martes, 29 de enero de 2019

Introducción a "Los pixels de Cezanne" (Wim Wenders)


La semana pasada, comiendo con un par de amigos, saqué del bolsillo de la camisa la libretita que siempre llevo conmigo para ir apuntando en ella cosas que quiero que no se las lleve el viento. Quería demostrarles que había pensado en un tema para desarrollar un texto en una revista virtual en la que colaboro y, a la vez, que era incapaz de descifrar lo que había escrito para recordarlo...
Una de las cosas que creo te hacen subrayar un libro es cuando descubres, sorprendido, que lo que lees podrías estar diciéndolo tú. Aunque quizás no sea tanto sorpresa como satisfacción por ver que el autor que has escogido leer piensa, acciona o reacciona igual que tú. Pues bien: me he reído de lo lindo subrayando cómo inicia Wim Wenders su introducción a este librito que no me resistí a comprar al verlo en una librería de Buenos Aires:
“Hay personas que son capaces de pensar con una enorme claridad. Otras, pensando no llegan muy lejos. Pierden el hilo a la vuelta de cada esquina y tienen que estar buscando todo el tiempo el punto de partida para saber qué era lo que querían decir. Yo soy una de esas. Sólo escribiendo puedo pensar las cosas hasta el final.
Las ideas van cobrando claridad a medida que veo las palabras escritas delante mío. (...) Si puedo ver lo que hace un instante no era más que pensamiento, la idea queda liberada, se transforma en la imagen escrita del proceso de reflexión y puede continuar pensándose hacia adelante.
Si escribo a mano es absolutamente imposible que surja una imagen. Esto se debe a mi caligrafía (...). Durante mucho tiempo fui apuntando mis sueños en medio de la noche, entredormido. Me forzaba a cumplir, aún sin despertar, con una disciplina que yo mismo me había impuesto. Pero por la mañana esos garabatos eran imposibles de descifrar. Su sentido se había volatizado, tal como sucede con los sueños, que con cada segundo que pasa después de amanecer se repliegan en la oscuridad (...).”
Debo decir que no sólo tuve mi época de anotador de sueños casi siempre con esos mismos resultados, sino que aún hoy en día me pasa lo mismo no cuando apunto un sueño a media noche, porque también he dejado de hacerlo, sino cuando acudo a la mencionada libretita, a oscuras, para registrar lo que me sugiere lo que acabo de ver en -y escuchar de- una pantalla de cine.

Mira por dónde, a partir de ahora Wenders, que me había perdido unos cuantos puntos de estima en los últimos tiempos, vuelve a gozar de mis simpatías. 

martes, 22 de enero de 2019

Baroja


Pero lo que más me gusta de Pío Baroja llega cuando deja caer su desesperación ante la cerrazón y la nefasta forma de actuar de toda la sociedad que le rodea. En un apartado de “Las horas solitarias”, por ejemplo, se lamenta de que “nos están sacando una porción de árboles de los montes” y explica que el otro día, paseando por la zona, vio unas mulas arrastrando monte abajo un gran tronco, seguido de un carretero malhablado, que no hacía más que gritar e insultar a las pobres mulas. Estalla entonces ante el papel, escribiendo esta sarcástica nota:
“Lo único que nos puede consolar de que se nos lleven los árboles es que no nos hacen falta. El español no aprecia el vivir en paisajes suaves con árboles. Es gente de desierto, de aduar. Es por lo tanto lógico que los ayuntamientos vendan los árboles y que un carretero chato, de la Cafrería o de la Ribera de Navarra, se los lleve entre gritos, brutalidades y palos a las mulas.”
(Para ilustrar la entrada, puesto que va de árboles, bien está colgar aquí de nuevo la foto de Nicolás Muller en la que se le ve paseando por el Retiro).

 

Baroja


Pío Baroja habla en 1918 sobre el cinematógrafo.
A todas éstas, acabé la lectura de “Las horas solitarias” de Pío Baroja. En general, recordándolo bastante en algunas de sus páginas -para mí, las mejores-, no desbancó la impresión que, en el recuerdo, me produjo “Juventud, egolatría”. Quizás sea que voy buscando siempre ese efecto acentuado que dejaba esa obra anterior. Recuerdo aún lo que leí en la contraportada o solapa de ese libro que me hizo comprarlo y leerlo con auténtica sorpresa y pasión: Se decía ahí que a sus cuarenta años Baroja se veía viejo, y eso le llevaba a escribir “contra esto y aquello” (diciéndolo ahora yo en emulación de otro título, si bien en ese caso del tan distinto Unamuno, que por esos días me llevó también a devorarlo).
Sí que “Las horas solitarias” dejan ese mismo tono melancólico, como de un fatalismo que no te acabas de creer, porque se desespera de cómo es el mundo en el que vive y parece dejarse ir, pero en realidad le ves que no ceja en absoluto de buscar, siguiendo sus ideas. Y es verdad que ese tono se desprende hasta en sus páginas más líricas, siguiendo el efecto de las estaciones por los paisajes que recorre. Pero -debería repasarlo para comprobarlo- me da la impresión que en “Juventud, egolatría” era más evidente y constante.
Pero bueno. Dejaré por aquí dos o tres cosas que he señalado por el libro, y me gusta eso de empezar por la opinión que en él deja sobre el incipiente -recordemos que el libro se publicó en 1918- cine, él que todo el mundo señala que fue el único de la generación del 98 que no lo despreció olímpicamente:
“Estas ciudades modernas, que visten a la moda y que tienen la adoración por el lujo, han encontrado la diversión más a propósito para sus gustos: el cinematógrafo.
El cinematógrafo impresiona la vista, pero no el espíritu; no hay necesidad de razonar, ni discurrir, con él todo es cortical.
A pesar de esto, tal es la cantidad de modernidad que llevan algunas invenciones, que el cinematógrafo será con el tiempo uno de los elementos mayores de divulgación y de cultura.”
(La imagen de una revista de por los años 40, con entrevista a Baroja relacionada con el cine, la he sacado de “Todocoleccion”, que no especifica de qué publicación se trata.)

 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...