domingo, 23 de septiembre de 2018

Baroja (& YO)


La idea de la colección de Ipso Ediciones me parece muy buena, porque este tipo de cosas suelen ser las que más me interesan. Bajo el nombre de "Baroja (&Yo)" agrupan una serie de libritos en los que cada autor escribe sobre Baroja... y sobre él mismo.
He leído el primero, al que Soledad Puertas le añade un título-descripción: "Lúcida melancolía". Ella empieza diciendo eso tan cierto de que "Hay escritores que existen antes de ser leídos" y uno de esos fue para ella, por razón de vecindad familiar, Baroja, para seguir con cómo fue a parar a su lectura y, a partir de ahí, a dejar clara su visión personal sobre su lectura. Una visión personal que conviene decir se vale en ocasiones de las de Azorín, Ortega y Gasset y el propio Baroja.
La propia Puértolas enfoca muy bien ese escepticismo vital que se desprende de muchas de las novelas de Baroja, pero, puestos a extraer las opiniones de alguien, mejor hacerlo -como practica ella al final de su escrito- del propio Baroja:
"Nadie sabe cómo es, y menos cuando se pierde su medio ambiente y se queda viejo, solo y con pocos lazos sociales, como me he quedado yo.
Eso de 'conócete a ti mismo' es una fantasía griega (...)
(...) A mí me ha interesado mucho la gente, sus reacciones, sus ideas, sus costumbres, pero sus opiniones no me han interesado tanto. De ahí que haya vivido un poco como extranjero curioso, y que los demás hayan tenido de mí una idea un poco estrafalaria y absurda.
Yo no sé si he hecho algo que valga la pena, pero en ciertas cosas me siento tranquilo. Creo que he luchado por la existencia con dignidad, sin aprovecharme de los demás, y sin emplear vilezas."
Ese es mi Baroja...

 

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Aquella porta giratòria (Lluís Foiz)


Dejando a un lado libros bastante más densos que tengo pendientes me he ido hacia la ligereza y la facilidad lectora y he hecho una cuña para leer este "Aquella porta giratoria" (Lluis Foix, Destino, 2016)
La puerta giratoria era la que había en la entrada de la sede de La Vanguardia de la calle Pelayo y, mucho más que una biografía personal del que, entrando de traductor recién acabada la carrera de periodista y pasando por corresponsal en Londres y Washington, llegó a ser director del periódico barcelonés, el libro es un conjunto, en general muy amable, de semblanzas de los periodistas y gente de La Vanguardia desde 1970 (con alusiones a alguna etapa anterior) hasta casi nuestros días.
Es de estos libros que, queriendo ser muy digeribles, prometen anécdotas de todo tipo y acaban por incluir casi por obligación frases sobre todos los característicos que sentaron sus reales en la dirección, redacción o en cualquier puesto del rotativo. Tomado así, me ha gustado saber detalles, por un lado, de las costumbres de, por ejemplo, el Conde de Godó, por aquello de la curiosidad malévola. Por otro lado, saber de los orígenes, que desconocía, de un Jaime Arias.
Queda también de su lectura el gusto de recuperar nombres que veías y leías continuamente durante la infancia por las páginas de La Vanguardia, como ERO o Manuel del Arco, a los que ahora ya puedes situar un poco mejor.

 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...