martes, 25 de julio de 2023

Sí, lo hice (Victoria Bermejo)


Confieso que tenia miedo que la novela de Victoria Bermejo, “Sí, lo hice” (Pepitas de Calabaza, 2022) se convirtiera en un continuo jajají, jijojá y dejara al poco de interesarme. Es verdad que su fuerza está esencialmente en su planteamiento, pero lo he leído al completo con plena satisfacción.
Como comenté en su presentación, despistado de mi, creía inicialmente que había hecho un recopilatorio de hechos memorísticos. No es así, sino que se trata de una novela -o quizás mejor un relato largo- sostenida en una única trama, con dos mujeres protagonistas que van inexorablemente a su encuentro.
No son memorias, pues, pero me ha divertido mucho irme encontrando en la lectura de esta novela sobre escritores, el acto de escribir y los talleres de escritura, que además incluye un claro mensaje de uso universal, con casi todos los temas con los que nos ameniza (en Facebook, que es donde la sigo) Victoria Bermejo.
Ahí están sus basurillas, su extraordinaria mirada curiosa a detalles de todo lo que nos rodea, su aprecio por determinadas frases hechas, sus bailes terapéuticos, sus manías y predilecciones, sus conos naranjas que patrullan por toda la ciudad, sus conversaciones pescadas en el autobús…
Inmediatez en la Mónica que cuenta en primera persona su historia. Un cierto distanciamiento con respecto a Natalia, cuyos devaneos surgen en otros capítulos escritos en tercera persona. Victoria Bermejo dice estar situada en algún punto entre ellas dos. Se vería mucho mejor en esas memorias a las que, parece que algo asustada, dio un día un brusco frenazo.
Pero mientras pase el susto y cambie de opinión, bienvenidos sean libritos como estos, especialmente por esos rincones donde se descubre lo buena observadora que nos ha salido, como, por poner un ejemplo, este detalle (pág. 37) con el que describe un barrio extremo al que ha ido una de las protagonistas:
“(…) con señoras que arrastraban carritos Rolser hasta un supermercado en cuya entrada había una caja llena de plátanos ennegrecidos (…).
De éstas, ya digo, todas las que quiera.
(Las fotos, robadas con nocturnidad -y sin escarbar demasiado- en su muro)

Si, sí, sí: sinsentirlosesentó.

Relato biográfico al canto en uno de sus paseos por Els Encants

 

viernes, 21 de julio de 2023

Atlas de lugares malditos


Aunque las abejas escaseen y se lleven con ellas muchas operaciones vivificantes, el mundo es un avispero, expandido por todas sus latitudes. Pero alguna de sus zonas tienen una pesada tradición en este sentido, y Olivier Le Carrer las documentó en su “Atlas de los lugares malditos” (Geoplaneta, 2015), unos cuarenta luctuosos rincones del mundo cartografiados y narrados.
Me ha sorprendido e impresionado especialmente, quizás, saber que las Islas Maldivas, al margen de paraíso hotelero para lunas de miel de postín, tienen un problema de basuras (concentradas en una isla) que puede hacer que, antes que por el aumento del nivel de las aguas, se ahoguen en ellas. Un pequeño compendio, pues, alegoría perfecta, de lo que está resultando el mundo entero.



 

lunes, 3 de julio de 2023

Totem sin tabú

Carlos Benoar ante el cartel de su película sobre su madre que proyecta cada 26 de febrero, en foto de Mònica Tudela para El Periódico.

Por fin he acabado la lectura de “Tótem sin tabú. Del Clot al Kilimanjaro” (Carlos Benpar, Espurna, 2023), quitándome un auténtico peso -1300 páginas…- de encima.
No sé cómo lo he conseguido. Hace una semana hablaba con dos amigos (que aparecen, quedando bien, en el libro) y coincidíamos en que bien poca gente a parte de nosotros podrá interesarse, hacerse con él y leerlo. Aún entre el estrecho círculo de interesados, por conocer al personaje, habrá zonas del libro que les exasperarán… para llegar a otras en que se dirán que en ningún otro lugar podrían leer lo que están leyendo, como, un ejemplo del final del todo, que Antonio Drove está enterrado en el Pere Lachaise, en el sector que indica, en una tumba sobre la que Victor Érice depositó un cactus.
El libro corrobora lo que sabíamos, dicho por él mismo, de que todo lo había aprendido a través del cine, que todas sus referencias son cinematográficas. Es la suya una cinefilia de la pasión por los programas dobles de cines de su infancia, fomentada por la colección de los pasquines de esas películas principalmente norteamericanas de aventuras, muchos diálogos míticos aprendidos de memoria y el conocimiento de títulos, directores, años y actores.
Pero sólo con eso no se sostiene un libro y éste pasa a ser, a parte de la crónica personal de su relación con el cine, con especial hincapié a las preparaciones y resultados de sus propias películas, más cosas, hasta el punto de poder decir que, de acuerdo o no el lector con su resultado, ha escrito el guión más bien engarzado, coherente, de toda su carrera.
És éste sobre todo -y es lo primero que puede echar para atrás- un libro sobre la muerte y sus estragos, escrito inicialmente para asentar el enfermizo recuerdo (hasta el más nimio, con el peligro de sentirlo ridículo visto desde fuera) de su madre (luego alargado el proceso al de su tía), que le hizo también dedicar una película que se empeña en presentar cada 26 de febrero en un lado diferente.
Sus pasiones adicionales al cine -como la del Barça o la de las azarosas correspondencias de fechas, lugares y números- también salpican el volumen. Pero puede ser visto también como:
-Una guía de su barrio natal, el Clot.
-Un inventario de todos los cines que frecuentó a lo largo de su vida, muchos de nombre desconocido por mí: llega a decir que en algún momento contó en Barcelona 160 cines de todo tipo.
-Unas memorias de la clase trabajadora, y sus mecanismos para intentar sobrevivir a la escasez de ingresos económicos.
-Un retrato fiel -a veces desde dentro- de toda la increíble picaresca, los chanchullos, ilegalidades y subterfugios que han corroído siempre todos los niveles, pero sobre todo los del nivel más lumpen, de nuestro cine.
Y, también, suponiendo el grueso de buena parte de la segunda mitad del tocho, su reiterada narración de lo que presenta como su relación con las mujeres, desde sus clases de interpretación (sic) a jovencitas que, irremisiblemente, caen en otro tipo de pasiones, hasta las supuestas idas y venidas de amores peliculeros de inestables mujeres, mencionadas con su nombre real (“sin tabú”) o camuflado.
Uno se pregunta si ha construido, al menos en lo que hace referencia a este último aspecto, todo un artificio narrativo, toda una fantasía novelesca sobre su personaje y sus relaciones, si bien es verdad que ciertos datos parecen indicar que al menos algo habrá de verídico (una de las mencionadas con su nombre, por ejemplo, es la protagonista de su última película de ficción).
Todo un personaje, casi increíble, el autor de este novelón.

Portada del libro de marras.
 

sábado, 1 de julio de 2023

Si. lo hice


“Tierno verano de lujurias y azoteas”. Así se llamaba una película de Jaime Chávarri, cuyo título, que tantas sugerencias emanaba, era quizás lo mejor que tenía. Y las azoteas se han aupado, inesperadamente, a protagonistas de la presentación del último libro de Victoria Bermejo, “Sí, lo hice” (Pepitas de Calabaza, 2023).
Ha sido hoy a las 13,30, en la librería Prole (no sé si por lo numeroso y apegado de su clientela o como diminutivo de proletariado). Iba pensando que Victoria Bermejo siempre hace las cosas a su bola, y luego hasta provoca una moda, pero lo de la hora se ve que ha sido cosa de la librería, que lo ha justificado sobradamente repartiendo un vasito de vermut a todos los asistentes.
Prole dicen que lleva ya cuatro años en la calle Borrell -una pionera en eso de las vías verdes-, y se autoproclama feminista y LGTBIQ+. No he visto que la convocatoria hubiera afectado a sus parroquianos habituales, pero no ha importado, porque ha empezado a llegar, hasta hacer rebosar el pequeño local, la basca de Victoria, imparable.
Antes de que su amiga Sarah Ardite presentara mínimamente el libro y le preguntara nada, Victoria Bermejo, dudosa entre conservar las gafas oscuras o quitárselas, por “haber pecado anoche en una fiesta a base de unos pisco sour” (y ahí, mira por dónde, he aprendido yo algo nuevo), nos ha evocado ya la primera de las azoteas: en una, hace 21 años, conoció a su actual presentadora, en unas circunstancias que me callo para no chafarle el relato que, a base de azoteas, nos debe. Sólo avanzaré que se combinan en él el día de Reyes, la botadura de un barco y el cumplimiento de una decisión transcendental.
“Una historia de valentía”. Así ha resumido Sarah Ardite “Sí, lo hice”. Y, como no se quieren spoilers, poco más ha trascendido sobre la novela, que no será una autobiografía ad hoc, pero que la propia Victoria (que ha estado animando a todo el mundo a escribir su propia autobiografía) ha reconocido está poblada de cosas muy suyas. Habrá que averiguar si un asistente ha tocado hueso cuando le ha dicho que, leyendo sobre sus dos protagonistas, iba viendo sus dos facetas: la Victoria del éxito y la Victoria del fracaso.
Y, como se me hacía tarde y poco antes había oído de sus labios que una de las reglas que seguía a pies juntitas es irse de las fiestas a la francesa, rindiéndole homenaje, he salido raudo. Espero que siguiera el bebercio y se hablara de esa y las otras varias historias de azoteas que se mencionaron después, tomando nota Victoria para reco


Victoria Bermejo, dándole al vino blanco, para olvidar los pisco sour. Véase el atril del libro, acorde con la acción de la portada.



 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...