Una vez leída “Las cenizas de Berta” (Miguel Dalmau; Galaxia Gutenberg, 2025), tocaría ahora una mínima recapitulación.
Es una recapitulación que resulta a la vez fácil y difícil. Fácil porque además de que sus grandes rasgos ya los ha comentado el propio Dalmau, toda la estructura, lenguaje y fondo de la novela es de gran claridad. Difícil porque en ninguna de las entrevistas que he alcanzado a leer el autor penetra la más mínima proporción de las veces en áreas personales, lo que podría aportar luz hasta qué punto el tema principal del libro -el duelo- le toca personalmente, más allá de lo que todos los que tenemos ya una cierta edad hemos de acarrear.
Dalmau dijo que el libro se presenta con la forma y apariencia de novela de intriga como consecuencia de una apuesta efectuada frente a gente de su entorno íntimo, que le desafiaban a escribir una novela policiaca. Pero también que ese era tan sólo un barniz tras el que ofrecer ese tema principal que, en forma de ensayo, se haría de difícil digestión.
Así, no sólo el protagonista -que empieza el libro desplazándose a las orillas del Guadalquivir próximo a su desembocadura para arrojar ahí las cenizas de su mujer Berta- lleva encima una carga que debe ver cómo superar, sino que todos los personajes principales de la novela tienen detrás un secreto doloroso, del que intentan despegar mediante diferentes tácticas, pero sin salir del todo victoriosos en ello. Son frecuentes a lo largo de la trama las caracterizaciones de uno u otro personaje como pasando un momento de cansancio, soledad, sentimiento de vejez (pese a que Sergio Denis, el protagonista, que lleva este nombre en homenaje a Cortázar y a la escena de Blow Up con la que se inicia la trama, tiene sólo unos cuarenta años), la nostalgia por un tiempo pasado que, como las aguas del río, nunca volverán.
Por otro lado, Ignacio Martinez de Pisón, en su presentación del libro, dijo que podía tomarse como guía de viaje, y es en esta faceta cuando me ha incitado más a subrayar pasajes, notas sueltas con nombres de locales y restaurantes, para ver si en algún momento organizo una visita a Sanlúcar, pues ciertamente leyéndolo me han entrado ganas, sobre todo cuando lo leía a la hora del aperitivo.
Enfrente de Sanlúcar se encuentra el Coto de Doñana, pero aunque aparece la visión de su extremo occidental en el inicio de la novela y en alguna otra escasa excepción, no se penetra apenas, y se presiente siempre como un lugar ignoto, misterioso, celador de grandes misterios. Es algo etéreo, envuelto en brumas, que está siempre presente… sin aparecer nunca realmente del todo. Es, en este sentido, como la auténtica protagonista de la novela, Berta, que se mantiene presente siempre… en off.
Volviendo a lo policiaco. No soy frecuentador del género, pero tengo la impresión de que sus amantes pueden llegar a decepcionarse un poco si mantienen en este extremo sus aspiraciones respecto a la novela. Temeroso de que sus lectores se pierdan o él mismo perderse en la trama policiaca organizada, Dalmau -o su protagonista- pasan buena parte de la novela recapitulando la situación y las posibilidades que arrojan sobre el esclarecimiento del caso. Nadie puede entonces perderse y muchos de sus lectores aventurarán sin duda por donde -salvo ciertos detalles- se dirigirá la trama, pero al tiempo eso va dando ocasión de familiarizarse con los personajes y los temas que representan, a la vez que con ese entorno geográfico que se va haciendo también protagonista.
Puestos a hablar de los tipos que aparecen (incluida su protagonista en off antes mencionada), yo me quedaría sin llegar a dudas con la Loli, esa mujer de hacer faenas que también tiene su secreto, pero que aporta con su gracejo andaluz, con sus frases llenas de ocurrentes comparaciones, la parte más fresca de la novela. Una novela que tiene en ella su punto más firme de humor, pero que también aparece en algún otro momento, como uno bien claro sobre eterna rivalidad futbolística.
Vamos finalmente a señalar una pega y una extrañeza… que puedo llegar a entender.
La pega es que no me creo que un arquitecto madrileño de unos 40 años no conozca ni de nombre a Umberto Eco.
La extrañeza viene asociada al punto de vista de la novela. Aunque ésta esté narrada siempre en tercera persona, está claro que al lector se nos hace adoptar el punto de vista de Sergio Denis. Pero entonces, sobre la página 100 (en el capítulo 18, concretamente) un cierto sobresalto hace tambalear la lectura al ver que se nos abren los pensamientos de otro de los personajes, de la misma forma que más tarde, de forma esporádica, se deja el punto de vista de Denis, para pasar al de unos pocos personajes más.
He estado pensando las posibles razones de esto, dentro de una novela -como también señaló Martínez de Pisón- tan bien estructurada y que, vistos los pocos momentos en que existen estas variaciones se ve claramente que podrían haberse resuelto siguiendo con la norma general. En su momento creí que era para preparar al lector para el que supuse -erróneamente- final de la trama. Luego he llegado a la conclusión de que lo hizo Dalmau así para abrir un poco y dar a contemplar la pepita interior no únicamente de Denis, sino de otros dos o tres. No sé.
En cuanto a la implicación, a la real necesidad por parte de Miguel Dalmau de escribir el libro y saber entonces si su escritura le ha aliviado en algún grado, como con Doñana: brumas y misterio.









