miércoles, 28 de abril de 2021

Notas para unas memorias que nunca escribiré (Juan Marsé)


“Así pues la vejez era eso: una atención constante al propio cuerpo, una atención persistente y fatigosa” (libreta 1).
Posiblemente ha sido con las anotaciones que Juan Marsé va haciendo sobre ese terrible proceso de la vejez, con ese irse haciendo cargo paulatinamente de que las cartas están ya echadas, con lo que más me he identificado -cuestión, evidentemente, de edad- de su último libro “Notas para unas memorias que nunca escribiré” (Lumen, 2021)
Es ese uno de los leitmotiv ya no de las notas de las tres libretas más recientes expurgadas que constituyen la segunda parte del libro, sino también del diario de 2004 que constituye la primera. Aún le quedaban dieciséis años de vida, pero constantemente encontraba síntomas del mal que pensaba le iba a llevar fulminantemente al otro mundo o, en todo caso, a la decrepitud y dependencia.
Las últimas anotaciones, con todas las penalidades que comportaba la máquina de diálisis que tuvo los últimos años en su casa, te hacen ser consciente de lo mal que lo llegó a pasar, pero me gustan especialmente esas otras entradas que denotan haber alcanzado una lucidez que aclara cantidad de dudas. Él alguna vez lo escribe con toda la grosería que sabía aplicar a la cosa, pero sin alejarse de la (por fin desvelada) verdad:
“¡Ah, la condición humana! Toda la vida preocupado por tantas cosas, y a la vejez resulta que lo importante es cagar bien.”
Eso lo dice en otra nota pero, como digo, pensamientos de esos sobre síntomas de la propia vejez se dan ya en el diario de 2004. En ocasiones a través de lo que ve en los demás: “Yvonne viene a bañarse con un biquini para chica de veinte años. Me da pena.” (1 de Julio).
Los párrafos más líricos, no obstante, son, está claro, los que evocan una infancia en libertad, idealizada (“¿La nación? ¿Mi país? Mis amigos de la infancia en el Penedés, unos muchachos desnudos bajo el sol y entre viñedos, nadando en las albercas con runas, y unos paisajes. Esa es mi patria.”; 25 de agosto).
Quizás pueda dar su diario de 2004, con sus anotaciones de actividades banales y constantemente repetidas, la impresión de texto de circunstancias, de relleno. Pero yo he sacado, quizás pensando precisamente en esos parajes, obligándose a escribir una y otra vez que ha ido a comprar de buena mañana con su perro Simón esa prensa que maldita la gracia que le hace, la impresión opuesta. Considerado novelista clásico, preocupado por el ritmo y claridad de sus novelas, yo diría que ha editado su libro más moderno, consciente de todo lo que arrastra la narrativa actual.
He pescado, además, entradas de diario o notas que recuerdan de lo más vivamente a Perich (“Básicamente el periodismo televisivo consiste en preguntar a la gente, en verano, si tiene mucho calor”, en la primera libreta, pág. 295) o a Josep Pla, como ésta del 8 de junio (“El señor Pina es muy diligente, de una constancia abrumadora”), como de alguna forma ratifica él mismo al señalar en la entrada de pocos días después(10 de junio) que “Estoy adquiriendo la obra completa de Josep Pla. Quiero dejar a mis nietos -ya que mucho dinero supongo que no- una buena biblioteca”.
Dicho todo esto, es más que probable que una mayoría compre el libro por los dardos envenenados que lanza en sus páginas sobre protagonistas del llamado procés independentista o sobre determinadas personas que tienen una cierta presencia pública. No son especialmente destacables los primeros. Hay pocos ocurrentes y lo que sí se ve en ellos es que el tema lo desazona por completo, llevándole hasta la desesperación. No es al único.
Sobre los dardos a famosos. Todos recordamos la sección que escribía en “Por Favor” (“Señoras y Señores”) y sabemos de lo que es capaz. Aquí hay anotaciones en ocasiones más bestias, porque no olvidemos que se trata de apuntes personales, en principio no destinados a salir públicamente... No negaré que no me haya reído con alguna de esas anotaciones cuando tienen como objetivo algún personajillo que he conocido mínimamente, porque veo que ha dado, con un simple giro, en la diana. Otros no sabría decir, porque no los conocía tanto como para confrontar pareceres. Alguno es demoledor. Y entre esos, hay que me han llevado a preguntarme cómo reaccionaría yo de ser el retratado con alguno de esos bombones. No debe ser nada agradable, desde luego (y tengo en mente a un par de personas a las que, seguro, a estas horas ya les debe haber llegado lo que dejó escrito y publicado). Claro que él, sintiéndose además ya mayor, más allá de todo tipo de compromisos, debió pensar que ahí se las fastidien. Y, para ser preciso, sobre amigos íntimos, como es el caso de Joan de Sagarra, llega a decir cosas que ratifican esta amistad, pero también le deja algún que otro recado muy certero...
Por último, como en todo libro de aforismos que se precie -y éste tiene bastante de eso-, hay en el libro alguna cita, de esas que anotó porque le resultaban observaciones fundamentales. No es que hayan muchas, pero las he encontrado todas ellas muy buenas. Acabo con un par:
Una jocosa: “Decía Oscar Wilde que la diferencia entre una aventura y un amor para toda la vida es que la aventura dura más”
Y otra seria, muy ligada a sus temas básicos (que, por cierto, sabe relacionar con una concisión y precisión envidiables): “Y así seguimos empujando, botes que reman contra la corriente, atraídos incesantemente hacia el pasado” (Francis Scott Fitgerald, final de El Gran Gastby). Podría haber puesto también, con mayor motivo, la que hace de Gil de Biedma: “A qué vienes ahora, /Juventud...”


 

lunes, 26 de abril de 2021

Julio Cortázar y Cris


Me guiñó un ojo desde una mesa de una biblioteca y, como estaba en la cosa cortaziana, me lo llevé para casa.
El primer capítulo del librito es como un vendaval que ha estado retenido durante tiempo (Cortázar murió en 1984 y Cristina Peri Rossi esperó para escribirlo hasta el 2000). En él la escritora uruguaya, afincada desde 1972 en Barcelona, desencadena y pone en evidencia hasta las razones paranormales que la ligan al escritor, más allá que con cualquier otro.
Se lee toda esta primera parte de un tirón, durante el cual vas haciendo presente, por detalles desvelados sobre su correspondencia y encuentros, la relación de estos dos escritores juguetones con el lenguaje y con todo lo que les rodea, que ven y comentan regocijados, como dos escolares.
Hay luego un anexo entregado posteriormente, en 2014, en el que frente a la sana emoción emitida por toda esa primera parte quizás surja más otro tipo de amarguras. Debe ser que Cristina Peri Rossi se quiere entonces acusadora de todos aquellos que le puedan perturbar su recuerdo de relación con Cortázar como ella lo ha fijado en su mente.


 

martes, 13 de abril de 2021

Federico Capote


Pues hoy, en la Charca Literaria, Federico Capote nos cuenta una sensible, enternecedora y a la vez aleccionadora historia. Y además bien documentada: Port Alberni, como demuestra la wikipedia de la que he sacado la foto, existe en la Columbia Británica.


 

lunes, 12 de abril de 2021

Consells, proverbis i insolències (Joan Fuster)


Fue Miguel Sánchez Ostiz quien me recomendó en un par de ocasiones este “Consells, proverbis i insolències”, de Joan Fuster, que por fin he encontrado y leído.
Lo he pescado en una biblioteca y, como no podía ir simplemente subrayando y anotando (me ha pasado eso de encontrarlo totalmente subrayado con otro libro sacado de la biblioteca y me ha puesto tan nervioso que he desistido de su lectura), para atesorar los aforismos que en su primera pasada me han llegado más, los he ido anotando. En una segunda lectura serían otros, pero ya me vale.
Salen demasiados, por lo que los dividiré aquí en varias entradas. Hoy pondré solo unos cuantos que me parecen corresponder a esa cara de personaje arrebatado (por “arrauxat”) que parece trasmitir en esa portada este libro de diseño tan feo, pero de contenido bien interesante, que te hace valorar el personaje en direcciones que no esperaba. Viendo la foto, me lo imagino perfectamente diciendo la frase.
Los dejo en catalán sin traducción, porque creo que son bien fáciles de comprender por quien no domine el idioma, pero si alguien tiene alguna duda, se lo traduzco lo mejor que pueda.
-No començarem a conèixer una persona fins que no la veurem ‘fora de si’.
-Si el sentit comú -això que diem sentit comú- fos realment ‘comú’, enfolliríem.
-És perillós de guanyar-se l’enemistat d’un estúpid, perquè els estúpids solen ser mes nocius que no pas els malvats. Però, de més a més, resulta moralment molt incòmode: amb un estúpid per enemic sempre tenim la sensació d’estar fent el ridícul.
-Em posa molt trist, això d’estar escoltant com parla una persona intel·ligent i que no m’interessi gens el que em diu.
-Precepte de dialèctica.— Crideu, quan discutiu i tingueu raó. Ordinàriament, el qui no en té també crida. I no és cosa de perdre posicions per una qüestió de bones maneres.
-Joan Miró té un no sé què d’Esperit Sant. (O: Si l’Esperit Sant pintava, ho faria com Joan Miró).
-Cinc sentits corporals! Demanem-ne més!


 

Cayetano Gea


En nómina (siempre muy sustanciosa) de La Charca Literaria hay un escritor que me recuerda alternativamente a los de la novela picaresca, La Codorniz o a uno de esos siempre atareado, prolífico a la fuerza, de la Editorial Bruguera en su buena época.
Es Cayetano Gea, de quien hoy sacan este micro-cuento que yo diría tiene una buena proporción de autobiográfico. Su enlace:


 

viernes, 9 de abril de 2021

Amazonas con pincel


Una presentación y en directo no es algo despreciable, en los tiempos que corren, pero es que, además, hacía tiempo que no iba a ninguna. El reencuentro fue ayer en la librería Jaimes, donde Victoria Combalía presentaba el primer volumen de la nueva vuelta de tuerca que ha dado a su “Amazonas con pincel”, que publicó en 2006 en Destino.
Ahora en un elegante, bellamente editado libro de SD.Ediciones, este volumen consta de artistas (no sólo del pincel, sino también de otros instrumentos, como el cincel o la máquina fotográfica) que ya han fallecido, mientras que está pendiente de salir “en unos meses” otro volumen correspondiente a artistas aún en ejercicio.
Una parte de la intervención de Victoria Combalía fue en el sentido de señalar los cambios -estructurales y de contenido- que presenta esta nueva edición, que además de completar informaciones entonces vertidas, ha suprimido y añadido nombres de protagonistas respecto a la anterior.
Acabando ahora de redondear el prólogo para el segundo volumen, trasmitió ayer la serie de reflexiones que le ha supuesto la revisión a fondo de lo publicado ahora hace quince años.
Una primera podría ser el cambio profundo que supuso esa II Guerra Mundial en la consideración de la mujer, supongo yo que debido al papel activo que adquirieron las mujeres entrando a trabajar en amplias labores productivas, para hacer funcionar una industria cuyos trabajadores habían ido a luchar al frente. Ya nada pudo volver a ser igual...
Antes de eso, varias de las artistas censadas en el libro (en el que se explica tanto su obra como su vida, siguiendo una buena costumbre que también tiene en otros escritos suyos, que los convierte, además de sumamente instructivos, en muy amenos), llegaron hasta a ser apartadas de su actividad internándolas en centros psiquiátricos. Poca broma...
¿Por qué y donde aparecen ahora mujeres artistas que no aparecían antes? -se preguntó la autora, para pasar a continuación a responderse en voz alta: muchas habían quedado difuminadas en grupos artísticos -como el constructivismo- que tuvieron un amplio número de seguidores. Ahora coloca en primer término a alguna de ellas, de gran valía.
También ha habido descubrimientos tardíos. Está claro que ahora se reconocen muchas más, antes ocultadas, en ocasiones, por su pareja.
Ahora sólo queda abrir el libro (que, por cierto, al hacerlo huele muy bien) y empezar a leer sus capítulos. Cada uno viene precedido de una fotografía muy bien escogida de la retratada y se cierra con láminas con ejemplos significativos de su obra.


Editora, autora y librera al empezar el acto.

 

domingo, 4 de abril de 2021

Victor Hugo en Vasconia (Azorín)


Al finalizar de curiosear el primer volumen de la obra completa de Azorín, recalo en “Víctor Hugo, en Vasconia”, un artículo de “Los valores literarios” (1914).
Leyéndolo me entero de que “Victor Hugo estuvo con su padre, el general Hugo, en nuestro país, cuando era un niño. No quedó en aquella mansión en España casi nada en la mente de Hugo”, pese a lo que empezó a decir que sabía el idioma (no era cierto: para las palabras españolas que colocaba en sus obras le ayudaba su hermano Abel) y a autotitularse poeta español.
Pasa luego a explicar el viaje que hizo al País Vasco, en el verano de 1843. Dice que “fue desde Bayona directamente a San Sebastián; desde allí trasladóse a Pasajes”, donde habitó. De allí “marchó a Pamplona”, donde permaneció unos días, “hizo una excursión por la montaña y regresó a Francia”.
Criticando su poca precisión sobre los tipos de alojamiento que decía Hugo habían por esa zona, le alaba Azorín la sencilla descripción que hizo de San Sebastián: “Un promontorio a la derecha; un promontorio a la izquierda; dos golfos; un istmo en medio; una montaña en el mar; al pie de la montaña, una ciudad. He aquí San Sebastián.”
Cuando está en Pasajes sale por las tardes de paseo por las montañas, para contemplar el amplio panorama, y se ve que escribió con un pico, en una roca del picacho que utilizó como mirador, las siglas de su nombre. Se pregunta si alguien encontrará alguna vez ese rastro, pero tras una simple encuesta por Google, parece que no ha sido así. Y era atractiva la apuesta...
Finalmente, de la estancia de Victor Hugo en Pamplona escribe Azorín: “Le encantan el claustro de la catedral, la ancha plaza con soportales, el panorama que se descubre desde el paseo de la Taconera. Corretea por las murallas y por las callejuelas. Se celebraba por aquellos días de Julio la feria. Hugo discurre entre los tipos de campesinos y compra multitud de chucherias y baratijas: ligas, con letreros, de Segovia; una caja de cerillas químicas, de Hernani; pilillas de agua bendita, de Bilbao; un hacecillo de reas de Elizondo; papel de Tolosa; un cinturón o garniel, de cuero, de Panticosa; dos mantas de Pamplona, ‘que son de lana magnífica, de una manufactura recia y de un gusto exquisito’ “.
(La imagen de San Sebastián en 1843, de Eugène de Malbos, la he sacado de la Wikipedia. La de la casa de Pasajes en la que estuvo Victor Hugo, de aboutbasquecountry.eus, la del claustro de la catedral de Pamplona de Turismo Navarro y la de los dos mozos con una manta navarra que bien podrían ser como las que compró Victor Hugo, de sasua.net)





 

sábado, 3 de abril de 2021

Ganarse la vida (David Trueba)


Se llama “Ganarse la vida” y es uno de esos libritos de los Nuevos Cuadernos Anagrama, que se leen en un periquete y dejan, si los escoges bien, con buen cuerpo. Es lo que ha pasado de nuevo, conmigo, con éste.
El subtítulo que David Trueba le puso es el de “Una celebración”, pero también podría haber sido “Un aprendizaje”, refiriéndose al propio de su infancia y juventud.
Me ha parecido todo un homenaje a su numerosa familia inmediata y a ese “dejarle hacer”, porque lo que se desprende de su lectura es que el éxito o el fracaso en ese periodo se debe y es resultado del empeño de cada uno.


 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...