jueves, 28 de diciembre de 2023

M Train (Patti Smith)


Vi expuesto por la biblioteca este “M Train” (Patti Smith; Lumen, 2017, primera reimpresión de la segunda edición, de 2016), comprobé que se trataba de una especie de memorias sui-géneris y me lo traje para casa, donde lo he estado leyendo a razón de capítulo por noche.
Varias impresiones generales:
-Las veo como unas memorias personales de una etapa de soledad, tras la muerte, ya hace tiempo, de la persona con quien compartió su vida, cuya sombra surge con frecuencia por las páginas.
-Por todos lados, ese esfuerzo por encontrar el espacio en el que sentirse bien. A mitad libro fui a mirar en Google si aún existía en Nueva York el Café Ino, donde dispuso mucho tiempo de una mesa casi fija, y me encontré con el terrible “cerrado permanentemente”. Efectivamente, poco después leí en las memorias sobre ello y la aparición de un nuevo café al que hizo también habitual, pero no debía ser ya lo mismo.
-He viajado con ella por todo el mundo (hay que ver la facilidad con la que cruza el océano está mujer…) para hacer una polaroid de la tumba de Jean Genet en Larache, de la máquina de escribir de Hermann Hesse en Montagnola o del bastón de Virginia Wolf, así como, estando en Blanes con Roberto Bolaño, se trae el recuerdo fotográfico de la silla donde escribía.
-Siempre ese empeño en mirar las cosas atentamente, buscando un halo de profundidad hasta en lo más banal. Siempre ese vaso con café con el que calentarse las manos, esa obsesión por las series de televisión policiacas que le hacen llegar a una identificación casi mística con sus protagonistas, esa infusión o sopa de alubias tomada en uno u otro café acompañando la lectura de un libro, esos objetos a los que le busca una trascendencia que los convierte en una presencia de alguien ya hoy imposible de ver.
-Usa un lenguaje y frases muy sencillos, pero no sé si achacanble a su propia escritura o a la traducción, algo me coloca, en algún que otro momento, a una cierta distancia del ambiente que describe, y me lo hace mirar con un cierto escepticismo, con mirada crítica.

Hace nada, una noticia en periódico extranjero daba un susto con respecto a su salud. Estaba por Italia y tuvo que suspender todas sus actuaciones previstas, porque había tenido que ser hospitalizada. Parece que ya salió y está bien. Que sea por mucho tiempo. 

El Naufraguito

De izquierda a derecha, en la Calders, los que indicó en la primera línea del texto.

Dramatis personae: Chini y Raquel Tomàs, editores de los (relativamente nuevos) fanzines de Aguas Internacionales, interrogan a Ceferino Galán, quien explica, con la experiencia adquirida en 35 años y con 135 números de su “El Naufraguito”, cómo hacer para sobrevivir en ese mundo.
Fue ayer en la librería Calders y todo empezó y finalizó con un par de canciones. La letra de la primera se impuso entre el silencio inicial:
-“Yo no tengo ni padre ni madre que sufra mis penas”. Sí: Ceferino Galán empezó a desvelar secretos y el primero fue que el título de El Naufraguito se le impuso después de oír de forma continua a Antonio Machín cantar “El huerfanito”. La publicación había surgido impulsada en una tertulia en la que participaba en los años 80.
La estructura del acto era ésta: los dos de Aguas Internacionales le hacían una pregunta. Si la pregunta salía de alguien del público y daba juego, entonces él le regalaba, en premio, un ejemplar de su colección.
Lo cierto es que tenía respuestas para todo, porque en estos 135 números de “El Naufraguito” ya ha predicado sobre cantidad de temas, del más peregrino al más trascendental. Al final pongo el enlace de su web, para ilustración de quienes no hayan tenido ninguno en sus manos. ¡Se van a enterar!
En un número, por ejemplo, explicó “Cómo hacer un fanzine con relativo éxito”. Ahí, y ayer también, dio como requerimiento clave que no suponga mucho trabajo y que no te cueste dinero. Y, según dijo, lo ha conseguido. A eso, en otro momento de la sesión, dejando patidifusos a los de Aguas Internacionales y al auditorio, añadió que también iba muy bien ser una persona gris como él… Otro consejo del Naufraguito -y lo dice Ceferino Galán con su imagen seria y formal: “No esperes nada de tus colaboradores”.
Entendí que fue estando hace mucho en Mallorca cuando le cayó un documento manuscrito de 28 páginas, que mostró ayer, que fue el que le dio la clave de la filosofía de navegación de El Naufraguito: “Yo soy quien soy y no me cambio por nadie”, empezaba diciendo esa larga carta. Y finalizaba con idéntica frase, pero con un ánimo positivo grande, porque había dado con Paqui, al parecer su media naranja, que supongo era lo que le volvía a hacer decir eso de que no se cambiaba por nadie.
Al final habremos de creernos hasta las trolas de Ceferino, quien dice que la publicación ya le ha rentado hasta para tener todo tipo de electrodomésticos. Sobre todo porque, mientras está muy entretenido haciendo El Naufraguito, no gasta en otras cosas. Pero es que además lo digo porque Isabel Sucunza, el alma de la Calders, explicó en la presentación inicial que si tuviera que clasificar sus ventas, la primera línea se la llevaba El Naufraguito, de la que había contabilizado recientemente 947 ejemplares vendidos desde no sé qué momento. Y es que por estas fiestas se trata de un magnífico regalo. Sabedoras de que los persigo desde hace mucho, mis hijas me suelen obsequiar cada año con unas tiras de regaliz suave y algún ejemplar, lo que agradezco especialmente: deben seguirme considerando un espíritu joven y aventurero, atento a la rareza.
Ah: la canción de cierre fue una por si le puede dar servicio al náufrago: La balsa.

Unos cuantos Naufraguitos con los que di por casa.

Y otros cuantos que encontré, en segunda línea, al volver a guardar los primeros. Quien sabe si habrá un tercer sector con ellos.
 

miércoles, 27 de diciembre de 2023

Los cines de mi vida (Carlos Mir)


Cuando fui a la presentación de “Los cines de mi vida. Barcelona 1950-1970” (Carlos Mir. Comanegra, 2023) en lo que había sido la pantalla y escenario del antiguo cine Alcázar, detecté una incompatibilidad entre mucho asistente joven y/o de otros barrios, que veía no podían hablar con Mir en su mismo lenguaje, porque no habían vivido lo mismo o, cuando menos, en el mismo momento y espacio.
Ahora, al leer con detalle el libro, pese a que conocí y guardo recuerdo de 36 de las 38 salas de cine de Barcelona a las que dedica un capítulo, veo que cierta distancia generacional (me lleva unos cuantos años) lleva a que, salvo en unos pocos casos, yo no haya visto las películas que nombra en los cines que indica. Un ejemplo: por cuestión de edad no llegué a los cines de arte y ensayo cuando empezaron en la ciudad (el 1967), y compruebo que casi todas las películas que vio en esos cines los tres primeros años los pude ver con posterioridad, de un reestreno que para mí fue auténtico estreno en el Alexis, que ejerció en mí un papel de auténtica filmoteca.
Así las cosas, me he de refugiar, para gozar de coincidencias, en varios lances, pequeñas memorias, de su relato.
Ahí están, por ejemplo, los esfuerzos para superar el primer filtro -la taquillera- y el segundo -el que cortaba las entradas a la entrada de la sala- cuando querías pasar a ver una película no autorizada para los de tu edad (recuerdo el “No es per la vostra edat, ratetes” que nos espetó, reproche en el fondo condescendiente, la taquillera del Astoria cuando unos amigos y yo fuimos a ver una película bélica en la que los aviones ingleses hacían raid tras raid por un largo fiordo noruego para bombardear una base de submarinos alemana).
Y cosas que había olvidado por completo, como esa gran pendiente hacia la pantalla que presentaba el Spring, que te obligaba a ir frenando, si llegabas a media proyección, para no acabar incrustrado en la pantalla. También esa primera imagen -una vagoneta descendiendo- en la primera película del auténtico cinerama vista en la ciudad (“Esto es Cinerama”). O los relojes marcando cada uno la hora de una ciudad del mundo en el vestíbulo -más bien pasillo- del Savoy.
Fueron los cines tan populares que todos los que buscan imágenes de ellos -y este libro no es una excepción- suelen tener graves problemas para encontrarlas: ¡Nadie hacía fotos de las salas de cine, de tan familiares que resultaban! Y, si se hacían -que no- como solían estar muy a oscuras, no había forma de sacar una imagen luminosa de ellas. De ahí el recurso de poner el pasquín de las películas citadas, que además no pagan derechos.
He anotado un par de paseos, para ver si realmente quedan detalles como por ejemplo ese nombre del cine Bonanova, cuya concreta ubicación en la ciudad, como la del Provenza, o algún otro, no recordaba, teniendo sólo en la cabeza una nebulosa área de la ciudad.


 

jueves, 21 de diciembre de 2023

La Barcelona de Pilar Aymerick

Jordi Amat, Pilar Aymerich y Laura Terré ayer, en el Born.

Ayer en el Born se presentaba el libro de fotografías “La Barcelona de Pilar Aymerich” (Comanegra, 2023) y se reunió para la ocasión, además de muchos allegados, buena parte de la colonia fotógrafa actual de la ciudad, que vi repostaron luego en buena armonía en un café de los alrededores.
Como el ayuntamiento ha participado (mayormente supongo que en la parte económica) en la edición del libro, ahí estaba Collboni abriendo el turno de intervenciones, lo que está muy bien, pero alguien le debería haber soplado previamente que un alcalde no está obligado - y menos en ese ambiente- a explicar quién es Pilar Aymerich, de quien glosó una serie de lugares comunes, junto a un par de reivindicaciones gay que debían ser su real aportación personal.
Si era el alcalde el que cursaba invitación al acto, quienes llevaron la sesión, junto a la mismísima Pilar Aymerich (quien no fue en absoluto un invitado de piedra) fueron el multipresente Jordi Amat y la especialista en historia de la fotografía Laura Terré.
Jordi Amat demostró en su presentación inicial que, además de estar en todas las guerras, lo está por razones de peso: fue su intervención de lo más brillante, apostando, básicamente, por nombrar y describir las fotografías del libro -según indicó “una recopilación de las más completas” que ha visto nunca de la obra de la fotógrafa- que más le habían sorprendido y emocionado personalmente. Entonces nombró la fotografía del cuerpo de Manuel Viola saliendo de su casa tras su brutal asesinato, o la de la manifestación de Barcelona en solidaridad con la matanza de Atocha, ambas imágenes que, poniendo el dedo ahí donde duele, comentó que los barceloneses han retirado de su memoria, como si no hubieran existido. La tercera fotografía, la tercera imagen que trajo a colación, fue la de la vista del cementerio de Montjuic tomada desde una golondrina, esa combinación de dos ambientes antagónicos.
Tras destacar oralmente -porque no se vieron- otras fotografías del libro, como la de una Montserrat Roig embarazada en su casa (“que era como las casas de todos nosotros, los progres del momento”, recalcó, atenta, Pilar Aymerich), finalizó Amat su primera intervención, que había iniciado con una precisa definición sobre la impresión producida por el periodo básico que refleja el libro: el de una transición profunda, trayendo a colación la frase de Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.
Fue a continuación el turno de Laura Terré, a la que se vio en plena complicidad con Pilar Aymerich, quien iba asintiendo a cada una de sus aseveraciones. Había preparado y leyó un texto muy bien calibrado, en el que, con pocas palabras, definió la fotografía de la homenajeada y que convendría poder tener por aquí. Me fijé, sobre todo, en lo que dijo de que, además de todo lo que reflejan, de captar sus personajes y sus ambientes, sus fotografías lo hacer también de una actitud. Ahí están todas esas fotografías que tan bien marcan todo un periodo vivido por nosotros, con unos pies de foto -acabó- escritos cuidadosamente, lo más objetivos posibles, por ella misma.
Pero lo que posiblemente más me sorprendió de la sesión fue la absoluta lucidez y agilidad mental de Pilar Aymerich. Un poco mosca porque todo el mundo -empezando por Collboni- no hacían más que decir que había cumplido los 80 años, ahí dejó, como quien no quiere la cosa, una serie de interesantes reflexiones sobre su trabajo con la fotografía.
Una que anoté fue que, de hecho, había utilizado la cámara como defensa ante las emociones que le provocaban los actos en los que participaba. Que era luego en su casa, llegado el momento del revelado, viendo las imágenes captadas, cuando dejaba ir toda la emoción que le habría impedido hacer las fotografías.
Seguramente no conforme con esa definición de fotógrafa de la transición manejada continuamente, explicó de una manera muy atractiva el proceso que le llevó a una fotografía que cierra el libro, efectuada para participar en una obra colectiva sobre las imágenes de la pandemia. No supo qué fotografiar por unas calles absolutamente vacías, y desistió de hacerlo. Se encerró en su apartamento y esparció por el suelo todo un conjunto de fotografías suyas sobre manifestaciones. Se colocó junto a una ventana, por la que llegaban toda una panoplia de sonidos de la pandemia, y presionó el obturador.
También, en ese mismo sentido, cuando dijo que aún conservaba muchos cajones clasificados por temas (Montserrat Roig, Mercè Rodoreda, …), aunque dio la impresión de que lo decía para dejar sentado lo bien que le sentaba anímicamente estar con la gente que amaba, yo diría que era una cierta incitación para ver si surgía la oportunidad de un nuevo libro de las fotografías pendientes en un próximo futuro.
En cualquier caso, en la sesión supimos que ahora mismo en la Galería Rocío Santacruz hay (hasta el 3 de febrero) una exposición de fotografías suyas (en voz alta comenté “¿Y dónde estará la Galería Rocío Santacruz?”, y la chica de delante se giró y, dándome la mano y una tarjeta me dijo “¡hola, soy Rocío!”: en Gran Vía casi Pau Claris) y que la gran retrospectiva que en estos momentos está en el Círculo de Bellas Artes de Madrid vendrá a la Tecla Sala. Pero, aún así, Pilar Aymerich decía aquello de que lo mejor, lo más productivo, sería establecer un proyecto expositivo nuevo, tras un fértil diálogo con la gente del sitio de dónde son las fotografías…

Ya había comentado en alguna otra ocasión lo que dijo de cómo preparó esta fotografía que le encargaron sobre tres ex-prisioneros de Mathausen, que habla de su inquietud hasta que encuentra realmente la foto que busca: no estaba satisfecha de la aparente banalidad de los retratos que le pasaban por la cabeza y salieron fuera de donde estaba, pues ahí había visto un descampado con un muro. Les pidió colocarse en fila junto a éste y automáticamente vio cómo se transformaban, el terrible recuerdo presente en sus rostros.

He buscado la fotografía de la que habló Pilar Aymerich sobre la pandemia, que debe ser ésta.

Dedicando uno de los libros.
 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...