Como tengo entre manos un trabajillo con Barcelona como protagonista, me he leído las “Divagaciones sobre Barcelona” de Pio Baroja, una conferencia sobre la ciudad que dio aquí mismo, en la Casa del Pueblo, del Partido Republicano Radical, en 1910. Lo mío va de cine, y lógicamente no he podido rascar nada para incorporar, pero me ha sido de interés, muy curiosa, la lectura, que ha adquirido -no podía ser de otra manera- tintes como si fuera de rabiosa actualidad.
Me resulta un texto bastante atípico, aunque se identifica en él, por sus expresiones, constantemente a Baroja. Un Baroja que militaba entonces en el Partido Radical, estaba interesado por las cuestiones, muy de la época, de las razas, esas cosas. El descubrimiento es que no es tanto un escrito sobre la ciudad como de sus habitantes. Él mismo dice que con él quiso desmitificar una serie de tópicos que existían sobre el barcelonés y, más concretamente, sobre el catalán, pues yo diría que toma al primero por la globalidad del segundo. Transcribo alguna de las perlas encontradas, que a ver quién es el que no se pone a leer, hoy en día, en clave actual. Debía pasarse en ese momento, sin duda, un buen auge, como ahora, de las ideas catalanistas:
“Yo, ciertamente, no he negado a Cataluña nunca, y menos a Barcelona; lo que sí he negado en su mayor parte ha sido la intelectualidad de Barcelona. Yo veo aquí una porción de mentiras, acumuladas con intenciones más o menos piadosas, acerca de Cataluña en sí misma y de Cataluña con relación al resto de España (...)
“Por diferenciarse, encuentran los catalanistas una porción de contrastes étnicos, psicológicos y morales entre catalanes y castellanos. Son los castellanos individualistas, los catalanes son colectivistas; son los castellanos fanáticos, los catalanes tolerantes; son los castellanos místicos y arrebatados, los catalanes son prácticos. Yo nunca he visto estas oposiciones ni éstos contrastes, y no digo esto como patriota, sino como un hombre más o menos observador”.
Se pasa entonces Baroja todo el resto de su discurso intentando desmontar lo que dice son mitos sobre la cuestión, previas observaciones como ésta: “Alguien me dirá que yo no puedo juzgar de esto; que yo no conozco ni el idioma, ni la tierra, ni las costumbres. Cierto. Hace algunos años, cuando se llegaba a Barcelona y se encontraba uno con aquellos intelectuales que entonces se distinguían por la melena y por la pipa, lo primero que decían era: ¡Ah! Usted no conoce el problema. Es verdad; yo no conozco el problema. Ademas, es muy posible que no haya problema, y que todo el problema catalán sea como el problema español: una cuestión solamente de libertad y de cultura”.
Se cuestiona entonces lo que cree una gran paradoja. Dice que llegando en tren a Barcelona, viniendo de Valencia, “al pasar por delante del Mediterráneo, tan azul (...)” pensaba “¿como pueden pintar siempre, o casi siempre, (esos artistas catalanes) asuntos tristes, si esto es claro, luminoso, potente?”, el caso contrario de algunos grandes “dramaturgos castellanos del siglo XVII, que hacían desarrollar las escenas de sus comedias en jardines frondosos, en jardines espléndidos, imaginando que los tenían delante, cerrando los ojos para no ver la tierra parda y de color de sayal de las llanuras de Castilla”.
Y concluye: “Para mí vuestros intelectuales y vuestros políticos no han estado a vuestra altura (...). Barcelona que, por su aspecto, por su sentido colectivo y por su población obrera es una gran ciudad, es, por sus intelectuales, por sus genios catalanistas, de una mezquindad bastante grande, de una cursilería bastante pintoresca”.
Hace más adelante, acudiendo, ahí si, a la descripción de la ciudad, una sarcástica burla de sus edificios modernistas, diciendo que “no quisiera vivir en una de esas casas que tienen las puertas parabólicas y los balcones torcidos y las ventanas irregulares; me parecería que me había vuelto loco o que me encontraba preso de los ensueños de una digestión difícil”. Para, poco después, comparar todo ello, valorándolas, con las Ramblas de entonces, de las que dice que “tienen carácter y bien definido; tienen tipos, tienen una personalidad imborrable e inconfundible; son animadas, bulliciosas, alegres, mediterráneas. Son de Barcelona; no pueden ser de otro pueblo”.
Y ésta toca cerca: “Otra de las cosas que he solido leer en los periódicos catalanistas, que durante algún tiempo han tenido la especialidad de partir un pelo por la mitad, ha sido la afirmación de que el castellano, y al decir castellano quieren decir todo español que no sea catalán, es un violento, y el catalán, no.” (...) “Yo no creo que haya nada útil, nada aprovechable en el nacionalismo; no me parece, ni mucho menos, el régimen del porvenir. Si ya a los hombres nos empieza a pesar el ser nacionales; si ya comenzamos a querer ser sólo humanos, sólo terrestres, ¿cómo vamos a permitir que nos subdividan más, y el uno sea catalán, y el otro castellano, y el otro gallego, como una obligación?”

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