domingo, 31 de octubre de 2021

Una joven pareja (Marcos Ordóñez)


“Sólo tenemos un verano. Aprovechadlo”.
Eso les dice un personaje de “Una joven pareja” (Marcos Ordóñez, Pepitas de Calabaza, 2021) a los dos protagonistas de la novela, Iván y Patricia, y podría ser destacado, creo, como idea básica que intenta trasmitir.
He leido mucho sobre la sencillez de este libro, escrito durante la pandemia, entiendo que con los buenos oficios de Pepita Forever más dispuestos que nunca, sobre que “sólo quiere ser un canto al amor” y que todo es en él ji ji ji, ja ja ja, pero quizás haya por ahí un cierto malentendido…
Es verdad que el lenguaje se simplifica un montón con respecto a previas aventuras. Explica de forma escueta y muy clara, usando los oficios de un narrador, el devenir de la pareja protagonista entre 1979 y 1981 y presenta continuos diálogos, chistes blancos y juegos de palabras muy marca de la casa (Yavestruz, La espía que mamó, Feldespata,…). Pero también es verdad que la novela deja entrever de tanto en tanto pequeñas nubes que cubren esa luminosidad tan intensa, casi de inocente cuento de hadas, y que de vez en cuando deja caer alguna expresión que denota estar escrita desde la actualidad, mucho, mucho tiempo ya transcurrido y mucho vivido (un “aún no se les había muerto nadie”, por ejemplo, aparece ya en el primer párrafo). Y que, por el final, de repente, las nubecillas casi de Renoir (sobre un Packard negro…) se convierten en un buen nubarrón que hace que por un buen rato casi desaparezcan los diálogos y la narración se enrede en largos párrafos mucho más liados, como sucedía en bastantes otras obras del autor, que parecía ser víctima en algún momento, dando un tumbo gordo al libro, de lo que el protagonista de turno se metía en el cuerpo.
No ha pasado desapercibido, he visto, que la edad del protagonista era entonces la misma que la del escritor. Iván (“come como una lima y está como un fideo”, se lee) pasa además por peripecias biográficas idénticas (pese a la invención de esos padres de la gauche divine, que le permitían censar otros ambientes de la época y ese “cuerpo musculoso” generosamente atribuido, que digo yo que habrá que ver cómo una broma) a las que pasó su inventor, e incluso parece ser él quien habla, en un momento determinado, sobre cómo desarrolla habitualmente su escritura. Por su parte, la Patricia/Modesty Blaise de la época también queda descrita como de “melena negra y rizada, (que) le caía en cascada hasta media espalda”, tan reconocible. Quizás, para despejar posibles dudas, no quede más remedio que nos den referencias sobre la fotografía de la portada, totalmente ausentes por los rincones del libro que he explorado.
El retrato de la época y, sobre todo, de la Barcelona de la época, como también he visto que se ha señalado con profusión, es nítido y exhaustivo. Por situaciones como la inocencia imperante en un traspaso de alquiler, hoy perdida en el foso de la historia, pero sobre todo por los escenarios por los que va pasando el relato. La lista podría ser enorme, por lo que pondré sólo unos cuantos lugares aún felizmente supervivientes hoy en día (el Marsella, el London, el Almirall, la Casa de la Estilográfica, el Flash Flash) y otros cuantos que ocasionan, cada vez que se leen, un ramalazo de otra época, en ocasiones recuperados in extremis de la memoria y vueltos a hacer vivir por el libro (los limones helados de La Menorquina, las revistas colgadas de los kioscos de las Ramblas, las Galerías Condal, el Savoy, Algueró, Simago, la Casa de las Mantas, Quien calcula compra en SEPU, el tebeo Lilí, el Tele-Exprés, El Vigía, el Mirasol y sus “asientos de escay verde”, el Caspolino, la Academia Febrer, el Picón, los Drugstore, el Galeno, el Zeleste, los Darlings,….).
Para mí, además, me han retrotraído a una época de felices recuerdos personales. Como con sus primeros libros, me he descubierto señalando errores de precisión para su corrección en una eventual segunda edición. Así, he tachado el ‘Contemporáneo’ y sustituido por ‘Moderno’ del Museo de Arte que había en la Ciudadela y otras dos o tres cosas parecidas.
Pero no quisiera parecer tan quisquilloso como Juan de Sagarra, porque sé que le molestó que solo se fijó y recriminara que en su primera novela (torrencial, con banda sonora musical, como ésta) apareciera una (en realidad inexistente) boca de metro en la Plaza de la Bonanova. Me he emocionado aflorando desde lo más escondido por el fondo de la memoria, de La Floresta, la “casa algo hundida, varios peldaños por debajo de la carretera”. Y cantidad de músicas que nos intercambiábamos descubriéndonos el mundo, a base de LPs o unas casetes recopilatorias que él confeccionaba con todo tipo de géneros musicales, y por ahí resuenan Van Morrison, Billie Holliday, Bill Evans y su concierto de Tokio de tapa roja, Sisa, Jordi Sabates, Ovidi Montllor, Bryan Ferry, Charles Trenet, Buddy Holly, Tati Soler,…
Es que, como haces decir con mucha razón en la página 140, Marcos, “pasa rápido que no te enteras”.
O al menos así me pasó a mí. ¡Un fuerte abrazo -otro de los muchos que se dan en la novela- a Iván y Patricia! O, quizás mejor, a Marcos y Pepita.

 

jueves, 28 de octubre de 2021

Un intrús benvingut (Antoni de Moragas)


Pese a que ninguna instancia oficial o paraoficial había hecho publicidad del acto, se llenó ayer todo el espacio de la librería +Bernat con gente que quería asistir a la presentación de “Un intrús benvingut”, las memorias de Antoni de Moragas.
La pièce d’estime de la sesión la proporcionó Victoria Combalía, que se notó se había leído con atención el libro y efectuó un retrato de su autor que me resultó muy fidedigno. Tras definirlo como un libro sin censura, pasó a desgranar buena parte de su contenido:
Empezó hablando de una figura que planea por buena parte de estas memorias, su padre, el también arquitecto Antoni de Moragas i Gallisà, y de las calificaciones y descalificaciones políticas que en ellas hace de él su hijo. Lo que más le chocó a Combalia fue que perteneciera a un grupo que se autodenominase “Els homes de bé i com cal” (“Los hombres de bien y como deben ser”). Como hizo en otras partes de su intervención, ligó a todos ellos con su propia experiencia familiar y personal. Para la chica de 16 años, eran “los amigos modernos de mi padre”, a los que pese a todo veía, desde su posición, como “gente de izquierdas”.
El libro sigue hablando básicamente -explicó- de compañeros de profesión, toros y novias, y, como Antoni se ha metido en todos lados, pues también de la ‘chançon française’, de cine, del PSUC y de un largo etcétera.
Lanzó por entonces una malintencionada pregunta que Moragas =a quien le debió doler- no contestó, preguntándole qué hacía él defendiendo a Louis Aragon, a quien tildó de estalinista y notorio perseguidor de jovencitos.
El poder de seducción autoconfesado por Moragas dio paso a otra pregunta que dijo lanzada para aclarar a sus muchas amigas de Facebook, como ella misma, preguntándose en voz alta a donde iban dirigidas esas poesías con las que les deja frecuentemente boquiabiertas.
El tratamiento en el libro a los miembros del PSUC con respeto, alabando a la vez su inocencia y su heroísmo, o a unas tertulias de lo más interesantes que le han acompañado toda su vida, también aparecieron por ahí.
No he retenido, no obstante, muchas, demasiadas de las cosas que contienen el papel que ayer leyó Victoria Combalía, que sería muy bueno que saliera a la luz, porque tenía muchas características idénticas a las que le adjudicaba a la obra de su destinatario: honesta, valiente y muchas veces vitriólica. Sí apunté una consideración de por el final: “Es como un niño que dice que el rey va desnudo y se hace querer”.
Por su parte, Santiago Tarín, que no conocía tanto al personaje como Victoria Combalía, confesó que la lectura del libro le había producido por un lado envidia de todo lo que veía había vivido y por otro lado rabia de no haber contactado con él y los personajes que cita hasta muy recientemente. También comentó que se quedó en el cuerpo con el sentimiento de haber leído de una Barcelona que está desapareciendo a marchas agigantadas.
Le tocaba entonces el turno de palabra al propio Antoni de Moragas. Inicialmente la cosa no parecía que pudiera ir muy bien. Ahí repantingado en su asiento, entre Tarín y Combalía, sin saber qué hacer, atinó a decir que quizás lo mejor sería que alguno de los dos le hiciera alguna pregunta concreta. Ante la cara de asombro de ambos, que ya habían dicho en su intervención lo que les había suscitado esas memorias, dirigió la misma solicitud hacia el público y, por suerte, aunque con problemas gordos para oír y entender las preguntas y luego para poner el micro a la distancia adecuada de su boca, fue animándose y acabó respondiendo con la brillantez que todos le conocemos.
Explicó primero cómo fue la génesis del libro, a partir de esa pregunta -“Perquè no ho escrius?”- que le lanzaban siempre quienes le oían relatar alguna de las anécdotas que había vivido, con la intervención básica de Jordi Ibáñez que le condujo a escribir con ellas, estructurando todo eso, el libro de memorias que ahora está en nuestras manos. Soprendió, eso sí, a más de uno cuando confesó que él no se había puesto a escribir en su ordenador, que no maneja, y que lo que fue haciendo fue escribir pequeñas “píldoras”, con el móvil, que luego enviaba por correo electrónico a un par de jóvenes licenciadas que le ayudaron un montón a corregir e hilvanar todo.
Aunque reconoció que desde la entrega del manuscrito ya tenía acumulado un buen montón de historias que no habían entrado en el libro, no parecía muy lanzado a ponerse a elaborar el segundo tomo, estando abierto a discutir cualquier propuesta que le hicieran respecto a hacer con el libro una serie televisiva del estilo de “El tiempo entre costuras”, que aportó una divertida pregunta.
Tras una dedicatoria íntima y pública a la vez, acabó satisfaciendo la curiosidad de los asistentes, que le pedían una recomendación sobre cada una de las ciudades de su vida:
-Está muy fácil -respondió.
-De Roma, la Plaza de la Rotonda, sentado en un café mirando al Panteón.
-De Paris, el Boulevard de Saint Germain -iba a decir la situación de esa famosa escena de “Le feu follet”, pero se le pasó por la cabeza otra cosa- y el Cementerio de Montparnasse y otros cementerios de la ciudad.
-¿De Barcelona? -surgió de entre el público.
Ahí se lo pensó, soltando finalmente, con fuerza:
-¡La Plaza Monumental!
Supongo que entonces iba a decirnos de Sevilla con la calle Betis, Torre del Oro o el puente de Triana, pero dijo que la calle Adriano (la que se encuentra frente a la Plaza de la Maestranza), haciendo de ella una descripción muy de arquitecto (“una calle ancha de esas que es una plaza, pero a la que llaman calle”), lo que suscitó la curiosidad de Oscar Tusquets, a quien tenía delante, en la segunda fila, y con el que ha vuelto a hacer muy buenas migas últimamente y le preguntó:
-¿Milán?
-La Porta Ticinese
Ahí se iba a acabar ya todo y pasar a las firmas y tomar el esplendido piscolabis que había preparado, con todo el follón de las mascarillas por el medio, pero una argentina, sabedora de su adoración por Borges, le pidió que dijera un verso del escritor. Lo tuvo claro, diciendo, de memoria, unos versos de “Límites”, a los que es verdad que suele aludir con cierta frecuencia y que nos dejó a todos mirando un poco ansiosos alrededor:
“Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?”
Llegó el momento de despedirse.
Aún debe quedar por la librería algún ejemplar esperando a los rezagados...



 

domingo, 24 de octubre de 2021

Un intrús benvingut (Antoni de Moragas)



François Truffaut hizo de Charles Denner su alter ego, eligiéndole para interpretar al Bertrand Morane de su magnífica “L’homme qui amait les femmes” (1977), un ingeniero de Montpellier probador de cómo actuaba la mecánica de fluidos sobre modelos de barcos, que escribía unas memorias que rondaban siempre alrededor de las mujeres de su vida.
Una recomendación que no debiera caer en saco roto: hora es de sacar la agenda y anotar en ella una cita. El próximo jueves, 28 de octubre, a las 19,30h, Victoria Combalía y Xavier Mas de Xaxàs se encontrarán en la librería +Bernat (Buenos Aires, 6, en Barcelona) para presentar junto a Antoni de Moragas “Un intrús benvingut”, las memorias que ha escrito este último.
La ventaja de las memorias de Moragas es que, aunque inevitablemente algo tienen que ver con las de Bertrand Morand (y no sólo por la presencia en ellas de Marlene Dietrich o Catherine Deneuve), les gana además por ser algo más que las de un desconocido ingeniero de provincias, porque me da la impresión (y esa también podrán haber sacado los que le siguen mínimamente por Facebook) de que nuestro arquitecto conoce a todos los que por aquí (y por otros países vecinos) significan o han significado algo en nuestro mundo cultural.
Finalmente esta primera edición (porque estoy convencido de que vendrán otras) no aparecerá en Anagrama, por lo que conviene ir a la librería citada, a parte de a acompañar al autor, a reservar sin falta un ejemplar.
Joan de Sagarra ha escrito la contraportada, marcando las claves de peso de la obra, y Jordi Ibáñez su introducción, en unas cuantas más palabras. Sólo me queda asegurar que quien se adentre en el libro se topará con una serie de sorprendentes revelaciones, se divertirá de lo lindo con él y, una vez cerrado el volumen, posiblemente, se dará cuenta tanto de su audacia como de la inteligencia vertida en la estructura de cada uno de sus capítulos.
No estará mal, poder decir en el futuro eso de “pues yo estuve en la presentación de la primera edición de sus memorias…”



 

jueves, 21 de octubre de 2021

Miseria y grandeza del Partido Comunista de España. 1939-1985 (Gregorio Morán)


¿Cómo llegué a no enterarme de la circulación de cosas tan cursis y ridículas como ésta?
Gregorio Morán transcribe en su "Miseria y grandeza del Partido Comunista de España. 1939-1985" esta frase, que dice ser de la pequeña biografía de Carrillo redactada por Federico Melchor y corregida personalmente por él con destino a los electores madrileños de las elecciones de junio 1977, las primeras de la democracia, con el PCE ya legalizado desde el mes de abril de ese mismo año:
"A partir (de ser secretario general) la figura de Santiago Carrillo... comienza a delinearse, a nivel mundial, como la de un renovador de la política de los partidos comunistas y sería difícil decir hasta qué punto ha influido (pero imposible negar que sí ha influido) en los planteamientos políticos de Kim li Sung, Fidel Castro, Ceausescu, Tito, el propio Kruschev, Chue-en-lai, Marchais, Berlinguer... y toda una serie más de políticos de talla mundial y jefes de Estado, de los que, además de escuchado interlocutor, ha sido y es entrañable amigo."

 

miércoles, 13 de octubre de 2021

Miseria y grandeza del Partido Comunista de España. 1939-1985 (Gregorio Morán)


Llego a la conclusión de que a Gregorio Morán le deben gustar los buenos westerns. Lo deduzco de cómo valora los grandes gestos inútiles, las derrotas soportadas con entereza.
Tomemos, por ejemplo, el caso del derribo oficial de Vicente Uribe, el que fuera número dos del Partido Comunista de España. Previamente no es que haya ahorrado calificativos contra el personaje pero, cuando en el pleno del Comité Central del PCE de 1956 es usado como único chivo expiatorio, centrando en él todas las acusaciones de culto a la personalidad de la época más fieramente estalinista, Morán tiene para con él unas palabras de apoyo que me hacen pensar en los finales de ciertos héroes de westerns:
“Este hombre, otrora feroz e implacable, ya se había convertido en un pingajo. Era suficiente. Podrá presidir la siguiente sesión, la XIV, y entrará en el olvido hasta su muerte en Praga el 11 de julio de 1961. El único patrimonio que le quedaba era el carácter enloquecido de su esposa, Teresa García, y sus cinco hijos, cada uno de ellos un mundo que reflejaba la caótica diáspora de los españoles por el este de Europa; la grandeza mientras eran parte de la nomenclatura de los hijos de los dioses, y las dificultades cuando pasaban a ser ciudadanos corrientes y molientes. Murió siendo miembro casi honorario del Comité Central. Una nota necrológica le recordará en Mundo Obrero a él, que había sido miembro del Comité Central desde 1932 y luego del Buró Político. De obrero metalúrgico llegó a ministro de Agricultura en el gabinete de Largo Caballero y de Negrín. Su último escrito fue la espeluznante carta a Dolores, que no obtuvo respuesta, durante su último periodo de tratamiento médico a causa de la ‘arteriosclerosis cerebral’ y el alcoholismo: ‘me han dado corrientes eléctricas en la cabeza al mismo tiempo que me hacen una operación que consiste en estirar el pescuezo… pero los resultados positivos no aparecen. El dolor de cabeza continúa permanentemente’. Con razón decía la esquela de Mundo Obrero, que con él había perdido el Partido Comunista de España a un ‘militante probado, firme y abnegado’.” (página 297 de la primera edición de “Miseria y grandeza del Partido Comunista de España. 1939-1985”, Planeta, 1986)
En la fotografía, Dolores Ibárruri, Fernando Claudín y Vicente Uribe.

 

martes, 5 de octubre de 2021

El despacho de Gerardo Diego en Santander

El sillón de marras, la gran pieza de la habitación.

Gerardo Diego fue el poeta de la Generación del 27 que se quedó en la España franquista acabada la guerra civil, y recuerdo que su fotografía salía destacada en los libros de texto del bachillerato, él vivo y coleando, mientras otros o bien ya habían muerto o bien penaban en el exilio.
Eso debió por lo menos frenar mi interés por él, lo que justifica un poco, por ejemplo, que ni lo situara mentalmente como natural de Santander.
Mirando qué podía verse en una pequeña visita a la ciudad, caí en que existía una Fundación Gerardo Diego, que custodiaba la biblioteca del poeta.
En otro momento daré cuenta de la cuidada exposición que pudimos admirar en una emocionante visita guiada a la misma, dedicada a los dibujos que poblaban las revistas de poesía del momento de efervescencia que dio en llamarse por ello el segundo siglo de oro de las letras de por aquí.
Hoy solo pondré por aquí algo de lo poco que se conserva del despacho de Gerardo Diego, ahora exhibido en la Fundación de su nombre, colocada en un sector del conjunto de la Casa-Museo de Menéndez Pelayo. En particular nos gustó un sillón de madera que combina el diseño estilo Bauhaus con la solidez de los muebles burgueses de los años 20 y 30. Me recordaron esos elementos el tipo de muebles que hacía Josep Palau Oller, padre de Josep Palau i Fabre, para sus clientes del Eixample barcelonés.

La máquina de escribir “portable” de Gerardo Diego. Una clavija permite elevar un poco los tipos para escribir, partiendo de la posición de viaje (en la fotografía)

La revista que compuso Gerardo Diego, Carmen, sobre un pequeño mueble biblioteca.


 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...