lunes, 20 de enero de 2020

La creación del mundo (Cayetano Gea)


Pues este bicho (la foto parece ser de Mariano Cuadrado, del Zoo Botánico -¡qué nombre más raro!- de Jerez) es de los pocos que se libra del varapalo, me parece que merecido, que le lanza hoy Cayetano Gea al organizador de todo nuestro entorno desde La Charca Literaria.
Aquí el enlace para acceder a oír quejas muy sensatas:

Pasado a limpio (Óscar Tusquets)


No sólo de aforismos, provocadoras opiniones contra ciertos tópicos y muchas valoraciones contracorriente están formados los textos que, con determinada frecuencia, da a la luz pública Óscar Tusquets (que en su éste último paso por Acantilado -2019- parece haber perdido ese segundo apellido de Blanca que caracterizaba su faceta escritora, si bien sus siglas como aforista siguen siendo las de O.T.B.).
Para demostrar eso bastaría con leer el capítulo “Pasado a limpio” que llama “Entender ‘Las meninas’ “, en el que establece una apabullante deducción sobre algo tan aparentemente sencillo como qué representa el famoso cuadro de Velázquez que valdría ya por todo un libro que, por otra parte, está trufado de razones para su lectura.
En ese capítulo fijándose y deduciendo pacientemente qué ha pintado realmente Velázquez, nos ofrece primeramente unas cuantas explicaciones con las que disfrutarán los que, como él, hacen uso de pinceles (toda esa busca de razones sobre por qué la luz del cuadro proviene, inesperadamente, de la derecha y no de la mucho más habitual izquierda). Pero también, sobre todo, relaciona una tras otra todas las teorías que se han ido vertiendo sobre el tema, rebatiendo unas y realzando otras.
Después de la lectura del capítulo, cómo me gustaría oír la reacción -seguro que llena de ironía e intentando como quien no quiere la cosa devolverle la pelota- de su amigo Félix de Azúa, a quien sitúa dentro del grupo de “personas refinadas” que refutan una teoría que él defiende.
Para seguir disfrutando.


 

miércoles, 15 de enero de 2020

Me acuerdo


Cuando supe de su existencia lo puse rápido en la lista de libros deseados. Soy amante del género, si es que a eso se le puede llamar género.
Felipe Benitez Reyes habla en su prólogo del “Je me souviens” de Georges Perec, que fue quien dio a conocer ese tipo de textos mínimos variados, que actúan por acumulación, poniendo a la vista cosas y sensaciones que en otra época estuvieron muy presentes y ya no.
El mismo Marchamalo, en su introducción, suma el nombre del verdadero creador del artificio, el californiano Joe Brainard (cuyo “I remember” corrí a comprar cuando se editó y, todo sea dicho, me decepcionó enormemente) y el de Elias Moro, que rápidamente he apuntado, aunque creo que antes de comprarlo le echaré una ojeada previa, a ver si realmente su lectura consigue traspasar, por arte de magia, por lo certero del mismo recuerdo, que haces tuyo, pero también por las pequeñas reflexiones que lo acompañan, auténtica poesía, que es de lo que realmente se trata. En este sentido, me permito añadir un nombre imprescindible a la lista de Marchamalo, el de “Je me souviens du cinéma” de Gerard Lenne que, centrado en el mundo del cine, fue el que realmente colmó todas mis expectativas.
Es un esquema, éste del “Me acuerdo”, o “Recuerdo”, muy productivo. Cuando mis hermanas hicieron ir a una comida de Navidad con un escrito sobre recuerdos familiares, acudí a ese esquema para hablar de cosas del barrio de nuestra infancia y noté que tenía efecto.
En cuanto al de Jesús Marchamalo, del que anoche leí las primeras 100 de sus 500 entradas, me ha servido para matizar mi entusiasmo y analizar las razones de mi aprecio o cierto desapego. Sí que apunta a recuerdos de cosas que tuve muy presentes (“Me acuerdo de haber leído por la noche, en la cama, debajo de las sábanas, a escondidas, con una linternita” o “Me acuerdo del Telón de Acero”), pero de tanto en tanto leo algún detalle que denota ignorancia o, simplemente, que es más joven que yo y vivió de otra forma las cosas y entonces noto una cierta desconexión, y la completa conexión con el mundo recuperado es básica para no convertir todo en una simple relación.


 

Diarios (Iñaki Uriarte)


¿Puede haber algo más después de un epílogo? Porque si no es así la hemos pifiado del todo y desgraciadamente nos quedaremos sin nuevas entradas de diarios de Iñaki Uriarte. He leído las escasas 55 páginas de su "Diarios - Epílogo" (Pepitas de Calabaza, 2019), que también se encuentra formando un único volumen con los tres tomos (tomitos) de sus "Diarios" anteriores, sin que me desapareciera la sonrisa, aunque solo sea por la especial forma con la que están dichas en él las cosas.
Unas cuantas entradas cortas, o trozos de entrada, para que los que aún no hayan pasado por la experiencia de su lectura vayan corriendo a hacerlo. Huiré de aquellas que vengan a ser como un guiño para lectores ya versados en el tema:
"(...) María goza de la bendita inmunidad de aquel Ezquerra que un día de no hace tanto tiempo me preguntó, como a escondidas: 'Oye, dime una cosa, ¿qué es exactamente un penalti?'. O de aquel Borges que fue a un partido de fútbol con su amigo Enrique Amorim y se marcharon a casa al terminar la primera parte porque no sabían que hubiera una segunda."
"Como últimamente estamos viendo a poca gente, hablamos menos en casa". (Ésta consta también en la contraportada del libro)
"X camina un par de horas todas las mañanas. 'Es maravilloso. Mi cabeza se convierte en un hervidero de ideas, no sabes todas las cosas que se me ocurren', dice. Y no las sé, en efecto, porque nunca se las he oído ni las ha expuesto por escrito."
"Honor a J., escapándose de aquella boda después de decirle a su vecina de mesa: 'Mire, señora, todo lo que me cuenta usted no me interesa lo más mínimo. Adiós'."
" 'Llego al aeropuerto a las cinco y tengo que coger un taxi por mi cuenta', me dice por teléfono. Esto es ser un escritor de categoría. Alguien a quien le parece relevante comunicarte que tiene que coger un taxi 'por su cuenta'."
Pero en fin: podría destacar aquí todas las páginas del libro. Ya podemos ir insistiendo en la necesidad de una "Adenda", porque si no lo tenemos bien crudo sin la perspectiva de un nuevo volumen en un futuro.

 

viernes, 3 de enero de 2020

Tanger entonces (Antonio Pau)


Llaman al timbre del interfono. ¿Quién será a esta hora? Seguro que se equivocan. Aún así me acerco a la puerta del piso y descuelgo el auricular:
-¿Si?
-¡Amazón!- Así, gritado como si del temible Almanzor se tratase.
Ahora ya está clara la equivocación, puesto que no compro nada a ese servicio que se está comiendo todo. Pero pulso el botón para que puedan abrir el portal y suban hasta el piso. He recordado que una amiga prometió enviarme un libro sobre Tánger, y no lo había encontrado por ningún lado, por lo que lo buscó y envió por Amazon.
Abro el cartón y aparece un libro precioso, empezando por la fotografía de su portada, su agradable al tacto sobrecubierta, lo delicado de su edición. Por su interior ojeo unos cuantos capítulos (“La casa de Balmes”, “Más amigos”, “El cine”,...) de medida y limpia tipografía, que indican corresponder a unas memorias de la ciudad de la infancia del autor. Unas escogidas fotografías completan el buceo en ese ambiente.
Horas de placer me esperan. Y ya veo que tendré que ir planificando el siempre aplazado viaje a las huellas que aún deben quedar, por muy destrozadas que estén, de esa ciudad.
La referencia (previa a su lectura): Antonio Pau. “Tánger entonces”. Editorial Comares, Granada 2017. Colección La Veleta, número 37.

 

Impolíticos Jardines (Juan Ramón Capella)


Fue Chusepito, claro, quien me habló de la existencia de este libro. Andaba yo buscando libros del género que, en verdad, más me satisface. Ese, de fronteras bastante desdibujadas, que consiste en escritos personales de lo más libres, lo que puede deparar desde diarios heterodoxos, pasando por los de anotaciones y pensamientos variopintos, hasta memorias, si bien son escasas las no destrozadas por esa manía de la auto-justificación, con agresiva tesis defensiva, que dejan mal parados a quienes, en principio, gozaban de tu estima.
Un libro el el que ahora veo que su autor dice en su aviso introductorio que resulta de “meterse en jardines, salirse de las normas de la escritura analítica, del tema académicamente determinado”, y que eso le había sido “una fuente de placer”, pues confirma que tenía buenas posibilidades de entrar en ese saco de los predilectos, y lo puse en la lista de reyes de hace ahora cuatro años. Debió quedar camuflado, por su color, entre los de las estanterías de “pendientes”, y no fue hasta hace dos noches cuando, en ese emocionante momento en que dejas la lectura de uno y pasas a mirar cuál será el siguiente, pesqué el libro y me puse a leerlo.
Primera confesión dolorosa: que leyendo el primer capitulo del libro sospeché que me había dejado llevar por la adoración que Chusepito siempre mostró por Capella, a quien consideraba un verdadero maestro suyo y a quien conocía, creo, de “Mientras tanto”. Llegué a considerar que ese primer capítulo, que habla del “soberano difuso”, lo hacía sin rigor, siguiendo una cierta (penosa) tradición progresista, y aligeré el paso en su lectura, en una carrera en la que saltando sin entrar a saco, sin enterarme en realidad de nada, llegué a la tercera página del segundo capítulo, en donde me entró sueño, apagué la luz y me puse a dormir.
Así las cosas, anoche reemprendí la lectura donde aproximadamente la había dejado pero, viendo que no estaba bien situado, reinicié la del capítulo que, leído por primera vez con atención, empezó a interesarme. Se llama “Pensar el futuro” y dice que es -lo cual lo apartaría un poco de mi ámbito de preferencias- una re-elaboración de un texto preparado para un congreso en el que aportó “una meditación sobre la literatura del s. XXI”. El caso es que empieza hablando del muchas veces errado concepto de “progreso”, de las concepciones sobre el tiempo, de las distopías que en la literatura y el cine han sido, y ahí cambió mi apreciación radicalmente. Un capítulo que ayuda a disipar mis dudas sobre el camino que habitualmente se propone para llegar a un poder judicial realmente independiente constituye el segundo del libro y casi un cuento sobre el caso de la Barcelona Traction el tercero, en el que ahora me hallo, ya con grandes esperanzas sobre lo que puede deparar todo el resto.
Una observación colateral, si se quiere de lo más evidente pero que, vaya usted a saber por qué razones (bueno, sí: por no haberme detenido jamás en ello), en la que nunca había caído, me permite trasladar algo de lo escrito en lo que llevo de libro, para no acabar la entrada así, de vacío:
Está hablando, dentro de su explicación del tiempo histórico, de que en la época en que vivimos, “una época de crisis ecológica profunda”, posiblemente nos sean más relevantes, en vez de los más recientes, “hechos tan antiguos como las migraciones de pueblos de Oriente hacia Occidente, lo que llamamos nosotros la invasión de los bárbaros, tras el agotamiento ecológico de tierras del Este, que empuja a los pueblos a caer sobre los imperios cerealícolas del Occidente porque en Oriente ya no hay nada que comer.”
Sin haber enterrado con nuevas aportaciones, desde el colegio y desde los programas dobles de cine de mi infancia, mi conocimiento sobre eso, esta simple anotación marginal al escrito, haciendo ver los hechos desde el otro lado de la barrera, me ha hecho caer estrepitosamente del caballo.

 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...