martes, 25 de agosto de 2020

Orient-Express (Mauricio Wiesenthal)


Como Mauricio Wiesenthal suele trufar sus libros, por poco que venga a cuento, con muchas citas, alguna de las que he visto en este inicio de “Orient-Express” (Acantilado, 2020), como alguna historia marginal de esas que tan abundantes resultan por los meandros de su relato principal, ya se la había leído en algún otro de esos peculiares libros que escribe, entre de viajes, de historia o de directo cotilleo.
Espero confirmarlo pero, por lo que llevo leído, creo no errar en que éste será el libro de los suyos más lanzado hacia la nostalgia de un mundo y un tiempo ya irreversiblemente perdido. Su elegía hacia todas unas formas elegantes que en algún momento han sido o se han aparentado, se llega a hacer en algún momento (o a mí me ha pasado, vaya) ridícula o, por lo menos, difícil de aceptar (esa apología de la aristocracia y el lujo o bien del orden y la jerarquía), pero en general lo admites sabiéndolo un exceso de alguien que tan buenos ratos te ha hecho pasar con su erudición y curiosidad por los personajes y objetos más singulares.
Entre las imágenes, Mata Hari, una de las historias paralelas de este recuerdo del mítico Orient-Express. Una ocasión para conocer rincones inusitados de su biografía, mas allá de lo que cuentan las peliculas en las que ha ido apareciendo. A ver quién sabía que empezó, separada de su marido, exhibiéndose en el Museo Guimet de Artes Asiáticas...


 

miércoles, 19 de agosto de 2020

Decadencia y caída del imperio romano (Gibson)


Fue una frase de Pedro Ugarte la que me lanzó, cuando buscaba un libro de historia bien narrado, hacia “Decadencia y caída del imperio romano” (Eduard Gibbon, muy bien editado por Atalanta en 2012) que, con calma, porque se trata de dos volúmenes de unas 1500 páginas cada uno, estoy empezando a leer y a paladear en cuanto se presta a ello.
Ya de buen principio vi que había un notorio paralelismo entre parte de las cosas ahí narradas y las actuales, por más que el libro lo escribiera Gibbon en el siglo XVIII. Como todo lo que habla, por ejemplo, de la asunción por el mismo estamento de poderes que, para que todo ruede adecuadamente, deben mantenerse independientes.
Ahora leo un apartado dedicado a la guardia pretoriana, de la que dice que su “licenciosa furia fue el primer síntoma y la causa de la decadencia del Imperio Romano”. Explica que fue Augusto quien creó este “poderoso cuerpo de guardias en disposición constante para proteger su persona, atemorizar al senado y prevenir o aplastar los primeros síntomas de rebelión”. Él mantuvo en Roma solo a una pequeña parte, pero sus sucesores los colocaron a todos en un campamento permanente en la ciudad. Y dice Gibbon de este poder ya no en la sombra:
“En la lujosa ociosidad de una ciudad opulenta, su arrogancia se alimentaba al sentir su irresistible peso; ya no era posible ocultarles que la persona del soberano, la autoridad del senado, el tesoro público y la sede del imperio estaban todos en sus manos. Para distraer a las tropas pretorianas de estas peligrosas reflexiones, los príncipes más firmes y mejor establecidos se vieron obligados a mezclar órdenes con lisonjas, premios con castigos, a halagar su orgullo, admitir sus placeres, hacer la vista gorda a sus irregularidades y comprar su precaria fidelidad con un generoso donativo (...)”.
Me parece que eso de la decadencia del imperio Romano, que iré siguiendo, va a ser, a partir de ahí, de aúpa. De las sonadas.

 

martes, 18 de agosto de 2020

Elogio de la bicicleta (Marc Augé)

Cuando se publicó este librito (“Elogio de la bicicleta”, Marc Augé, Gedisa, 2009), nadie podía suponer el vuelco que iba a dar la afición y uso a las bicicletas en los años posteriores.
Yo creo que el mismo Marc Augé (el estudioso que definió ese protagonismo actual de los “no-lugares”) no debía confiar mucho en lo que marcaba como una utopía. Un par de años antes habían aparecido, con un buen éxito, los servicios públicos de bicicletas de Paris y Barcelona, y eso le dio pie a no dejar su escrito únicamente en la expresión de la nostalgia por un mundo ya desaparecido.
Utopía (extendida a la de una nueva vida en la ciudad) al margen, el libro presenta también, en su primera parte, una mezcla de sus recuerdos infantiles (con los míticos ciclistas de entonces: Coppi aparece repetidamente citado) y explicaciones de lo que suponía el descubrimiento de la bicicleta para un muchacho de entonces, que juzgo lo más interesante de todo el pequeño volumen:
“El primer pedaleo constituye la adquisición de una nueva autonomía, es la escapada, la libertad palpable, el movimiento en la punta de los dedos del pie, cuando la máquina responde al deseo del cuerpo e incluso casi se le adelanta. En unos pocos segundos, el horizonte limitado se libera, el paisaje se mueve. Estoy en otra parte, soy otro y sin embargo soy más yo mismo que nunca: soy ese nuevo yo que descubro.”
O, más adelante: “En Bretaña, los pocos kilómetros ganados gracias a mi bici me abrían nuevos mundos (...) Ese cuerpo a cuerpo con el espacio era una practica inédita y exaltante de soledad. (...) Se sabe que una vez que uno aprendió a andar en bicicleta, como a nadar, ya no lo olvida. Pero hay algo más. El conocimiento progresivo de uno mismo al que corresponde el aprendizaje de la bici deja huellas inolvidables e inconscientes. (...) Los jóvenes que montan una bicicleta viven la experiencia conquistadora de su cuerpo.”
La práctica de su cuerpo, de la soledad, pero también, un impulso hacia los otros, como recuerda la canción de Yves Montand:






 

sábado, 15 de agosto de 2020

Julio Camba


Después de Josep María de Sagarra, Julio Camba. Lo explica Josep Pla también en un “Retrats de passaport” de 1965. Escribe lo que le explicó sobre sus inicios en el periodismo.
Se ve que trabajó en un diario muy incisivo, que llevaba el nombre de “El radical”. Como todos los de su estilo, nunca pagaba a sus colaboradores, a los que iba aplazándoles, con promesas, el momento de hacerlo. Camba, viendo sus zapatos en las últimas, se armó de valor y entró en el despacho del director. Lo encontró tumbado en un sofá, vestido con smoking y relucientes zapatos de charol, porque llegaba de un acto que lo requería. Camba le enseñó sus zapatos, diciendo que no podía resistir más, y el director, sacándose los impecables suyos de charol, se los entregó, diciéndole:
- ¡Tenga! No puedo hacer nada más. Crea que lo siento.
Y Pla dice que Julio Camba le contó que se fue de allí con esos relucientes zapatos puestos, más contento que unas Pascuas, pero al cabo de un tiempo, visto que no había nada que hacer en periódicos de su cuerda ideológica, se colocó en los grandes diarios “bienpensantes” de entonces. Y que acabó reconociendo que (traduzco):
“Quizás la riqueza ideológica bajó un poco, pero la cantidad de bistecs a los que tuve acceso fue discreta y apreciable”.

 

Pla

He retomado los “Retrats de passaport” de Josep Pla, recogidos a partir de textos de todas las épocas, en el volumen 17 de la Obra Completa de Destino. Iba a ir directo a los personajes conocidos que, por suerte, son ahora para mí muchos más, pero me he atascado ya en el primer retrato (“L’Almirall Concas”, de 1917), por cómo habla de un mundo desaparecido -la tartana pública, algo así como “La diligencia” de John Ford-, de Torroella de Montgrí i, concretamente, del Palau Solterra, donde ahora está el museo dedicado por la Fundació Vila Cases a la fotografía. Y, claro, en el ambiente asociado a la visita del personaje, un antiguo héroe de la guerra en Filipinas.
Luego he ido picoteando personajes. Sus retratos son bastante desiguales. De hecho, alguno no llega ni a retrato y corresponde a una limitada entrevista, por ejemplo. En general, no obstante, todos tienen algún momento de ejercicio virtuoso de estilo, viéndose a Pla escogiendo adjetivos y frases para ofrecer un ambiente o un carácter, pero por encima de todo, se aprecia un cierto tono retraído, irónico.
Por eso me ha sorprendido doblemente el retrato dedicado a Josep María de Sagarra, en el que, dejándose estar de detalles de ambientes e ironías, hace una defensa encendida no sólo de Sagarra, sino de su generación, él incluido, hablando en primera persona del plural.
Escribe párrafos como éste, en que dibuja perfectamente los dos bandos que existían en la literatura Catalana, situándose claramente en uno de ellos:
“Nosaltres fòrem contra el ruralisme en totes les seves manifestacions i contra el que s’anomena el costumisme; contra el pintoresc xaró; creguérem que els tipus excepcionals, marginals, i en definitiva anormals o boigs, no tenen cap interès. Defensàrem la cultura, la sociabilitat, la llibertat en tots els ordres i la ciència. Ens trobàrem davant un món, davant una societat determinada -la del nostre temps- i tractàrem de descriure-la, sense gaires il.lusions, d’una manera més o menys agra.”
Luego pisa el freno y reconoce el mérito que más tarde descubrió tenían “el Patufet, Josep María Folch i Torres, els Pomells de Joventut, les ‘Pàgines viscudes’ (...) i altres impressionants collonades”.
Pero antes ya se ha quedado descansado soltándolo.




 

jueves, 13 de agosto de 2020

Formas de mirar(se). Diálogos sin palabras entre Chaplin y Tati, Lewis mediante (Imanol Zumalde)


Ha resultado una buena sorpresa este libro, que tenía guardado desde 2013 en espera de lectura, y al que me habría ido bien acudir en varias ocasiones en que he citado dos películas extraordinarias, tanto para mí como veo que también para su autor las mejores de sus respectivos directores, “Una mujer en Paris” (Charles Chaplin, 1923) y “Playtime” (Jacques Tati, 1967).
Dice Imanol Zumalde en la introducción de su “Formas de mirar(se). Diálogos sin palabras entre Chaplin y Tati, Lewis mediante” (Biblioteca Nueva, 2013), que el largo tiempo transcurrido entre que escribió el manuscrito y encontró una editorial que quiso darlo a conocer le hizo repasar el texto centenares de ocasiones, limándolo y simplificándolo en cada una de ellas, haciéndolo más inteligible.
Aún queda en el libro mucho término de esos que trufan los estudios académicos, neologismos creados, quiero pensar, en un intento de referirse a procedimientos que carecen de terminología precisa para identificarlos, pero que hacen tan farragosa una lectura a nosotros los profanos. Pero no hay que inquietarse. Si bien prevalecen, está su significado claramente, por varias aproximaciones, explicado.
La tesis del libro, avanzada, desarrollada y concluida en él, es la de una cierta simetría entre la obra de Chaplin y la de Tati, y entre esas dos películas que he citado al inicio en particular. Y, para ello, y ahí está la gracia de la operación, Zumalde procede, paso a paso, a ahondar en la observación de las películas y en determinadas secuencias suyas en particular (de las que adjunta detalladas imágenes), dando lugar a un apasionante recorrido que, aunque llegue en algún momento a conclusiones sobre su gestación y significado que seguramente nunca se les habría ocurrido ni a Chaplin ni a Tati, ofrecen una interpretacion redonda, muy completa, sin fisuras.
Sobre hablar de lo que no se ve o se ve por su reflejo o intermediación, sobre intentos de dar borrón y cuenta nueva al hacer esa película y sobre batacazos que hacen tornar al redil, así como sobre el “aquí estoy yo” autoral, va la cosa. Pocas veces esas dos películas, los recorridos de esos dos grandes directores, resultan tan bien, de manera tan precisa, explicados.

Esta secuencia de “Una mujer de Paris”, pese a que no incluye a ningún personaje principal de la trama, es señalada por Zumalde como la clave de toda la película. En ella Chaplin trabaja con el fuera de campo, con lo que no puede verse, de una forma que entusiasmó e influyó un montón en Lubitsch. Además de que la protagonista del streaptease y quien le ayuda no dejan de verse -dice- como piezas de un proyector de cine y esa enrollada sábana como el celuloide que va de una bobina a otra.

No se ve nada bien, pero no he encontrado otra captura mejor. En la escena de la estación de tren hace su aparición Chaplin (quien por primera vez no es protagonista de una de sus películas) haciendo de porteador de maletas, vestido de tal forma que -à mí me pasó en una primera y quizás en una segunda visión, no ya en la tercera- puede pasar desapercibido para el espectador.

De la misma forma que en “Playtime”, en la escena inicial en el aeropuerto, aparece “un” Mr. Hulot.
 

lunes, 10 de agosto de 2020

Doisneau


El subtítulo explica bien claramente su contenido: recuerdos y retratos. Pero me ha costado mucho más de lo previsto leerlo, habiéndome saltado muchos trozos, más allá de que he tardado desde 1998 hasta ahora en decidirme a hacerlo. Me explico.
Siempre digo que mi principal y casi única colaboración en el vídeo de Martí Rom sobre Francesc Català Roca fue convencerlo de que no lo pusiera a hablar ante la cámara, comentando sus cosas. No porque no se obtuvieran muchas observaciones de calado -que conservo como oro en paño- de su conversación, sino porque lo suyo, y de lo que había que disfrutar, eran sus fotos.
Dicho esto, me ha sorprendido como escribía Robert Doisneau, el gran fotógrafo francés, en este agradable librito de bolsillo, con aspiración de sencillez, editado por Actes Sud en 1995. Empieza con una cita de Jacques Prévert y diría que por un momento se lanzaba a emular su lenguaje. Pero luego cambia y, como no domino el francés, ese tono irónico, rebosante de alegorías cuando no chistes o frases hechas difícilmente traducibles, se me ha hecho por momentos de lo más difícil de descifrar.
El trabajo empleado por Doisneau en su lenguaje se aprecia desde la primera página, con esta reflexión que más que preceder a una recopilación de agradables recuerdos parece hacerlo de un libro de alta filosofía de la vida. Traduzco, porque de esta frase en particular sí creo haber captado su posible sentido:
“Durante el trayecto no he tenido tiempo de ver pasar el tiempo, ocupado como estaba con el permanente y gratuito espectáculo ofrecido por mis contemporáneos, aliviándolos, cuando se presentaba la ocasión, de pasada, con una imagen”.
Y poco después remata con esta sensata constatación:
“Felizmente, he mirado y escuchado mucho y no he entendido casi nada, salvo lo siguiente: “El paso de tortuga de los que ven alejarse la fecha de su nacimiento se debe más a la rigidez de sus articulaciones que al peso de la sabiduría acumulada acarreada”.

 

sábado, 1 de agosto de 2020

Delirios multitudinarios (Charles Mackay)


Cuando salió por aquí la primera edición de este pequeño libro, en mayo del 2008, la burbuja inmobiliaria y la crisis de las hipotecas subprime apenas si nos habían salpicado.
Son tres los capítulos de este “Delirios multitudinarios” (Charles Mackay, Milrazones / pecios):
- El proyecto del Misisipi
- La burbuja del Mar del Sur
- La manía del tulipán
Tres burbujas con enorme expansión y correspondiente estallido de la historia, de esas que, a toro pasado, te haces cruces preguntándote cómo pudieron arrastrar a tanta gente de toda condición.
Cuando surgió la burbuja inmobiliaria, como cosas de éstas no se estudian más que en escuelas especializadas y los medios de comunicación o están peces o les cuesta un montón dedicarse a lo que no creen “de actualidad”, casi nadie vio que ese demoníaco engranaje era muy parecido al que en el siglo XVII atrapó a medio occidente con los tulipanes, que llegaron a comprarse y venderse como si de auténticas joyas se tratase, o en el siglo XVIII con las acciones de la Compañía del Misisipi o de los Mares del Sur, de las que se emitieron venga papeles que ofrecían su canje por metales preciosos... que a la que las cosas fueron mal dadas, era imposible entregar, porque no se tenían.
Pero apuesto a que todo esto, incluido lo de la crisis financiera del 2008, volverá a olvidarse en un próximo futuro y, a quien quiera poner freno a una nueva locura de esas le tildarán de idiota o aguafiestas.

 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...