viernes, 26 de diciembre de 2025

Las cenizas de Berta (Miguel Dalmau)


Una vez leída “Las cenizas de Berta” (Miguel Dalmau; Galaxia Gutenberg, 2025), tocaría ahora una mínima recapitulación.
Es una recapitulación que resulta a la vez fácil y difícil. Fácil porque además de que sus grandes rasgos ya los ha comentado el propio Dalmau, toda la estructura, lenguaje y fondo de la novela es de gran claridad. Difícil porque en ninguna de las entrevistas que he alcanzado a leer el autor penetra la más mínima proporción de las veces en áreas personales, lo que podría aportar luz hasta qué punto el tema principal del libro -el duelo- le toca personalmente, más allá de lo que todos los que tenemos ya una cierta edad hemos de acarrear.
Dalmau dijo que el libro se presenta con la forma y apariencia de novela de intriga como consecuencia de una apuesta efectuada frente a gente de su entorno íntimo, que le desafiaban a escribir una novela policiaca. Pero también que ese era tan sólo un barniz tras el que ofrecer ese tema principal que, en forma de ensayo, se haría de difícil digestión.
Así, no sólo el protagonista -que empieza el libro desplazándose a las orillas del Guadalquivir próximo a su desembocadura para arrojar ahí las cenizas de su mujer Berta- lleva encima una carga que debe ver cómo superar, sino que todos los personajes principales de la novela tienen detrás un secreto doloroso, del que intentan despegar mediante diferentes tácticas, pero sin salir del todo victoriosos en ello. Son frecuentes a lo largo de la trama las caracterizaciones de uno u otro personaje como pasando un momento de cansancio, soledad, sentimiento de vejez (pese a que Sergio Denis, el protagonista, que lleva este nombre en homenaje a Cortázar y a la escena de Blow Up con la que se inicia la trama, tiene sólo unos cuarenta años), la nostalgia por un tiempo pasado que, como las aguas del río, nunca volverán.
Por otro lado, Ignacio Martinez de Pisón, en su presentación del libro, dijo que podía tomarse como guía de viaje, y es en esta faceta cuando me ha incitado más a subrayar pasajes, notas sueltas con nombres de locales y restaurantes, para ver si en algún momento organizo una visita a Sanlúcar, pues ciertamente leyéndolo me han entrado ganas, sobre todo cuando lo leía a la hora del aperitivo.
Enfrente de Sanlúcar se encuentra el Coto de Doñana, pero aunque aparece la visión de su extremo occidental en el inicio de la novela y en alguna otra escasa excepción, no se penetra apenas, y se presiente siempre como un lugar ignoto, misterioso, celador de grandes misterios. Es algo etéreo, envuelto en brumas, que está siempre presente… sin aparecer nunca realmente del todo. Es, en este sentido, como la auténtica protagonista de la novela, Berta, que se mantiene presente siempre… en off.
Volviendo a lo policiaco. No soy frecuentador del género, pero tengo la impresión de que sus amantes pueden llegar a decepcionarse un poco si mantienen en este extremo sus aspiraciones respecto a la novela. Temeroso de que sus lectores se pierdan o él mismo perderse en la trama policiaca organizada, Dalmau -o su protagonista- pasan buena parte de la novela recapitulando la situación y las posibilidades que arrojan sobre el esclarecimiento del caso. Nadie puede entonces perderse y muchos de sus lectores aventurarán sin duda por donde -salvo ciertos detalles- se dirigirá la trama, pero al tiempo eso va dando ocasión de familiarizarse con los personajes y los temas que representan, a la vez que con ese entorno geográfico que se va haciendo también protagonista.
Puestos a hablar de los tipos que aparecen (incluida su protagonista en off antes mencionada), yo me quedaría sin llegar a dudas con la Loli, esa mujer de hacer faenas que también tiene su secreto, pero que aporta con su gracejo andaluz, con sus frases llenas de ocurrentes comparaciones, la parte más fresca de la novela. Una novela que tiene en ella su punto más firme de humor, pero que también aparece en algún otro momento, como uno bien claro sobre eterna rivalidad futbolística.
Vamos finalmente a señalar una pega y una extrañeza… que puedo llegar a entender.
La pega es que no me creo que un arquitecto madrileño de unos 40 años no conozca ni de nombre a Umberto Eco.
La extrañeza viene asociada al punto de vista de la novela. Aunque ésta esté narrada siempre en tercera persona, está claro que al lector se nos hace adoptar el punto de vista de Sergio Denis. Pero entonces, sobre la página 100 (en el capítulo 18, concretamente) un cierto sobresalto hace tambalear la lectura al ver que se nos abren los pensamientos de otro de los personajes, de la misma forma que más tarde, de forma esporádica, se deja el punto de vista de Denis, para pasar al de unos pocos personajes más.
He estado pensando las posibles razones de esto, dentro de una novela -como también señaló Martínez de Pisón- tan bien estructurada y que, vistos los pocos momentos en que existen estas variaciones se ve claramente que podrían haberse resuelto siguiendo con la norma general. En su momento creí que era para preparar al lector para el que supuse -erróneamente- final de la trama. Luego he llegado a la conclusión de que lo hizo Dalmau así para abrir un poco y dar a contemplar la pepita interior no únicamente de Denis, sino de otros dos o tres. No sé.
En cuanto a la implicación, a la real necesidad por parte de Miguel Dalmau de escribir el libro y saber entonces si su escritura le ha aliviado en algún grado, como con Doñana: brumas y misterio.

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

Presentación de "Las extravagantes" (Victoria Combalía)


En otra época un libro que se llamase “Las extravagantes” seguro que interesaría fundamentalmente a los caballeros, pero ayer, en la Casa del Libro de la Rambla de Catalunya, quien asistió a la presentación del último libro de Victòria Combalía (Circe, 2025) fue público eminentemente femenino. Claro que también cabe la posibilidad de que acudieran para ver a Marc Giró, que hacía las veces de presentador y lleva a todas de calle, lo que refrendó paseándose en impecable traje azul, camisa blanca y elegante corbata los minutos previos al acto, departiendo con sus admiradoras.
Mirando el índice del libro, confieso sin rubor que sólo sabía de Marina Abramović, Maruja Mallo y Vivian Maier, cuando son nueve las objeto de rápidas biografías, a unas quince páginas per capita, las recogidas en el libro.
Victòria Combalia explicó que fue un libro empezado en la pandemia, y forma parte de esos delgaditos (“que caben fácilmente en el bolso”), y que a ella le sirven para desintoxicarse un poco de otros, esos ya tirando a tochos, estilo el de Dora Maar, a los que suele dedicar muchos años y esfuerzos.
Como el nombre de “Las excéntricas” estaba ya utilizado, se decidieron por este, queriendo que abarcara, en cualquier caso, a eso que dice la banda promocional del volumen: “mujeres fuera de norma”, cada una de ellas por su característica específica.
Tuvieron relaciones difíciles con los hombres, desde la que no conoció varón hasta las hipersexualizadas. Todas artistas “o casi”, explicó Victòria Combalía la historia particular de cada una de ellas, aunque mejor será que la descubran los interesados leyendo el mismo libro, pero traslado, de todas formas, alguna de las cosas más sorprendentes que señaló de unas cuantas:
De Leonor Fini, quien se ve tendrá una exposición próximamente en París, a parte de sus obras, destacó la originalidad de algunos de los modelos que llevaba. Se compraba, por ejemplo, ropa de colchón para hacerse con ella un vestido, cosa que ella -Combalía- también había llegado a hacer (dijo con sonrisa pícara, pero sin que Giró, que debía estar pensando en su próxima intervención, reaccionara).
De Vivian Meier (quizás una de las que más se ha hablado últimamente de todo el conjunto, con exhibición de sus magníficas fotografías y de un interesante documental sobre su vida) recordó el descubrimiento final -que acabó con su empleo de criada- de su síndrome de Diógenes, acumulando fotografías que hacía al elemento más discreto.
Otra con final triste fue Serafina de Senlis, a quien descubrió y propulsó sus cuadros de flores un crítico importante.
La Baronesa Dadá se proveía de latas chafadas para que hicieran de sostenes de sus pechos, y de ella lanza en el libro la duda de si no habrá sido, finalmente, la verdadera autora del urinario que consta como invención de Marcel Duchamp.
Habló también de Maruja Mallo (“la brujita” dijo que la llamaban los del 27), quien ya muy mayor era un personaje omnipresente durante la movida madrileña, de la Marquesa Casati (que confesó le encantaba) y, de hecho, una pequeña píldora de cada una, pero mejor lo dejó aquí.
Por su parte, de Marc Giró, además de disparar a la escritora, en su más genuino estilo, un par de balas envenenadas (que por suerte me dio la impresión de que casi sólo entendió el autor del disparo y su víctima, que pasó de largo como si no fuera con ella), fueron también unas cuantas perlas. Yo me reí con su representación teatral radiofónica, micrófono en mano, de la historia que había pescado en un viejo reportaje explicado por Maruja Mallo, que decía ser perseguida por marcianos que, finalmente, le llegaban a decir lo que querían: ¡pan! Y cuando sugirió a Circe -editora de biografías exclusivamente de mujeres- que hiciera una excepción y publicase la excepcional de Luis Escobar.
Ya no cuento más. Tras explicar Victoria Combalia que estaba metida en la difícil tarea de sacar una segunda parte de sus Memorias, se abrió el turno de preguntas y sólo hubo una discreta intervención, sin que surgiera ninguna pregunta adicional, lo que Giró aprovechó para sugerir “Hagamos entonces un Abramovich” (una de las biografiadas de la que antes había dicho que no era santo de su devoción), poniendo una cara para pedir un trascendente y concentrado silencio, que cortó al cabo de unos segundos recomendando al auditorio comprar el libro, que -añadió- está muy bien y además tiene un precio muy ajustado.

La editora de Circe, Victoria Combalía y Marc Giró que debía haber soltado alguna de las suyas.

Firma final de ejemplares.

Y vi esto a las puertas de La Casa del Libro. Deduje que se trata de las las cajas de cartón sobrantes de las que portaban los libros llevados a la librería durante el día. Ya se sabe: el trabajo de las librerías consiste en un buen porcentaje en abrir las cajas recibidas y cerrar otras llenas de los libros a devolver.
 

Londres (Julio Camba)


Sacado del libro de Julio Camba sobre “Londres” (Reino de Cordelia), que por lo que llevo leído está la mar de divertido:
“Pero la comida inglesa, que es tan práctica (ha dicho antes que los ingleses nunca comen más de lo que el estómago necesita y que, como no tienen paladar, están ágiles, fuertes y sanos, y no pesados y gordos como los franceses), tiene una porción de cosas absurdas. Yo no he alcanzado a comprender todavía por qué les echan aquí almíbar a los riñones y por qué meten confitura de fresa dentro de las tortillas. La primera vez que me sirvieron una tortilla en esa forma, yo protesté respetuosamente. Aquello me pareció también un poco epicúreo.
–¿Es que no le gusta a usted la confitura? –me preguntó la camarera.
–Sí; me gusta mucho.
–Entonces ¿no le gusta a usted la tortilla?
–También.
–Pues indudablemente le tiene a usted qué gustar la tortilla con confitura.
Esa es la lógica inglesa. Yo me convencí, pero mi estómago permaneció escéptico.”

 

Las cenizas de Berta (Miguel Dalmau)


Iba yo ayer a la Laie con la intención de presenciar el duelo entre dos escritores, porque el uno -Ignacio Martínez Pisón- entrevistaba al otro -Miguel Dalmau- con motivo de la presentación de su novela “Las cenizas de Berta” (Galaxia Gutenberg, 2025).
Cruzando el centro pensaba qué era lo que emparentaba a ambos, porque realmente no encontraba puntos de relación entre sus obras respectivas y su forma de afrontar la escritura pero, sobre todo, iba algo aturdido por la profusión de luces navideñas y sorprendido por el montón de gente que, al parecer, mueven éstas.
Llegando a mi destino, frente a la entrada, un personaje con potente barba blanca y gorra encasquetada me miró y se acercó a saludarme. Dado lo visto hasta ahí bien podía tratarse de un Papa Noel que acogía a los visitantes de la librería, pero deseché rápidamente esa idea y reconocí a Dalmau, quien me presentó a Martinez de Pisón, ahí a su lado.
En el fondo fue bien la pregunta que les hice entonces para resolver mi duda, porque la aprovechó al poco rato Ignacio Martinez de Pisón para romper el fuego. Resulta que él había había sido miembro del jurado que otorgó el premio Ciudad de Barbastro a la novela que ayer se presentaba, pero conocía a su autor desde mucho antes, cuando ninguno de los dos había publicado ningún libro pero sabían uno del otro, ambos coincidentes en vacaciones en Coma-ruga / San Salvador, que “escribían”.
Por ahí, siguiendo por los caminos de Miguel Dalmau como escritor de “biografías de todo el mundo”, empezó la conversación, para enlazar directamente con la novela, pues alguno de los biografiados aparece de forma ostensible homenajeado en ella, según afirmó taxativamente Martinez de Pisón, ante la aquiescencia de Dalmau, que no sólo le fue dando la razón entonces y siempre, sino que de forma constante fue repitiendo las palabras específicas que utilizaba su entrevistador para, después de eso, ampliarlas con explicaciones en las que se le veía muy a gusto.
Homenajes, pues. Uno incluido en el meollo de la novela, por el que aparecen las cenizas de Berta en el título, se ve que es Concha García Campoy. Otro sería Julio Cortázar, que Dalmau explicó firmaba a veces sus originales como Denis, y Julio Denis es el personaje protagonista de la novela, un personaje que -eso nos quedó claro a todos los asistentes a la presentación- cumple ese precepto imprescindible para tildar de buena la novela en la que aparece -Martinez de Pisón dixit- de acabarla muy cambiado respecto a cómo la empezó.
Pero Dalmau precisó que la escena con la que empieza el libro (según Ignacio Martinez de Pisón “alguien que va a hacer algo, pero se le cruza algo, que le hace hacer otra cosa”: todo el rato estuvo paseándose por la cuerda floja de contar en clave cosas de un argumento que no se puede contar sin destripar la novela) no era en realidad un homenaje a Julio Cortázar y su “Las barbas del diablo”, sino al Antonioni de “Blow up”.
Arreglado un problemita con el micrófono que utilizaba Miguel Dalmau, pues iba virando de color hasta dejar de funcionar una y otra vez, cosa que el afectado tachó de respuesta natural que tienen con él gente sensible como los gatos y el fluido eléctrico, la sesión avanzó por:
a/ El perfume policiaco con el que, según el autor producto de una apuesta medio en broma con su hermana y cuñado, había rociado lo que quería explicar en la novela, esto es, lo difícil que es gestionar las pérdidas, en un proceso que Dalmau ve absolutamente claro que te va a hacer pagar tanto lo que más has descuidado como lo que más has amado.
Ahí, en ese perfume de novela negra instalados, la conversación giró por el placer de leer las novelas policiacas de Montalbano (Pisón) y recorrer sus entornos sicilianos, más cercanos a los españoles que a los italianos (Dalmau).
b/ El feliz escenario en el que se desarrolla la acción, centrada sobre todo en Sanlúcar de Barrameda, a donde, según señaló Martínez de Pisón, habrá que ir con el libro de guía gastronómica, pues parece que se describen en él, además de sus playas, con todo lujo de detalles sus restaurantes.
Puestos en el ambiente de viajes turísticos, Miguel Dalmau recomendó de todas todas un bar de la localidad que se llama El comunista, que incorpora un altar dedicado a La Pasionaria y otras joyas similares, pero donde además se come de maravillas.
c/ Los tipos y características necesarias de la buena literatura. Pisón intento trasmitir cómo le gusta que la novela tenga una buenísima aunque invisible estructura de esas que permitan quitar los andamios y la casa no se hunda (cosa que no siempre pasa), y el gusto de su lectura al ver que todo va siempre avanzando, paso a paso. Insistió dando una razón: “Está tan bien estructurada la historia que podría salir una buena película de la novela”.
Una anécdota (la nueva versión que entendió Pisón le había dicho Dalmau que había hecho de la novela desde el momento de la entrega del premio a su edición, mientras sólo habían sido un ajuste fino de ciertos pormenores de la escritura) llevó a Dalmau a mostrarse desgraciadamente alejado de los autores de la perfección, esos que entregan una primera versión de su libro ya impecable, de los que citó a Flaubert y a Henry James.
Y otra broma (señalar Pisón que lo singular de la novela de Dalmau era que no permitía -como organizan sus autores la gran mayoría de las novelas policiacas- serializar el asunto y ofrecer una nueva entrega) condujo (después de lo que a mí me pareció ver que era la elucubración de Dalmau sobre cómo sí se podría hacer otra nueva novela de una eventual serie, con lo que sí lo había pensado) a hablar de otras eventuales nuevas versiones de libros anteriores. Pisón le preguntó si no podría continuar explicando la biografía de los Goytisolo, que Dalmau había hecho finalizar en 1975. Y de ahí se saltó a la biografía que había hecho sobre el Conde Rossi y sus sanguinarias atrocidades cometidas por Mallorca durante la guerra civil , “La noche del diablo”
De esta biografía de quien representaba “el mal absoluto” (sometiéndome a los tiempos actuales podría haber puesto de titular de este resumen la frase que Dalmau dijo al respecto: “Lo normal es hacer el mal, saltarse los códigos”), explicó que él tenía claro que hoy no pasaría y no se podría publicar. Y que, en su día, Bigas Luna había estado tentado de hacer de ella una versión cinematográfica.
Siguió este tema con Dalmau diciendo que, si quisiera retomar esa biografía, tendría que acabar borrando nombres, a lo que Pisón remato diciendo a su vez que un juicio, como le había pasado a un amigo, se puede perder en estos casos de denuncias hasta diciendo la verdad. Y Dalmau lo remató diciendo que en el momento de su publicación tuvo que pasar por el mal trago de hablar con hijos de los nombrados, y recordó que Andreu Jaume se acercó tranquilamente en una fiesta a otro asistente y le dijo, muy educadamente, “Tu abuelo envió al mío al paredón”. Se vio en la obligación de decírselo.
Poca cosa más. No hubo preguntas del público. Quizás el respetable tenía miedo de que se acabara desvelando por completo el argumento de la obra, y había ganas de leerla. Ignacio Martinez de Pisón volvió a asegurar que lo pasaríamos muy bien haciéndolo. Habrá, vencido un pequeño tapón lector actual, que comprobarlo.

El personaje de las barbas y gorra ya ha entrado en la sala de la Laie y se está desembarazando de su bufanda y demás. Pisón le espera en el estrado.

Ignacio Martínez de Pisón bebe y Miguel Dalmau repite la acción.

En faena.

 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...