lunes, 20 de enero de 2025

Ropa de casa (Ignacio Martínez de Pisón)


Es imposible no acabar de leer ese final que tan bien le ha salido a Ignacio Martinez de Pisón de su “Ropa de casa” (Seix Barral, 2024), cerrar y dejar el libro, diciendo:
-¡Está muy bien!
Lo he leído en lo que para mi lentísimo ritmo de lectura debe ser algo similar a una exhalación.
Primero me hacían gracia ciertas coincidencias (esa búsqueda que hace en el expediente militar de su padre, temiendo encontrar algo que le desdibujara su perfil, algo muy parecido a lo que hice yo con el expediente de mi abuelo; esa escena por él vivida, desconcertado viendo que su endiosado padre era simplemente, como escribe, “un satélite de otra galaxia mayor”, exactamente como pasa en una extraordinaria película de Ozu de su primera época; esos camiones que no se dejaban adelantar por el coche familiar -como pasaba en el de mi padre- en las carreteras de entonces; ese número de teléfono de casa de los padres que en mi caso es el único de todos los números de teléfono que me viene en un periquete a la memoria; ese extrañamiento ante la expresión que le oyó a su abuela sobre lo viejito que estaba Pemán, pensando que ella estaba aún más vieja, tan correspondiente a mi azoramiento al oír a mi abuela, a quien llevaba renqueante del brazo por una acera de la calle Valencia, cuando se me puso a comentar que pobre la de la otra acera, tan dependiente de quien le acompañaba, que ella prefería morir a verse en ese estado…
A continuación me quedé admirado de cómo sabía captar y expresar ciertas sensaciones: ese piso familiar que “tenía en general un aire sombrío, gastado, como si acabara de morir el inquilino anterior”. Esa “sensación tan rara, (de) asomarte a la vida de tus padres cuando todavía no eran tus padres” (viendo fotografías de la pareja de jóvenes). Ese país de viudas de su niñez.
En todo viaje hay sus subidas y sus bajadas, y quizás perdí un poco el entusiasmo por la lectura cuando Pisón relata ese momento de transición suyo, tras la adolescencia, en que no sabe hacia donde dirigir su vida. Por esa franja de páginas me seguía diciendo que bien, pero quizás sin aspavientos, que eran esas cosas que resultaban bastante normales, que podría escribir otro que no fuera un escritor tan curtido.
Pero con el relato de su llegada a Barcelona se me volvió a elevar la lectura. Tanto por lo certero de esa mirada que lanza a la ciudad (“esas construcciones de finales de los sesenta que abundan en la periferia de Barcelona, todas feas, impersonales, todas con toldos verdes y bombonas de butano en los balcones”) como, sobre todo, por ese repaso que hace a partir de entonces a todo el mundillo literario de por aquí, con retratos magníficos primero de sus profesores y luego de sus compañeros de armas generacionales.
En esta fase la densidad de anécdotas recordables es altísima, con lo que es un periodo, que se alarga hasta casi el final, de lectura bien feliz.
Conocedor de Félix Romeo y lector de su “Amarillo”, me parece muy bien que acabe el libro, justo antes de ese final que menciono al principio, con el emocionado recuerdo de Romeo y su amigo.
Diría que le ha salido redondo, con esa idea que expresa varias veces de estar escribiendo de una vida sin relieve, de cosas que no son para airear por ahí, sino para quedar en un pequeño círculo próximo. Vamos, de “ropa de casa”.

 

domingo, 5 de enero de 2025

Una vida de ensueño (Michael Korda)


Conviene poner un poco de orden a tu vida, sobre todo cuando vas viendo que esto se acaba. La lectura de las -muy extensas e intensas- memorias de Michael Powell debiera haberla hecho siguiendo esta pauta que ahora se me ha ocurrido respecto a la biografía de Alexander Korda (“Una vida de ensueño”, Michael Korda, T&B/Festival Internacional de Las Apalmas, 2003).
Veremos si me podré acercar mínimamente a lo que se me ha pasado por la cabeza, porque soy un desastre en eso de dar con copias caseras de las películas que me interesan. La intención es ir viendo las películas a medida que se van citando en el libro, compaginando unas con el otro.
El libro lo escribió el sobrino de Alexander, hijo del mago de los decorados Vincent. Por ahora sólo me he leído parte de su introducción, pero promete. Estas miradas cercanas a un personaje de este tipo, sí son sazonadas con la ironía que he visto en esa introducción, no pueden estar nunca mal. En la contraportada han destacado esto:
“Un Rolls Royce Silver Cloud le llevaba a los aeropuertos, la industria cinematográfica británica se rendía ante su poder, los grandes estudios de Hollywood se ponían a sus pies. Alexander Korda, uno de los más deslumbrantes magnates del mundo, surgió de la oscuridad de la Hungría rural para convertirse en un cineasta legendario. Con él estaban sus hermanos Zoltan y Vincent, y todos vivían vidas encantadas en círculos en los que se encontraban personas como H.G. Wells, Laurence Olivier, Marlene Dietrich, Vivien Leigh y Merle Oberon, que llegó a ser esposa de Àlex. Pero junto a los grandes éxitos de Àlex había un fuerte impulso de autodestrucción.”
Pinta muy bien el proyecto. Y si en vez de enorme autopista sólo surge un pequeño sendero, también servirá. Tengo, pues, un objetivo para la vida restante.


 

viernes, 3 de enero de 2025

De las memorias de Michael Powell


Va de perros… casi humanos.
Buena parte del segundo volumen de las memorias de Michael Powell tiene, pese a la ironía y ánimo que gasta en su escritura, un deje melancólico. Narra el declive de The Archers, su calvario por todo el mundo buscando atar contratos para filmar sus ideas cinematográficas, en un momento en el que las grandes compañías ya no les daban Libertad absoluta de acción. Hasta que llegó un final en que recobró la economía y la moral, gracias al rescate de sus nombres hasta lo más alto del Olimpo por parte de Scorsese y de un pequeño grupo de críticos.
En ese periodo que digo él seguía activo, al tanto de la actualidad, pensando por dónde podían surgirle las posibilidades de prolongar su carrera, planteando proyectos, pero veía que no le hacían el caso que siempre le habían hecho. Pocos de su tiempo quedaban y el presente parecía regirse por pautas diferentes. En un momento, aunque se cree aún válido como el que más, parece caer en por donde va la realidad: “El único error que he cometido fue envejecer sin que me diera cuenta.”
Luego está también, claro, ese penoso proceso por el que van desapareciendo todos los seres queridos y los que actuaron de referentes y comparsas durante mucho tiempo. Tras narrar la muerte de su (penúltima) mujer, dirigiendo su pensamiento hacia el que quedó entonces como su último compañero, su perro, escribe estas líneas, que me emocionaron al leerlas. Traduzco del francés lo mejor que puedo:
“Durante un año, pues, estuve sólo, a parte de Johnnie. Pero ya era viejo, y un perro viejo es más viejo que una persona vieja. La muerte es muy paciente con un perro anciano. Se le aproxima lentamente. Primero es una cierta rigidez en las patas. Después la dificultad para respirar, y el perro viejo encuentra que el sendero que sube desde el pueblo es un poco empinado para él; debe pararse de tanto en tanto y hacer ver que mira el paisaje.
Después llega el día en que ya le es imposible subir la colina, él que corría y saltaba tan alegremente. Ahora debe pararse y sentarse, su amo lo coge y lo lleva hasta la puerta del cottage, donde pide que se le deposite en terreno plano. Al anochecer, cuando quiere salir a hacer sus necesidades y su amo le deja hacerlo, se queda fuera y hay que llamarlo, encontrarlo y retornarlo a casa. No podría hacerlo él sólo.”
Y Powell relata también de forma muy emotiva los últimos momentos de su pobre Johnnie:
“Esta última noche, en lugar de dormir en su cesta, vino cerca del gran sofá en el que yo me había tendido para dormir. Se acostó al pie del sofá y se durmió a mi lado. No lo había hecho nunca antes. Por la mañana se despertó bruscamente, se puso en pie, jadeando, y atravesó corriendo la habitación hasta su bol de agua, situado junto a la puerta de la cocina. Al llegar dejó caer su boca en el agua. Se había muerto.”
He buscado una fotografía de Michael Powell con su perro Johnnie, protagonista de esta entrada, pero sin éxito alguno, por lo que cuelgo ésta que aparece al principio de este volumen, con otro perro del que también habla en el libro mucho, pero muy anterior.

 

Comimos y bebimos (Ignacio Peyró)

Dado lo que se ve, se oye y se lee en las noticias, constatada la impotencia para cambiar el rumbo emprendido, sólo queda refugiarse en cier...