Algunos amigos hablaban de la ruta de la seda, y Samarcanda era, además del sonoro nombre que invita a la imaginación, el lugar de viejas historias como aquella del anunciado encuentro con la Muerte en una fecha determinada. Ahora, al ser editado su libro que tiene como base un antiguo viaje a Uzbekistán y Kirguistán, Patricia Almarcegui agradece en lo que vale a la editorial el que lo hayan dotado de un mapa: Gracias a ese mapa y al recorrido que pinta y relata sobre él, he situado uno de los más míticos viajes que uno puede imaginar.
"Un viaje por el Asia Central" (Edicions Universitat de Barcelona, Periodismo Activo, 2016), que la autora subtitula con un atractivo "Lo que queda del mundo", es un libro de viajes, pero al mismo tiempo es mucho más. Según ella misma indica, es la segunda parte en la que ha dividido un viaje de 2007 que también le llevó a Irán y que ya dio lugar al reciente "Escuchar Irán" (Newcastle Ediciones) y, sin embargo, a mí no me ha recordado en casi nada al anterior. Con sus mismas observaciones personales tanto sobre la plaza o la mezquita del lugar que visita como sobre el frugal alimento que consigue en el cercano bareto o sobre la fugaz relación que establece con un habitante u otro viajero, consigue, a mi modo de ver, trasmitir mucho mejor las sensaciones de un viaje -como, en el fondo, todos los viajes más recordados- de lo más personal.
Me ha acercado mucho a lo relatado el constatar que explica los mismos e íntimos miedos, de esos que nunca se acaban confesando, con los que yo me obsesiono: Esa configuración mental de que una ausencia de sello en el pasaporte, por ejemplo, va a ocasionar nefastas consecuencias, que se convierten en una auténtica liberación cuando no se confirman, es uno de ellos. También coincido en esa ansiedad que anula la posibilidad de absorber nuevas cosas del viaje el día de la partida. O con esa frecuente duda sobre cómo actuar ante alguien que te ha hecho un real servicio (¿debo pagarle? ¿Y, si sí, cómo hacerlo, y cuánto?). Y veo una misma familiaridad para con las pequeñas costumbres: hacerse con unos viejos (de los que ya no van quedando por ningún lado) cuadernos de ortografía para aprender a escribir en árabe, por ejemplo.
Otra sorpresa que me ha proporcionado el libro es la de ver cómo está surcado de un humor e irónica autoconsideración en principio no esperables en alguien que parecería que, como inusual viajera solitaria a una zona del mundo (la que queda de él) poco explorada, debiera preservar su figura como si fuera la de una heroína.
Las comparaciones con otros paisajes vividos, visitados, leídos o hasta vistos en determinadas películas van apareciendo de tanto en tanto por el texto, alternándose con otras reflexiones, de lo más sinceras, de ella planteándose (hasta un cierto grado de desesperación luego ampliamente compensada) por qué ha tomado esa u otra decisión que le ha llevado hasta ese lugar al que no sabe quién demonios le ha llamado.
Sobre el país visitado yo señalaría sobre todo la constatación de los contrastes que presenta, entre los que desde luego no debe ser el menor el de la fealdad absoluta de los deteriorados y en su día modernos edificios soviéticos con los restos de ciudades míticas que rodean, y que hacen que la viajera, diría yo, acabe buscando refugio en lo más perdido de las montañas. En pequeña escala, esos contrastes (con los exagerados calzados de las mujeres de las zonas más occidentalizadas a la cabeza, pero también esa extrema riqueza que -sabiamente- ve que comporta al mismo tiempo una mayor pobreza), van punteando todo un libro que, al menos yo, he leído mientras recibía a cambio unas sensaciones y estado de ánimo de lo más agradables.
Esperemos que, como medio promete por una de sus páginas, nos permita volver a plantearnos nuevas sensaciones, como las que puede trasmitirnos de otro viaje que parece también haberla marcado: El que en su día hizo a Sri Lanka.

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