lunes, 21 de octubre de 2019

Ensayos de Montagne


Anoche, al ir a acostarme, de repente, pensé que me apetecía un poco de Montaigne. Cogí el libraco de sus ensayos, que yacía olvidado en la mesita de noche, la cinta que hace en él de punto en la página 1.247, Libro III, Capítulo IV, "La diversión", donde lo dejé hace mucho tiempo. Ahí mismo pesqué estas perlas.
En el párrafo en que Montaigne empieza diciendo "En otros tiempos me afectó una fuerte aflicción", se puede leer:
"Si me embarga alguna acerba fantasía, me parece más rápido cambiarla que someterla; la sustituyo, si no puedo por una contraria, al menos por una distinta. La variación siempre alivia, disuelve, diluye. Si no puedo combatirla, la evito, y, al escapar de ella, me desvío, me valgo de artimañas. Cambiando de lugar, de ocupación, de compañía, me refugio en una muchedumbre de nuevas ocupaciones y pensamientos, donde ella pierde su rastro y se aleja de mí.
La naturaleza procede así (...). En efecto, el tiempo, que ella nos ha dado como médico supremo de nuestras pasiones, surte efecto principalmente de este modo: al proporcionar asuntos siempre distintos a nuestra imaginación, disuelve y corrompe el primer sentimiento, por fuerte que sea. El sabio apenas ve menos a su amigo agonizante cuando han pasado veinticinco años que el primer año."
Y más adelante, dando un pequeño giro temático: "Para desviar la inclinación de los rumores comunes, Alcibiades cortó las orejas y la cola a su hermoso perro y lo soltó en la plaza, a fin de que, dándole este asunto al pueblo como motivo de chismorreo, dejara en paz el resto de sus acciones."
A ver si hay quien, leyendo reflexiones de tanto sentido común, no sepa ver por qué se estima tanto a Montaigne.

 

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