viernes, 30 de diciembre de 2016

El honor de las injurias (Carlos García Alix)


Tras volver a ver "El honor de las injurias", he vuelto a entrar en el extraordinario libro que con el mismo título hizo también en 2007 Carlos García-Alix.
El libro da sobre todo cuenta (con increíbles fotos ilustrándolo), del proceso de investigación sobre un siniestro personaje -Felipe Sandoval- que emprendió cuando vio aparecer su nombre asociado a un cine del barrio de su infancia, y que siguió durante muchos años. Y a fe que consigue trasmitir lo laborioso y lo apasionante que puede ser un proceso de investigación como ese. Cantidad de archivos rastreados, lectura de novelas y memorias, paciente revisión de la prensa de la época y patear con nuevos ojos la zona de los hechos, siempre anotando en una libreta cualquier información juzgada relevante para ayudar a ir uniendo todas las piezas que van aportándose a la reconstrucción del rompecabezas.
Estoy ahora con el descubrimiento de unos documentos importantísimos sobre la prehistoria del personaje anarquista, antes de convertirse en el atracador de primera plana de los diarios madrileños de los años treinta, y mucho antes de su papel durante la guerra civil en Madrid de temible responsable de una serie de "paseos" que intentaban "limpiar" la retaguardia. Sólo anotar aquí los viajes de esos documentos ya se entra en todo un complejo mundo:
Son unos fondos localizados en Fontainebleau, los llamados "Fondos de Moscú". Una serie de fichas policiales de 1880 a 1940 que los nazis, cuando ocuparon París, se llevaron a Berlín, y los rusos a su vez a Moscú tras la caída de la capital alemana. Por fin, el 1992 los rusos los devolvieron al gobierno francés.
¿Alguien da más?

 

Vull tot això (Carles Flavià)


Estoy leyendo ahora de forma detallada "Vull tot això" (Angle Editorial), la edición que Rosa Badía ha hecho para la campaña solidaria "Cap nen sense joguina" a partir de muchos de los "Quiero..." que aportaron a su programa de radio personajes del teatro, la literatura, el periodismo y otros lados, siguiendo la estela del hermoso "Quiero todo esto" que escribió en su día José Agustín Goytisolo.
Como era de temer, bastantes personajes creen que sus deseos deben mostrar la bondad de su corazón y la valentía de sus reivindicaciones de forma que queden ambas fuera de dudas, y lanzan unas proclamas que dan, de puro edulcorado, evidente o políticamente correcto, cierto repelús. En ese caso, tras leer dos o tres así, paso página. Por suerte aparecen los deseos de mucha gente (79, 80 con J. A. Goytisolo), y hay entonces en el libro espacio para mucho desideratum de lo más jocoso, inteligente, poético de verdad, sólido, sin acudir a la pornografía sentimental ni a la reivindicación pseudorevolucionaria de pacotilla.
Y hasta pesqué anoche las entradas de Carles Flavià, que hacen honor al personaje tan destroyer que se empeñó en ir construyendo. Aunque me hacían gracias sus cosas, quizás lo seguía a una cierta distancia, para que no se me hiciera pesado. En el libro lleva a cabo un papel magnífico, y compensa con creces todo atisbo de ñoñería que pueda haberse adherido de la lectura de algún otro de sus capítulos. Unas pocas de sus frases:
- (Una primera que ahora sería de actualidad): "Quiero saber las cuentas de la Marató de TV3".
- (Una que suena deliciosamente, viniendo de un antiguo sacerdote): "Quiero que las monjas sean malas y estén buenas".
- (Una que pudo haber herido alguna susceptibilidad en algún momento previo del prusés): "Quiero una ley de la memoria histórica que castigue a los que en 1714 apostaron por el archiduque de Austria".
- (Una que deja claras las cosas sobre la ciudad que estimaba”): "Quiero que cierren los supermercados y abran los mercados”,
- (Y un colofón reivindicando su personalidad y, de paso, su formación en asuntos de la religión): “Estos ‘quieros’ se resumen en dos: quiero tocar los huevos al prójimo y quiero que me los toquen a mí”.
(La foto aparece por la red atribuida a Europa Press, sin especificar fotógrafo o cámara)

 

sábado, 24 de diciembre de 2016

Una viajera por Asia Central (Patricia Almarcegui)


Algunos amigos hablaban de la ruta de la seda, y Samarcanda era, además del sonoro nombre que invita a la imaginación, el lugar de viejas historias como aquella del anunciado encuentro con la Muerte en una fecha determinada. Ahora, al ser editado su libro que tiene como base un antiguo viaje a Uzbekistán y Kirguistán, Patricia Almarcegui agradece en lo que vale a la editorial el que lo hayan dotado de un mapa: Gracias a ese mapa y al recorrido que pinta y relata sobre él, he situado uno de los más míticos viajes que uno puede imaginar.
"Un viaje por el Asia Central" (Edicions Universitat de Barcelona, Periodismo Activo, 2016), que la autora subtitula con un atractivo "Lo que queda del mundo", es un libro de viajes, pero al mismo tiempo es mucho más. Según ella misma indica, es la segunda parte en la que ha dividido un viaje de 2007 que también le llevó a Irán y que ya dio lugar al reciente "Escuchar Irán" (Newcastle Ediciones) y, sin embargo, a mí no me ha recordado en casi nada al anterior. Con sus mismas observaciones personales tanto sobre la plaza o la mezquita del lugar que visita como sobre el frugal alimento que consigue en el cercano bareto o sobre la fugaz relación que establece con un habitante u otro viajero, consigue, a mi modo de ver, trasmitir mucho mejor las sensaciones de un viaje -como, en el fondo, todos los viajes más recordados- de lo más personal.
Me ha acercado mucho a lo relatado el constatar que explica los mismos e íntimos miedos, de esos que nunca se acaban confesando, con los que yo me obsesiono: Esa configuración mental de que una ausencia de sello en el pasaporte, por ejemplo, va a ocasionar nefastas consecuencias, que se convierten en una auténtica liberación cuando no se confirman, es uno de ellos. También coincido en esa ansiedad que anula la posibilidad de absorber nuevas cosas del viaje el día de la partida. O con esa frecuente duda sobre cómo actuar ante alguien que te ha hecho un real servicio (¿debo pagarle? ¿Y, si sí, cómo hacerlo, y cuánto?). Y veo una misma familiaridad para con las pequeñas costumbres: hacerse con unos viejos (de los que ya no van quedando por ningún lado) cuadernos de ortografía para aprender a escribir en árabe, por ejemplo.
Otra sorpresa que me ha proporcionado el libro es la de ver cómo está surcado de un humor e irónica autoconsideración en principio no esperables en alguien que parecería que, como inusual viajera solitaria a una zona del mundo (la que queda de él) poco explorada, debiera preservar su figura como si fuera la de una heroína.
Las comparaciones con otros paisajes vividos, visitados, leídos o hasta vistos en determinadas películas van apareciendo de tanto en tanto por el texto, alternándose con otras reflexiones, de lo más sinceras, de ella planteándose (hasta un cierto grado de desesperación luego ampliamente compensada) por qué ha tomado esa u otra decisión que le ha llevado hasta ese lugar al que no sabe quién demonios le ha llamado.
Sobre el país visitado yo señalaría sobre todo la constatación de los contrastes que presenta, entre los que desde luego no debe ser el menor el de la fealdad absoluta de los deteriorados y en su día modernos edificios soviéticos con los restos de ciudades míticas que rodean, y que hacen que la viajera, diría yo, acabe buscando refugio en lo más perdido de las montañas. En pequeña escala, esos contrastes (con los exagerados calzados de las mujeres de las zonas más occidentalizadas a la cabeza, pero también esa extrema riqueza que -sabiamente- ve que comporta al mismo tiempo una mayor pobreza), van punteando todo un libro que, al menos yo, he leído mientras recibía a cambio unas sensaciones y estado de ánimo de lo más agradables.
Esperemos que, como medio promete por una de sus páginas, nos permita volver a plantearnos nuevas sensaciones, como las que puede trasmitirnos de otro viaje que parece también haberla marcado: El que en su día hizo a Sri Lanka.

 

viernes, 23 de diciembre de 2016

Ana Grandal


Ana Grandal da en "La charca literaria" una receta navideña, tan emotiva como lo que, aunque desees todo lo contrario, se reproduce cada año por estas entrañables fiestas. Con ella acaba la semana de escritos "de navidad" de la publicación, y se van los tíos (y tías) de vacaciones. Con un par...

 

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Consejos de Nicanor


El editor de "La Charca literaria", Nicanor, nos ofrece unos consejos clave (que no sé cómo no se nos habían ocurrido antes) sobre cómo, siguiendo los consejos de gente de ideas estoicas que gobiernan el mundo y las finanzas, hemos de afrontar la vida y hasta estas hermosas navidades.
El retrato de Séneca, predecesor (ahora se empieza a entender la cosa) de buena parte de nuestros próceres, es de Ricardo Villodas de la Torre.

 

jueves, 15 de diciembre de 2016

Entusiastas olvidados

Miquel Izard (coordinador del libro), Rodrigo y Juan José Gallardo (dos de los que han escrito artículos en el mismo).

Cuatro gatos hoy en la Universidad de Barcelona en una presentación del libro "Entusiastas olvidados" (Descontrol, 1936). Coordinado por Miquel Izard, es un recorrido por las vidas de personajes que participaron a principios del s.XX de la efervescencia de unas ideas libertarias que iban a posibilitar el que, por breve tiempo, en el verano de 1936, casi fuera un hecho un auténtico proceso revolucionario.
La mayoría son personajes casi desconocidos, como Máximo Llorca, un maestro de la escuela racionalista llegado desde Valencia. Otros algo más conocidos, como Émilienne Morin, la compañera de Durruti, con quien tuvo una hija, Colette. Casi todos ellos siguieron con la derrota un recorrido similar, con penoso exilio, hasta desaparecer casi por completo.
Ha habido en las intervenciones leña para los estalinistas, pero también para los mismos dirigentes de la CNT que, reunidos el 21 de julio de 1936 en el Foment del Treball, acordaron posponer la revolución, frente a unos cuantos (como García Oliver, u otro de los estudiados en el libro, Cristóbal Pons) que querían ir a por todo. La calle, pese a lo dicho por los líderes, inició por su cuenta un proceso revolucionario.
No ha faltado el humor, como cuando se ha recordado la frase que soltó el cantante de moda que iba a actuar en un teatro colectivizado cuando le dijeron que, siguiendo la norma que habían instaurado, iba a cobrar lo mismo que todos, desde el director de orquesta a la taquillera, pasando por la que fregaba los suelos: "¡Que cante la taquillera!"
En el coloquio, una cierta tristeza al no ver hoy entre la gente que va a aplaudir a un Cristiano Ronaldo o Messi, apoyándolos en sus líos fiscales, esa semilla que abarcó aspectos de "acción directa" tan alejados de las bombas como el combate al analfabetismo, la persecución de una vida natural y sana, la igualdad de la mujer, o toda una serie de avances pedagógicos.


 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...