viernes, 30 de enero de 2026

Teoría poética del aprendizaje (Concha Fernández Martorell)


Nos habíamos colocado en sillas de la última fila, pero empezó a llegar gente y fueron colocando más y más filas, hasta resultar, por eso de que todo es relativo, que ahora estábamos en las primeras.
Había ido a otras presentaciones de libros en Documenta y la “mesa” la habían situado al fondo, pero junto a la pared lateral. Si lo hubieran hecho también así en esta ocasión no habrían podido situar las calculo ocho filas de sillas (que disminuían la profundidad del local) ni posibilitado que otros llegados más tarde siguieran el acto de pie.
Concha Fernández Martorell presentaba ayer “Teoría poética del aprendizaje” (El Viejo Topo, 2025), y su nombre debía haber atraido no a demasiados adolescentes -por lo que vi-, pero sí a todo el gremio de la enseñanza, esto es, a lo que llaman la Comunidad Educativa. O, cuando menos, a todo su sector consciente del berenjenal al que ha ido a parar, con ganas de rectificar.
Wenceslao Galán, para presentar a la autora, dijo que había presentado su tesis dirigida por Valverde (y que eso felizmente se notaba en el libro), que había ejercido de profesora de filosofía durante 35 años (y que también se notaba en el libro la experiencia del aula) y que también había sido directora de Instituto (y que eso aún se notaba más, pues a parte de sus reflexiones sobre la actual educación “competencial”, confrontándola a una posible educación alternativa que la autora llama poética, el libro incorpora una serie de llamadas “incidencias” en las que se nota haber tenido un puesto como ese, que toca temas graves, de toda índole).
Yo sabía de ella como autora de un manual de Historia de Filosofía que escribió junto a Pere Montaner, y le había oído en unas cuantas charlas, de las que siempre salí admirado sobre la solidez de sus conocimientos y reflexiones y la claridad con la que expone sus ideas, por muy abstruso que fuera el tema (y filósofos de esos hay un montón).
Sus ideas sobre el tema del libro fueron precisamente las que fue desgranando a preguntas de Emilia Olivé.
El 2008 había ya escrito otro libro, “El aula desierta”, en el que hablaba de educación, pero con el tiempo fue viendo que había explicado sólo parcialmente lo que fue comprendiendo por completo después.
Su larga carrera como docente le permitió disfrutar los primeros años del placer de la educación, pero cuando llegó la reforma educatival, que tenía de bueno que la educación se hizo universal, ese placer fue desapareciendo. Es verdad que el aula se hizo conflictiva y entonces empezó a oírse un discurso derrotista omnipresente, que aún hoy dura, sobre la enorme crisis escolar, cuando lo que ella veía no era sino crisis social.
Como todo se veía tan mal, se produjo un giro radical, y en principio, se pensaba no era mala idea darle la vuelta a todo. Llegaron directrices no sólo de aquí, sino de organismos exteriores. Todas iban en una ahora clara dirección: hacer desaparecer al profesor, y cambiar conocimiento por competencias, para generar futuros trabajadores productivos. Ese proceso ha generado además, de camino, la privatización de la educación, y una enorme segregación social.
La innovación pedagógica decían que es lo que iba a solucionarlo todo, pero en realidad únicamente ocultaba ese cambio.
Todos los educadores llegaron a admitir eso de “crear competencias”, cuando ahora ve clarísimo que la palabra competencia está fuera de lugar si hablamos de educación. Como pasa lo mismo con eso del “rendimiento de cuentas”, buscando unos resultados que deben ir mejorando continuamente, como todo lo que sigue la línea del Neoliberalismo.
Precisó a continuación que el término “competencia” nació por 1992 en los Estados Unidos, buscando cómo se podía ayudar al trabajo. Se querían hacer “trabajadores adaptables a una sociedad cambiante y desconocida”, una píldora que -confiesa ahora- “nos la comimos demasiado rápidamente”.
Con esa píldora, además, la educación -como otros muchos sectores- tuvo que efectuar enormes inversiones en nuevas áreas: medios digitales, mundos virtuales en los que el alumno ina a sentirse bien, ahora la de temibles consecuencias inteligencia artificial. Y detrás siempre la privatización y la creación de reservas para las élites.
También aporta el libro, además de ese hacer ver que el rey está desnudo, descubriendo lo que había detrás de todo el proceso, su propuesta personal sobre lo que debiera ser realmente esa alternativa a lo que se impone como educación.
No se trata de volver -como muchos sostienen- a una educación tradicional, que estaba sustentada en un autoritarismo nefasto, sino que debiera volverse a revalorizar el proceso por el cual el profesor explica sus conocimientos a los alumnos. Unos conocimientos provisionales, pues ahora todos sabemos que no se trata de verdades. El alumno debe construir su propio mundo interpretando los conocimientos que se le quieren trasmitir.
Se ve que el libro también habla de las “incidencias”, posibles brechas en las que, por ejemplo, el alumno se sale totalmente de madre. Su teoría es que, lejos de reaccionar abruptamente clamando por la disciplina, se ha de parar a analizar concienzudamente la cuestión, acompañando al alumno, porque esa brecha puede ser el lugar en que se expresa todo su mundo.
Con dudas sobre que éste método, desde luego inmaculado, pueda llegar a tener siempre resultados positivos, pues digo yo que eso estará únicamente al alcance de determinados profesores, y no de la globalidad, me gustó volverme a casa con ese retrato de una educación actual que piensa -y me ha convencido de estar completamente en contra- que los conocimientos están en internet, donde el alumno los ha de coger mediante un proyecto sólo para producir algo.
Piensa Concha Fernández que los conocimientos son, en realidad, las herramientas para que el alumno vaya conociendo el mundo. Y el profesor es su guía y tutor, reconocible entonces en seguida por el alumno. Digo yo que en eso sí reside la verdadera autoridad.

 

miércoles, 21 de enero de 2026

Personaje secundario (Enrique Murillo)


Por fin me he leído “Personaje secundario” (Enrique Murillo; Trama editorial, 2025). Tener ahí esperando sus 530 grandes páginas me hacía dudar si retrasar aún un poco más su lectura, para no hipotecar el limitado tiempo que presto a la lectura.
Ha habido ocasión, pues, para que ya todos sepan a estas alturas que, haciendo honor a su subtítulo (“La oscura trastienda de la edición”), se trata del título que corrió de boca a oreja por el mundo del libro.
Ese subtítulo lo añadió, sin duda, su editor, buscando un cierto anzuelo para las ventas y, si bien es verdad que Enrique Murillo explica muchas cosas de esas inconfesables de la trastienda de unas cuantas editoriales de prestigio por las que pasó, también lo es que podrían quitar tranquilamente el adjetivo y el subtítulo podría seguir siendo bien válido. Son innumerables las cosas que he aprendido, leyéndolo, de todos y cada uno de los empleos ligados a la concepción, desarrollo, traducción, edición y comercialización del libro. No en balde él se ha dedicado los últimos años a dar unas clases pormenorizadas para quienes quieren dedicarse a alguno de los aspectos de la edición.
Explica las cosas con un lenguaje de lo más comprensible. Hasta me ha hecho gracia constatar, en este sentido, un extremo: como, según dice, escribe para gente que no son de Ciencias, quiere ser muy claro y, en ocasiones, desmenuza detalles y repite quizás demasiado ciertos aspectos. Está claro que lo hace con el objetivo de no dejar sus reflexiones naufragando por las aguas de la duda o de la oscuridad.
Supongo que quien comente el libro, si ha de referirse a revelaciones de lo que hasta ahora permanecía en esa inalcanzable trastienda, no se detendrá demasiado en un tema que ha trascendido ya en varias ocasiones, como es eso de la demostración de que la enorme mayoría de los premios literarios están -como él dice, dulcificándolo un poco- ‘planificados’. Ese honor recaerá en cambio, seguro, en ciertos aspectos de la personalidad y actividades del hasta el momento mítico editor de Anagrama, seguido de otras joyas que atañen a editoriales de enorme tamaño, de las que se explica cómo mantenían engañados a sus autores tanto en el número de ejemplares impresos y sacados a la venta como en las ventas efectivas posteriores, precisamente lo que constituye el elemento de base para el cálculo de los royalties de los escritores y, como explica, posible causa de los elevadísimos anticipos exigidos por los agentes literarios, que piensan que más vale pájaro en mano que ciento volando.
En su rol de “personaje secundario” de todo ese mundo, la nómina de escritores de renombre (Félix de Azúa, Eduardo Mendoza, Enrique Vilà-Casas, Javier Marías, Ignacio Martinez de Pisón, Terenci Moix) y otros personajes notorios (Carlos Barral, Javier Fernández de Castro,José Luis de Villalonga, los hermanos Lara y hasta Ana Rosa Quintana) con los que demuestra haber tenido confianza te hacen entender que poco secundario podía ser ese personaje que llegó a mover los hilos que, en toda la extensión del libro, va detallando.
No todo han de ser personajes de los que aparecían en los papeles continuamente, y a mí me ha satisfecho encontrarme con informaciones para mí valiosas sobre otros con los que he tenido poca o mucha relación, o que me intrigaban, como Antonio Maenza, Marcos Ordóñez, Pedro Ugarte, Miguel Dalmau, Ignacio Echevarría, Félix Romeo, Ignacio Vidal-Folch, Miguel Sánchez-Ostiz, Tomas Delclós e incluso Javier García Sánchez.
A veces -sobre todo por su último tercio-, sientes asistir a ciertas repeticiones, resultado de su procedimiento de avisar previamente de lo que desvelará y más tarde, páginas después, pasar a hacerlo con todo lujo de detalle. Pero en su totalidad creo que el libro tiene otra virtud que no se ha señalado demasiado, como es la de guía de lectura, pues desde sus lecturas infantiles y juveniles hasta los autores que intentaba impulsar en sus últimos lances editoriales, un amplio abanico de títulos y autores saltan a la atención, convirtiéndose así en una amplísima guía de compenetración en el aprecio y lectura sugerida de lo no leído nada despreciable. Eso y la de facilitar una cierta cartografía barcelonina y de las relaciones entre los actores de ese escenario. Claro que no todo se devela del todo: ¿Cual debía ser ese local de General Mitre donde todos iban a tomar la última?
Y una última cosa, claro, hace muy recomendable su lectura. El libro es una crónica impagable de toda una época, sus modas y sus figuras. Me ha supuesto un gozo grande ir recordando… y clarificando tantos y tantos aspectos que se me habían pasado por alto.
¡Ah! Una cosa que me sobresaltaba en cada ocasión en que se lo leía. A ver si puedo llegar a sugerir una corrección a tan famoso editor o me aclara una cosa: ¿A qué viene hablar de “los salesianos de la Bonanova”? No conozco un gramo de todo el intríngulis de las órdenes religiosas, pero nunca he oído a antiguos alumnos de La Salle Bonanova decir que iban a los salesianos.

 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...