Es imposible no acabar de leer ese final que tan bien le ha salido a Ignacio Martinez de Pisón de su “Ropa de casa” (Seix Barral, 2024), cerrar y dejar el libro, diciendo:
-¡Está muy bien!
Lo he leído en lo que para mi lentísimo ritmo de lectura debe ser algo similar a una exhalación.
Primero me hacían gracia ciertas coincidencias (esa búsqueda que hace en el expediente militar de su padre, temiendo encontrar algo que le desdibujara su perfil, algo muy parecido a lo que hice yo con el expediente de mi abuelo; esa escena por él vivida, desconcertado viendo que su endiosado padre era simplemente, como escribe, “un satélite de otra galaxia mayor”, exactamente como pasa en una extraordinaria película de Ozu de su primera época; esos camiones que no se dejaban adelantar por el coche familiar -como pasaba en el de mi padre- en las carreteras de entonces; ese número de teléfono de casa de los padres que en mi caso es el único de todos los números de teléfono que me viene en un periquete a la memoria; ese extrañamiento ante la expresión que le oyó a su abuela sobre lo viejito que estaba Pemán, pensando que ella estaba aún más vieja, tan correspondiente a mi azoramiento al oír a mi abuela, a quien llevaba renqueante del brazo por una acera de la calle Valencia, cuando se me puso a comentar que pobre la de la otra acera, tan dependiente de quien le acompañaba, que ella prefería morir a verse en ese estado…
A continuación me quedé admirado de cómo sabía captar y expresar ciertas sensaciones: ese piso familiar que “tenía en general un aire sombrío, gastado, como si acabara de morir el inquilino anterior”. Esa “sensación tan rara, (de) asomarte a la vida de tus padres cuando todavía no eran tus padres” (viendo fotografías de la pareja de jóvenes). Ese país de viudas de su niñez.
En todo viaje hay sus subidas y sus bajadas, y quizás perdí un poco el entusiasmo por la lectura cuando Pisón relata ese momento de transición suyo, tras la adolescencia, en que no sabe hacia donde dirigir su vida. Por esa franja de páginas me seguía diciendo que bien, pero quizás sin aspavientos, que eran esas cosas que resultaban bastante normales, que podría escribir otro que no fuera un escritor tan curtido.
Pero con el relato de su llegada a Barcelona se me volvió a elevar la lectura. Tanto por lo certero de esa mirada que lanza a la ciudad (“esas construcciones de finales de los sesenta que abundan en la periferia de Barcelona, todas feas, impersonales, todas con toldos verdes y bombonas de butano en los balcones”) como, sobre todo, por ese repaso que hace a partir de entonces a todo el mundillo literario de por aquí, con retratos magníficos primero de sus profesores y luego de sus compañeros de armas generacionales.
En esta fase la densidad de anécdotas recordables es altísima, con lo que es un periodo, que se alarga hasta casi el final, de lectura bien feliz.
Conocedor de Félix Romeo y lector de su “Amarillo”, me parece muy bien que acabe el libro, justo antes de ese final que menciono al principio, con el emocionado recuerdo de Romeo y su amigo.
Diría que le ha salido redondo, con esa idea que expresa varias veces de estar escribiendo de una vida sin relieve, de cosas que no son para airear por ahí, sino para quedar en un pequeño círculo próximo. Vamos, de “ropa de casa”.



