Ya emprendida la navegación de “Una cierta edad” (Marcos Ordóñez, 2019), pero aún en las entradas de 2011, doy con ésta, que me aporta sensaciones vividas y me impresiona:
“Abro los ojos. Ya es de noche. El tren se ha parado. El vagón está vacío. Un instante de pánico. ¿Cuanto rato llevo dormido? ¿Ha acabado el trayecto? ¿El tren ha seguido y estoy en una estación que no conozco? ¿Me han llevado a cocheras? Miro por la ventanilla: no hay nadie en el andén. Morirse podría ser algo parecido a esto. Toco dos veces el botón para que se abra la puerta. El aire frío me despeja. Todavía me late fuerte el corazón cuando subo la escalera mecánica, revivido.”
Me ha llevado a pensar en “Un soir, un tren” (André Delvaux, 1968). Aunque en esa película el aire frío no despejaba: era gélido.


