Había ido a otras presentaciones de libros en Documenta y la “mesa” la habían situado al fondo, pero junto a la pared lateral. Si lo hubieran hecho también así en esta ocasión no habrían podido situar las calculo ocho filas de sillas (que disminuían la profundidad del local) ni posibilitado que otros llegados más tarde siguieran el acto de pie.
Concha Fernández Martorell presentaba ayer “Teoría poética del aprendizaje” (El Viejo Topo, 2025), y su nombre debía haber atraido no a demasiados adolescentes -por lo que vi-, pero sí a todo el gremio de la enseñanza, esto es, a lo que llaman la Comunidad Educativa. O, cuando menos, a todo su sector consciente del berenjenal al que ha ido a parar, con ganas de rectificar.
Wenceslao Galán, para presentar a la autora, dijo que había presentado su tesis dirigida por Valverde (y que eso felizmente se notaba en el libro), que había ejercido de profesora de filosofía durante 35 años (y que también se notaba en el libro la experiencia del aula) y que también había sido directora de Instituto (y que eso aún se notaba más, pues a parte de sus reflexiones sobre la actual educación “competencial”, confrontándola a una posible educación alternativa que la autora llama poética, el libro incorpora una serie de llamadas “incidencias” en las que se nota haber tenido un puesto como ese, que toca temas graves, de toda índole).
Yo sabía de ella como autora de un manual de Historia de Filosofía que escribió junto a Pere Montaner, y le había oído en unas cuantas charlas, de las que siempre salí admirado sobre la solidez de sus conocimientos y reflexiones y la claridad con la que expone sus ideas, por muy abstruso que fuera el tema (y filósofos de esos hay un montón).
Sus ideas sobre el tema del libro fueron precisamente las que fue desgranando a preguntas de Emilia Olivé.
El 2008 había ya escrito otro libro, “El aula desierta”, en el que hablaba de educación, pero con el tiempo fue viendo que había explicado sólo parcialmente lo que fue comprendiendo por completo después.
Su larga carrera como docente le permitió disfrutar los primeros años del placer de la educación, pero cuando llegó la reforma educatival, que tenía de bueno que la educación se hizo universal, ese placer fue desapareciendo. Es verdad que el aula se hizo conflictiva y entonces empezó a oírse un discurso derrotista omnipresente, que aún hoy dura, sobre la enorme crisis escolar, cuando lo que ella veía no era sino crisis social.
Como todo se veía tan mal, se produjo un giro radical, y en principio, se pensaba no era mala idea darle la vuelta a todo. Llegaron directrices no sólo de aquí, sino de organismos exteriores. Todas iban en una ahora clara dirección: hacer desaparecer al profesor, y cambiar conocimiento por competencias, para generar futuros trabajadores productivos. Ese proceso ha generado además, de camino, la privatización de la educación, y una enorme segregación social.
La innovación pedagógica decían que es lo que iba a solucionarlo todo, pero en realidad únicamente ocultaba ese cambio.
Todos los educadores llegaron a admitir eso de “crear competencias”, cuando ahora ve clarísimo que la palabra competencia está fuera de lugar si hablamos de educación. Como pasa lo mismo con eso del “rendimiento de cuentas”, buscando unos resultados que deben ir mejorando continuamente, como todo lo que sigue la línea del Neoliberalismo.
Precisó a continuación que el término “competencia” nació por 1992 en los Estados Unidos, buscando cómo se podía ayudar al trabajo. Se querían hacer “trabajadores adaptables a una sociedad cambiante y desconocida”, una píldora que -confiesa ahora- “nos la comimos demasiado rápidamente”.
Con esa píldora, además, la educación -como otros muchos sectores- tuvo que efectuar enormes inversiones en nuevas áreas: medios digitales, mundos virtuales en los que el alumno ina a sentirse bien, ahora la de temibles consecuencias inteligencia artificial. Y detrás siempre la privatización y la creación de reservas para las élites.
También aporta el libro, además de ese hacer ver que el rey está desnudo, descubriendo lo que había detrás de todo el proceso, su propuesta personal sobre lo que debiera ser realmente esa alternativa a lo que se impone como educación.
No se trata de volver -como muchos sostienen- a una educación tradicional, que estaba sustentada en un autoritarismo nefasto, sino que debiera volverse a revalorizar el proceso por el cual el profesor explica sus conocimientos a los alumnos. Unos conocimientos provisionales, pues ahora todos sabemos que no se trata de verdades. El alumno debe construir su propio mundo interpretando los conocimientos que se le quieren trasmitir.
Se ve que el libro también habla de las “incidencias”, posibles brechas en las que, por ejemplo, el alumno se sale totalmente de madre. Su teoría es que, lejos de reaccionar abruptamente clamando por la disciplina, se ha de parar a analizar concienzudamente la cuestión, acompañando al alumno, porque esa brecha puede ser el lugar en que se expresa todo su mundo.
Con dudas sobre que éste método, desde luego inmaculado, pueda llegar a tener siempre resultados positivos, pues digo yo que eso estará únicamente al alcance de determinados profesores, y no de la globalidad, me gustó volverme a casa con ese retrato de una educación actual que piensa -y me ha convencido de estar completamente en contra- que los conocimientos están en internet, donde el alumno los ha de coger mediante un proyecto sólo para producir algo.
Piensa Concha Fernández que los conocimientos son, en realidad, las herramientas para que el alumno vaya conociendo el mundo. Y el profesor es su guía y tutor, reconocible entonces en seguida por el alumno. Digo yo que en eso sí reside la verdadera autoridad.