“Así pues la vejez era eso: una atención constante al propio cuerpo, una atención persistente y fatigosa” (libreta 1).
Posiblemente ha sido con las anotaciones que Juan Marsé va haciendo sobre ese terrible proceso de la vejez, con ese irse haciendo cargo paulatinamente de que las cartas están ya echadas, con lo que más me he identificado -cuestión, evidentemente, de edad- de su último libro “Notas para unas memorias que nunca escribiré” (Lumen, 2021)
Es ese uno de los leitmotiv ya no de las notas de las tres libretas más recientes expurgadas que constituyen la segunda parte del libro, sino también del diario de 2004 que constituye la primera. Aún le quedaban dieciséis años de vida, pero constantemente encontraba síntomas del mal que pensaba le iba a llevar fulminantemente al otro mundo o, en todo caso, a la decrepitud y dependencia.
Las últimas anotaciones, con todas las penalidades que comportaba la máquina de diálisis que tuvo los últimos años en su casa, te hacen ser consciente de lo mal que lo llegó a pasar, pero me gustan especialmente esas otras entradas que denotan haber alcanzado una lucidez que aclara cantidad de dudas. Él alguna vez lo escribe con toda la grosería que sabía aplicar a la cosa, pero sin alejarse de la (por fin desvelada) verdad:
“¡Ah, la condición humana! Toda la vida preocupado por tantas cosas, y a la vejez resulta que lo importante es cagar bien.”
Eso lo dice en otra nota pero, como digo, pensamientos de esos sobre síntomas de la propia vejez se dan ya en el diario de 2004. En ocasiones a través de lo que ve en los demás: “Yvonne viene a bañarse con un biquini para chica de veinte años. Me da pena.” (1 de Julio).
Los párrafos más líricos, no obstante, son, está claro, los que evocan una infancia en libertad, idealizada (“¿La nación? ¿Mi país? Mis amigos de la infancia en el Penedés, unos muchachos desnudos bajo el sol y entre viñedos, nadando en las albercas con runas, y unos paisajes. Esa es mi patria.”; 25 de agosto).
Quizás pueda dar su diario de 2004, con sus anotaciones de actividades banales y constantemente repetidas, la impresión de texto de circunstancias, de relleno. Pero yo he sacado, quizás pensando precisamente en esos parajes, obligándose a escribir una y otra vez que ha ido a comprar de buena mañana con su perro Simón esa prensa que maldita la gracia que le hace, la impresión opuesta. Considerado novelista clásico, preocupado por el ritmo y claridad de sus novelas, yo diría que ha editado su libro más moderno, consciente de todo lo que arrastra la narrativa actual.
He pescado, además, entradas de diario o notas que recuerdan de lo más vivamente a Perich (“Básicamente el periodismo televisivo consiste en preguntar a la gente, en verano, si tiene mucho calor”, en la primera libreta, pág. 295) o a Josep Pla, como ésta del 8 de junio (“El señor Pina es muy diligente, de una constancia abrumadora”), como de alguna forma ratifica él mismo al señalar en la entrada de pocos días después(10 de junio) que “Estoy adquiriendo la obra completa de Josep Pla. Quiero dejar a mis nietos -ya que mucho dinero supongo que no- una buena biblioteca”.
Dicho todo esto, es más que probable que una mayoría compre el libro por los dardos envenenados que lanza en sus páginas sobre protagonistas del llamado procés independentista o sobre determinadas personas que tienen una cierta presencia pública. No son especialmente destacables los primeros. Hay pocos ocurrentes y lo que sí se ve en ellos es que el tema lo desazona por completo, llevándole hasta la desesperación. No es al único.
Sobre los dardos a famosos. Todos recordamos la sección que escribía en “Por Favor” (“Señoras y Señores”) y sabemos de lo que es capaz. Aquí hay anotaciones en ocasiones más bestias, porque no olvidemos que se trata de apuntes personales, en principio no destinados a salir públicamente... No negaré que no me haya reído con alguna de esas anotaciones cuando tienen como objetivo algún personajillo que he conocido mínimamente, porque veo que ha dado, con un simple giro, en la diana. Otros no sabría decir, porque no los conocía tanto como para confrontar pareceres. Alguno es demoledor. Y entre esos, hay que me han llevado a preguntarme cómo reaccionaría yo de ser el retratado con alguno de esos bombones. No debe ser nada agradable, desde luego (y tengo en mente a un par de personas a las que, seguro, a estas horas ya les debe haber llegado lo que dejó escrito y publicado). Claro que él, sintiéndose además ya mayor, más allá de todo tipo de compromisos, debió pensar que ahí se las fastidien. Y, para ser preciso, sobre amigos íntimos, como es el caso de Joan de Sagarra, llega a decir cosas que ratifican esta amistad, pero también le deja algún que otro recado muy certero...
Por último, como en todo libro de aforismos que se precie -y éste tiene bastante de eso-, hay en el libro alguna cita, de esas que anotó porque le resultaban observaciones fundamentales. No es que hayan muchas, pero las he encontrado todas ellas muy buenas. Acabo con un par:
Una jocosa: “Decía Oscar Wilde que la diferencia entre una aventura y un amor para toda la vida es que la aventura dura más”
Y otra seria, muy ligada a sus temas básicos (que, por cierto, sabe relacionar con una concisión y precisión envidiables): “Y así seguimos empujando, botes que reman contra la corriente, atraídos incesantemente hacia el pasado” (Francis Scott Fitgerald, final de El Gran Gastby). Podría haber puesto también, con mayor motivo, la que hace de Gil de Biedma: “A qué vienes ahora, /Juventud...”











