Encontré este librito, “El meu cor al descobert” (Baudelaire, Edicions Albatros, 1992), en la Feria del Libro de Ocasión de 2018, y me lo llevé a casa, entrando a formar parte de todo ese stock de pendientes de lectura que ahora, limitaciones del coronavirus mediante, estoy desempolvando.
No me ha entusiasmado, quizás en parte por no haberme adecuado a las palabras -muchas veces altisonantes- de su traducción al valenciano, por una edición estética y funcionalmente muy mejorable, por la frecuencia con la que trata de asuntos teológicos o por las numerosas citas de personajes y asuntos candentes del momento de su escritura que, por desconocimiento debido a los años transcurridos, me dejan indiferente. Pero sobre todo, seguro, porque internamente me esperaba que Baudelaire anotara a corazón abierto otro tipo de cosas.
Aún así, he encontrado piezas como ésta que transcribo, en la que, por cierto, denigra -como también hace en alguna otra- de los belgas, que veo muy mal considerados en el XIX. Quizás les echaba la culpa de sus dificultades económicas... Traduzco:
“La creencia en el progreso es una doctrina de perezosos, una doctrina de ‘belgas’. Es el individuo el que cuenta con sus vecinos para hacer su trabajo.
Solo puede haber progreso (auténtico, es decir moral) en el individuo y por el individuo mismo.
Pero el mundo está hecho de gente que solo puede pensar en común, en bandas, como las ‘Sociedades belgas’.
También hay gente que solo sabe divertirse en grupo. El auténtico héroe se divierte solo.”
Yo, suscribiendo el escepticismo ante las actividades de grupo, prefiero de todas todas, mucho antes que la rotunda soledad, el petit comité. Pero vaya.

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