla en la parte central del local, con la modalidad de que pagan menos los espectadores que ven invertidas las imágenes, y en especial los intertítulos, estamos en los años triunfales y finales del mal llamado cine mudo, por estar sentados al otro lado de la pantalla.”
El libro es una amalgama de cosas así. Casi diría que una carrera de obstáculos, que al principio, cuando cuenta a su aire, de hecho, la historia del mismo cine, se lee con dificultad pero con fruición, porque interesa lo que intenta explicar. Más adelante y hasta el final, donde se ve que se trata de un texto que tenía avanzado hace muchos años y le ha puesto un par de remiendos para sacar ahora, llegas a cansarte bastante, la verdad, de sus repeticiones, hasta esa tan literaria de compararse con un Odiseo que no tiene ninguna Penelope que le espere en su regreso a Ítaca.

 

miércoles, 1 de julio de 2020

Desde mi celda


“Desde muy pequeño me fascinaban las letras, la tinta, el papel. El papel en blanco y la posibilidad de llenarlo de letras. Nunca de dibujos. Yo no sabía dibujar. Yo sabía escribir. Cuando podía arrancaba algunas hojas de los blocs de mis hermanos mayores y luego me iba al ‘gallinero’ a contemplar las páginas en blanco, unas veces cuadriculadas, otras rayadas, y empezaba a escribir palabras. Ya en el colegio, iba a la oficina de material escolar a pedir cuadernos que luego apuntaban en la cuenta. Mi padre nunca me dijo nada, aunque tampoco veía los cuadernos porque yo los escondía. No quería que me vieran escribir. Era un secreto o, más que un secreto, mi mundo secreto”.
Debería pararme aquí, habiendo transcrito el primer párrafo de estas memorias, dejando evidente el gusto que provoca leer algo bien escrito, que hace mover sentimientos o recuerdos por ahí dentro. Y lo debería hacer, sobre todo, porque me había dicho a mí mismo que no iba a escribir más que de cosas que, por una u otra razón, me gusten, me interesen. De libros, pintura o cine, sólo elogios, nunca eso tan feo, que además de poder resultar injusto no merece la pena, de apuntar con la batería y disparar a la contra.
¿Qué debió pasar para que este “Desde mi celda. Memorias” (Juan Antonio Masoliver Rodenas, 2019; Acantilado) empiece tan bien, siga así en todo el relato de infancia y como alumno juvenil que incluye y luego se me pierda hasta resultarme por momentos desastroso? Consigue además, desgraciadamente, hasta seguir esa norma no escrita sobre las memorias que leo de, en vez de situarte bien a su autor y ayudar a apreciarle, alejarte de él y de sus cosas, visto su carácter y su forma de pensar reveladas.
Tras ese relato de infancia y juventud estudiantil, con algún retrato interesante de sus profesores, entra Masoliver en un tema, el de la muerte, que se hace duro, pues, como el mismo dice, el recuento de sus muertos convierte a ese trozo en un auténtico cementerio. Pero para mí el problema no ha sido ese, sino lo posterior.
En una monografía que Martí Rom y yo preparamos sobre el músico Joan Guinjoan, el eje principal lo constituía una larguísima entrevista, elaborada a base de muchos días de encuentro. Nos costó dar forma a la entrevista, pero sacamos la idea de que habíamos conseguido un texto fiel a la par que bastante atractivo sobre su vida. Como teníamos por costumbre, le dimos a leer el resultado, por si había alguna cosa que quisiera matizar, o que no le gustase ver impreso. Ahí nos perdimos. Cada día que nos volvíamos a reunir, Guinjoan había tenido tiempo de leerla de pe a pa de nuevo, se había dado cuenta de que no nombraba a Fulanito o a Manganita, y nos ofrecía alguna frase pidiéndonos encarecidamente que la insertásemos para cubrir el olvido y que nadie se enfadase. No hubo forma de hacerle entender que no era obligación mencionar a todos las numerosísimas personas que había conocido en vida y dejar constancia de un halago sobre su personalidad, cosa que podía hacer perder vida a la entrevista y convertirla en un muermo.
Algo parecido me ha dado la impresión que le ha pasado con su escrito a Masoliver, con la salvedad de que no siempre deja una frase de admiración sobre todos los personajes frecuentados, sino que de vez en cuando deja caer alguna que otra descalificación, lo que hace que él mismo, en un momento dado, defina con ironía su libro como unas “rencorosas memorias escritas por alguien ajeno al rencor pero adicto al veneno”.
Hay otra cosa que me ha hecho cuesta arriba la lectura del libro, al margen de lo pesada que se hace en algún momento la larga nómina de citados con frase definitoria de que hablo. El libro, que parece escrito en dos etapas, o por lo menos retomado para finalizarlo con un lapso importante, dice él mismo que lo inició cuando ya tenía 75 años. Será por esto, será por haber dejado de escribirlo con el cuidado con el que parece escrita su primera parte, el caso es que contiene un cierto desorden y muchas repeticiones, así como alguna incoherencia (como hablar en presente de personajes que en otro momento se señala que ya fallecieron), quizás por haber rehuido, seguramente para ahorrarse trabajo, de narrar teniendo en cuenta cronologías y fechas. Alguna repetición se ve mitigada por la editorial, pero se detectan aún unas cuantas. Masoliver parece consciente: “Ya he hablado de esto y Sandra Ollo me echa en cara que me repito, algo que a mi edad me está más que permitido”, dice por alguna página.
¿Qué es lo que hace ponerse un poco a resguardo del personaje retratado? Primero sus frecuentes chulerías y bravuconearías varias (“Pero el que jugaba bien, con perdón y sin perdón, era yo, como jugaba bien a frontón con raqueta o frontenis, al billar, al Ping-pong y al ajedrez”). Pero sobre todo su voluntad, exhibida continuamente, de pasar por un inconformista política y socialmente hablando, un hombre con un éxito atronador con las mujeres (dejando además clara su obsesión sexual) y hasta un bebedor extraordinario de todo tipo de alcohol, con una especialización notoria en la cerveza. Para acabar de redondear la impresión, de tanto en tanto deja caer alguna digresión jocosa, que parece producto de la ingestión de alguna medicación de esas que tienen el objetivo de levantar el ánimo del paciente y éste se pasa de la ralla.

La cosa parece recomponerse y recuperarse por el final, a partir de su descripción, tan cercana, de su trabajo en La Vanguardia y en general de aspectos de su profesión, así como con sus reflexiones finales, desde “la última vuelta del camino”. Pero para mí el mal ya estaba hecho. 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...