Tras una pequeña temporada apartado ya he reemprendido la lectura de “Los ensayos” de Montaigne (Acantilado, 2007), y me he topado con el célebre capítulo en el que habla de la previsión de la muerte, y dice aquello de que quiere que “me encuentre plantando mis coles”. En la página siguiente se congratula de que “hemos situado los cementerios junto a las iglesias, y en los lugares más frecuentados de la ciudad, para acostumbrar (…) al pueblo bajo, a las mujeres y a los niños, a que no se asusten al ver a un hombre muerto, y para que el continuo espectáculo de osamentas, tumbas y sepelios nos advierta de nuestra condición”.
¿Fueron sólo razones sanitarias las que impulsaron a llevar nuestros cementerios a los puntos más alejados de las ciudades o algo se torció también en ese pensamiento?
La imagen corresponde a una fotografía genérica de un cementerio de Oslo que, como en todos los países escandinavos, se conserva, como un magnífico parque, en un lugar céntrico de la ciudad.

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