“Sólo tenemos un verano. Aprovechadlo”.
Eso les dice un personaje de “Una joven pareja” (Marcos Ordóñez, Pepitas de Calabaza, 2021) a los dos protagonistas de la novela, Iván y Patricia, y podría ser destacado, creo, como idea básica que intenta trasmitir.
Es verdad que el lenguaje se simplifica un montón con respecto a previas aventuras. Explica de forma escueta y muy clara, usando los oficios de un narrador, el devenir de la pareja protagonista entre 1979 y 1981 y presenta continuos diálogos, chistes blancos y juegos de palabras muy marca de la casa (Yavestruz, La espía que mamó, Feldespata,…). Pero también es verdad que la novela deja entrever de tanto en tanto pequeñas nubes que cubren esa luminosidad tan intensa, casi de inocente cuento de hadas, y que de vez en cuando deja caer alguna expresión que denota estar escrita desde la actualidad, mucho, mucho tiempo ya transcurrido y mucho vivido (un “aún no se les había muerto nadie”, por ejemplo, aparece ya en el primer párrafo). Y que, por el final, de repente, las nubecillas casi de Renoir (sobre un Packard negro…) se convierten en un buen nubarrón que hace que por un buen rato casi desaparezcan los diálogos y la narración se enrede en largos párrafos mucho más liados, como sucedía en bastantes otras obras del autor, que parecía ser víctima en algún momento, dando un tumbo gordo al libro, de lo que el protagonista de turno se metía en el cuerpo.
No ha pasado desapercibido, he visto, que la edad del protagonista era entonces la misma que la del escritor. Iván (“come como una lima y está como un fideo”, se lee) pasa además por peripecias biográficas idénticas (pese a la invención de esos padres de la gauche divine, que le permitían censar otros ambientes de la época y ese “cuerpo musculoso” generosamente atribuido, que digo yo que habrá que ver cómo una broma) a las que pasó su inventor, e incluso parece ser él quien habla, en un momento determinado, sobre cómo desarrolla habitualmente su escritura. Por su parte, la Patricia/Modesty Blaise de la época también queda descrita como de “melena negra y rizada, (que) le caía en cascada hasta media espalda”, tan reconocible. Quizás, para despejar posibles dudas, no quede más remedio que nos den referencias sobre la fotografía de la portada, totalmente ausentes por los rincones del libro que he explorado.
El retrato de la época y, sobre todo, de la Barcelona de la época, como también he visto que se ha señalado con profusión, es nítido y exhaustivo. Por situaciones como la inocencia imperante en un traspaso de alquiler, hoy perdida en el foso de la historia, pero sobre todo por los escenarios por los que va pasando el relato. La lista podría ser enorme, por lo que pondré sólo unos cuantos lugares aún felizmente supervivientes hoy en día (el Marsella, el London, el Almirall, la Casa de la Estilográfica, el Flash Flash) y otros cuantos que ocasionan, cada vez que se leen, un ramalazo de otra época, en ocasiones recuperados in extremis de la memoria y vueltos a hacer vivir por el libro (los limones helados de La Menorquina, las revistas colgadas de los kioscos de las Ramblas, las Galerías Condal, el Savoy, Algueró, Simago, la Casa de las Mantas, Quien calcula compra en SEPU, el tebeo Lilí, el Tele-Exprés, El Vigía, el Mirasol y sus “asientos de escay verde”, el Caspolino, la Academia Febrer, el Picón, los Drugstore, el Galeno, el Zeleste, los Darlings,….).
Para mí, además, me han retrotraído a una época de felices recuerdos personales. Como con sus primeros libros, me he descubierto señalando errores de precisión para su corrección en una eventual segunda edición. Así, he tachado el ‘Contemporáneo’ y sustituido por ‘Moderno’ del Museo de Arte que había en la Ciudadela y otras dos o tres cosas parecidas.
Pero no quisiera parecer tan quisquilloso como Juan de Sagarra, porque sé que le molestó que solo se fijó y recriminara que en su primera novela (torrencial, con banda sonora musical, como ésta) apareciera una (en realidad inexistente) boca de metro en la Plaza de la Bonanova. Me he emocionado aflorando desde lo más escondido por el fondo de la memoria, de La Floresta, la “casa algo hundida, varios peldaños por debajo de la carretera”. Y cantidad de músicas que nos intercambiábamos descubriéndonos el mundo, a base de LPs o unas casetes recopilatorias que él confeccionaba con todo tipo de géneros musicales, y por ahí resuenan Van Morrison, Billie Holliday, Bill Evans y su concierto de Tokio de tapa roja, Sisa, Jordi Sabates, Ovidi Montllor, Bryan Ferry, Charles Trenet, Buddy Holly, Tati Soler,…
Es que, como haces decir con mucha razón en la página 140, Marcos, “pasa rápido que no te enteras”.
O al menos así me pasó a mí. ¡Un fuerte abrazo -otro de los muchos que se dan en la novela- a Iván y Patricia! O, quizás mejor, a Marcos y Pepita.













