Me había olvidado de que ese libro inicial sobre el improbable encuentro entre Ingres y Lady Montagu ya era una novela, e insistía en considerar esta última "La memoria del cuerpo" (Fórcola, 2017) como la primera novela de Patricia Almarcegui. Una vez leída (se hace muy rápidamente, pues toda una vida con sus diferentes estados de ánimo pasan por ella como una exhalación) uno constata por un lado lo diferente que es respecto a la novela autobiográfica con la que creía iba a encontrarse, al tiempo que por otro lado se asombra de la cantidad de detalles de esa misma novela que, en otro grado, contiene.
Presenta la novela cuatro capítulos, como cuatro movimientos de una composición musical: La llegada, El triunfo, El amor y El cuerpo. A cada uno de ellos la autora les ha asignado, en una coda final, las músicas con las que "podrían ir de la mano". Luego también, pero sobre todo en los dos primeros, lo más característico es, yo diría, la aceleración de acontecimientos. Se dan en ellos cambios de tiempo e historias rapidísimos, que en otras novelas se producirían abriendo capítulo nuevo, tan sólo mediante un punto y aparte.
Todo arranca en la primera página cuando la protagonista mira unas viejas fotografías y se ve "alta, delgada, rubia, segura y feliz" sólo con la condición de oír al mismo tiempo la música que las acompaña. Lo que en el cine sería un profundo flashback tiene lugar. El texto que sigue, rastreando la vida que la ha llevado hasta allí, sería el resultado de la escritura de sus memorias por parte de la protagonista.
Patricia Almarcegui se inició también, en su infancia y juventud, como bailarina. Puesta a recordar ese tiempo, en el que repara -dice que le sobrevino con fuerza entonces el recuerdo- cuando murió su padre, un poeta de gran sensibilidad, le cambia su final. En vez de su abandono de la danza para entrar en otros campos en los que destaca, presiona a fondo el acelerador y le da una continuidad hasta llevar esa etapa hasta una supuesta cúspide. Hace que P. A., la protagonista, llegué a ser la primera bailarina del Teatro Mariinski de San Petersburgo. Llegado el triunfo, Almarcegui se lanza a un relato propio de las películas y revistas de papel couché. Ruedan por esas páginas el caviar, el champán y las joyas. Poco después, en el capítulo de ese nombre, el amor aparece nombrado hasta la saciedad. Me imagino a la autora entrando a continuación a saco en su papel de escritora y decidida -"pues si hay que hacerlo, se hace"- a describir -explicadas en sus memorias por una protagonista sin pelos en la lengua- unas cuantas escenas de sexo explícito. De las de papel couché hemos pasado, pues, a otro tipo de escenas.
Patricia Almarcegui ha escrito este libro con la idea de "hacer sentir la danza", que no ha tenido, parece ser, mucho escritor que se haya dedicado previamente a ello. Seguro que lo ha conseguido, porque ha hecho que alguien tan poco grácil y dado para estas cosas como yo entienda las sensaciones que descubre la bailarina que debe trasmitir con su danza, como que debe posarse en el suelo con la ligereza con que lo hace un copo de nieve en el suelo ya nevado. O que la respiración del bailarín es la que debe regularse para hacer notar las sensaciones gravitatorias y las fuerzas emocionales contrarias. O hasta todo otro tipo de sensibilidad cósmica, de sentimientos que pueden alcanzarse en la danza.
Me ha divertido descubrir, repartido por aquí y por ahí, cosas que ya se las he oído o leído en otras ocasiones, o producto de conversaciones cruzadas: Su descubrimiento de la calle González de Clavijo en Samarcanda. La necesidad de coger el tranvía (para adecuarlo al San Petersburgo de la época) hasta el final de línea y conocer de ese modo otros barrios donde encontrar vida auténtica. Eso de que a algún personaje le cueste entrar en el teatro, superar la sensación de falsedad que en bastantes ocasiones trasmite. También me ha hecho gracia aprender cosas como cuál es el mejor color de fondo sobre el que colgar la pintura holandesa...
Con todo, a mí lo que más me gusta del libro son aquellos momentos en que el personaje habla de sus padres, pensando en las adelfas que plantaron en el jardín, haciendo para sus hijos lo que sus padres no pudieron hacer por ellos. (Lleva eso a una reflexión que estos últimos días algunos hemos llegado a elaborar: ¿Y si volvemos a entrar en un nefasto momento como ese?). Pero hay bastante más en esta línea, de la que uno ve que está enraizada no sólo en los mimbres de su personaje: Esa idea de que le habría gustado regalar las primeras zapatillas de ballet a sus padres en vez de, como hizo, a un primer novio. Esos recortes de prensa sobre su trabajo que encontró en una caja de cartón en el despacho de su padre cuando murió (yo descubrí en la cartera de mi padre, tras su muerte por accidente, una foto mía, de mi época de la mili, que me había desaparecido). Los lugares que remiten a escenas familiares (el salón de los regalos de Reyes). La impresión de la visión de los montes resecos y erosionados al regresar a su Zaragoza natal. El recuerdo de acudir los días de fiesta al aeropuerto a ver aterrizar y despegar los aviones. El dolor al ver el jardín tan cuidado por su madre ahora abandonado.
Por el final, en el relato de la protagonista, escribiendo sus memorias, se descubre la voluntad de integrar otras cosas diferentes a la danza: sus conferencias, su labor como escritora. Y, quizás el esfuerzo más notorio, ese hacer ver cómo asumir la evolución del cuerpo con la edad, manteniendo intacta la memoria del cuerpo. Incluso esa reflexión quizás dolorosa sobre un hijo que se podía haber tenido. De modo que la novela de papel couché incluye reflexiones que, pudiendo resultar según cómo dolorosas, digamos que ayudan a vivir.
Pasados unos años me gustaría leer la novela que Patricia Almarcegui escribe sobre su recorrido real, incluyendo la danza, pero sin elevarlo, vía ficción, hasta el papel couché y la película hollywoodiense biográfica. A ver si siente esa necesidad y la sacia. Tendría aquí a un lector hasta aún más fiel que éste.
(Las fotografías que incluyo las he obtenido hurgando con paciencia entre las del muro de Facebook de Patricia Almarcegui. No he dado, no obstante, con la que buscaba de ella, adolescente, preparada para la danza.)


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