En “Los peces no cierran los ojos” sublima Erri de Luca hasta casi desbordarla una historia de iniciación. La sitúa, contada en primera persona, con el conocimiento que da ya el tiempo, en una isla cercana a Nápoles, entre barcas de pescadores.
Habla de la marcha hacia la vida adulta como un camino lleno de trompicones, en medio de la soledad casi absoluta, sólo paliada por la presencia comprensiva de una madre o el conocimiento paulatino de la mano de un pescador.
Entre la incredulidad más sólida, junto a la bruta presión cotidiana de otros de su edad, surge la presencia de una chica, de la que sorprendentemente el narrador ha olvidado su nombre, que, dadivosa, va a hacerle crecer sin miedo, pese a los trompazos.
