Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en ciertos placeres mentales o sensoriales, que evadan de funestos pensamientos.
A eso debió apuntar Ignacio Peyró cuando escribió “Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida” (Libros del Asteroide, 2018) y los lectores que antes (o como yo ahora) lo leyeron.
Su título y subtítulo no engañan, y está enfocado mayormente hacia las cosas del comercio y el bebercio, cosas éstas inherentes a lo humano, que aparece igualmente por todos lados.
Me supera cuando muestra su erudición en vinos de alcurnia, elabora con tiento y acierto las frases para ansalzar (o denigrar) las comidas más habituales, pero apunta sobre todo a la gastronomía tradicional de los grandes momentos y restaurantes. Casi todos los de Madrid de los que habla (generalmente -¡ay!- para despedirlos) no fueron pisados por mí en toda mi vida: apunto a cosas más modestas, pero como escribe con esa aparente facilidad para hacerlo bien, se leen hasta esos capítulos con placer. Algunos otros, sin embargo, se me han hecho demasiado aire (volutas y volutas) sin excesivo contenido.
Me han gustado especialmente dos capítulos, en que alude a protagonistas más bien modestos.
El primero de ellos, “Fina y sana, la Toresana”, es ni más ni menos que un elogio a las gaseosas locales. Sólo leer algunas de las marcas de las que habla (La Exquisita, extremeña; Xiquets de Valls; El Cid; LA Estrella del Bierzo; García, de Albacete; Masquefina, de Tarragona; Flor de Sil; La Caprichosa, de San Martín de Valdeiglesias; Konga o La Glacial) ya te alegra el día.
El segundo va dedicado a las estaciones de servicio, sus productos y, ya puestos, alguno de sus comedores adjuntos, bares de carretera de toda la vida. “Un oporto en la gasolinera”, se llama, y de él extraigo estas frases:
“La higiene y el progreso se han hecho sentir también aquí, de modo que ir al baño -por ejemplo- ya no representa una incursión en los estratos más siniestros de lo humano. Aún así, todavía es común esa pastilla de indeciso color verde en la porcelana del urinario, como -camino a la barra- sigue siendo costumbre pisar sobre un compost de servilletas, palillos y peladuras de gamba”.
O ésta con la que acaba uno de los párrafos: “(…) sólo yo sé lo que daría por uno de esos ambientadores con forma de abeto de los coches baratos de mi infancia”.

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