jueves, 16 de noviembre de 2023

Whasington (Víctor Alba)


Cuando compré y leí este “Washington” (Ediciones destino, 1988), como otros libros de esta colección de idea tan feliz -sobre diferentes ciudades, escritos por alguien que las conozcan bien, por haber vivido en ellas-, no sabía nada de su autor, Victor Alba.
Unos años después supe que Joan de Sagarra lo había nombrado “tío” suyo -toda una distinción- y empecé a leer una buena cantidad de sus libros. Así, cuando lo vi en “Asaltar los cielos” (José Luis López Linares y Javier Rioyo, 1996) explicar cómo había descubierto a Ramón Mercader tras el falso nombre de Jacques Mornard con el que se protegía el asesino de Trotsky, haciéndole con picardía inaudita responder en catalán, ya pude situar perfectamente al personaje.
Leer ahora de nuevo este libro me ha permitido confirmar de dónde le venía a Victor Alba su conocimiento del mundo norteamericano. Sin dar en él ningún detalle revelador sobre sí mismo y su entorno más íntimo, sacas en cambio una idea muy cabal de sus ocupaciones, sus relaciones, sus aficiones y hasta sus pasiones, entre las que destaca esa adoración por la democracia nortemericana que por aquí, en época de progresismo muy lineal, nos resultaba tan extraña.
No puede decirse que el libro dé una descripción detallada de la ciudad y, sin embargo, tras leerlo de nuevo ahora, creo que tengo una idea mucho más clara sobre Washington que la que puedan facilitar diez guías turísticas, con su correspondiente capítulo sobre la historia local.
Ciudad planificada para ser la capital, como después Canberra o Brasília, dice Victor Alba que mantiene sus edificios y calles, pero renueva periódicamente sus gentes, su ambiente y hasta su vida. Cada cuatro años, cada presidencia del gobierno, o mejor, con cada relevo presidencial desparecen todos aquellos -multitud- que llegaron con el presidente o debido al presidente que ahora dejará La Casa Blanca, siendo reemplazados por otros, seguramente con una forma de vida totalmente diferente, que se traducirá inexorablemente en el ambiente de la ciudad.
Habla Victor Alba de confidencias, ruedas de prensa, parties y de todo el engranaje de poderes de los Estados Unidos. Y eso, básicamente, se ve que es la ciudad, su sentido absoluto.
Él pasó -lo dice repetidamente- por ocho presidentes diferentes, de Truman a Reagan. Queda claro cuáles fueron sus favoritos y lo contrario. Llena el libro de anécdotas sobre esos ocho presidentes y los que, de ahí u otros lados (la ciudad está llena de embajadores, y los magnatarios de todo el mundo se pirran por acercarse…) los acompañaron. Muchas son muy conocidas (el ¿dónde está la ciudad? que preguntó Abigail, la mujer del presidente John Adam, cuando llegó a la Casa Blanca), otras no tanto, pero en general dan el tono chispeante del libro.

 

miércoles, 8 de noviembre de 2023

Aún aprendo (Artur Ramon)


Me sorprendí de lo lleno que estaba ayer el espacio habilitado veinte minutos antes. Desde luego, como se indicó, debía haber mucho coleccionista, pero luego, al saber que el acto iba a ser presentado por Josep Cuní, me entraron sospechas de que alguno también debía haber ido por él, que no deja de ser figura mediática.
Se trataba de la presentación en La Central de la calle Mallorca de un nuevo libro de Artur Ramon, “Aún aprendo. Quince episodios sobre dibujo” (Editorial Elba, 2023). Josep Cuní se había preparado la cosa como si fuera uno de sus programas de radio o televisión, con un inicio y un final coherentes y rimados (“no mirar, sino observar; no oír, sino escuchar; …) y, demostrando haber leído el libro, del que dijo contiene, por vez primera en los del autor, ciertos datos personales.
Uno de estos datos biográficos personales está relacionado con la cubierta del libro. El dibujo de Leonardo da Vinci seleccionado (en vez del quizás más esperable de Goya), explicó Artur Ramon, presidía también la portada de un voluminoso libro de Skira que le regaló su padre cuando él era un crío de trece años, causándole una impresión de la que aún no se ha repuesto: luego vino a decir que posiblemente era el que consideraba mejor dibujo de todos los existentes.
Se inició la entrevista -pues de una entrevista se trataba- elogiando lo que el dibujo tiene de primera voz, de esbozo, de acto generalmente más personal e íntimo que una pintura, pero de hecho, ahora que lo pienso, tampoco se ahondó demasiado en sus características, tipos y demás, pasándose a otro tipo de asuntos relativos a todo hecho artístico, al mundo cultural actual y hasta a la expresión de disgusto ante el giro que van tomando muchas cosas del mundo contemporáneo.
Incitado por Cuní, Ramon criticó con dureza el proceso de banalización y desmaterialización de nuestra cultura, que prescinde de los discos, los libros y las obras de arte, cuya posesión había sido siempre un objetivo de lo más preciado.
También efectuó, algo desengañado, un panegírico del coleccionismo, cosas ambas, como otras que también comentó o por las que se vio dolido, con las que puedo coincidir yo también, pero que no dejan de ser esperables, todo sea dicho, en quien regenta una galería de arte.


 

Atlas de fronteras insólitas


Nadie pondrá en duda, espero, que las fronteras son de las cosas más arbitrarias que existen. Pero alguna de ellas resulta, debido a una serie de acontecimientos históricos, totalmente estrambótica.
Un libro como este “Atlas de fronteras insólitas” (Planeta, 2020) debiera tener un orden exquisito y una buena cartografía, que resulte bien clarificadora. Desgraciadamente no es el caso. Su autor, Zoran Nikolić, ya avisa en su introducción que no es ni escritor ni geógrafo, sino un ingeniero informático con una gran afición por los mapas. Por su parte, tanto la edición como la “cartografía” (por llamarla de alguna manera) que aporta es absolutamente infame.
Y es una lástima, pues al menos yo, cuando han acabado los capítulos (o lo que sean) del libro dedicados a los extraños enclaves que han conservado las fronteras actuales de los diferentes Estados, he pasado por encima, sin entrar en ello, todo el berenjenal repetitivo y desordenado de fronteras interiores, inexistentes pero respetadas, cuatrifinios, ciudades fantasmas y demás que, en un totum revolutum, nombra el libro.
Sabe mal, porque las virguerías que suponen las fronteras marítimas actuales de Saint Pierre y Miquelon, el arreglo conseguido en las de la isla de Märket entre Finlandia y Suecia o la misma existencia de la Isla Sentinel del Norte (teóricamente de la India), entre otras, son cosas poco conocidas y que merecerían algo más consistente.
La imagen de una zona cercana al Lluc de la Bullosa (sacada de Descobrir), corresponde al tema uno de los enclaves que menciona el libro y que -por aquello de la proximidad- conocemos más, el de Llivia, villa (y no pueblo, razón por la que no pasó a Francia en la Paz de los Pirineos) enclave español en territorio francés. Pero no sabía que muchos antiguos terrenos de por ahí (entre ellos los rivereños al embalse) que dirías plenamente franceses pertenecen también a Llivia.




 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...