Compré en una Feria del libro antiguo y de ocasión el primer volumen de las obras completas de Azorín, que ahora he empezado a curiosear un poco.
Lo hice para intentar comprobar hasta qué punto el primer Azorín distaba de lo que se decía del último, pues, igual que Antoni Gaudí murió como terrible meapilas habiendo sido en su juventud notable “antisistema”, recuerdo que se me quedó grabado cuando en el colegio explicaron de Azorín que, de joven, se paseaba con un paraguas de color rojo para autodefinirse...
Quizás lo que me está resultando por el momento más interesante, hasta que después de resultar de lo más jocoso se convierte en hartazgo, es el cúmulo de advertencias y disculpas sobre lo chocante que puede suponer lo combativo del escritor juvenil. En todo momento intentan compensar el “daño” que esos textos primerizos pudieran causar a las pacatas y reaccionarias mentes de la postguerra: Si bien la edición que manejo es de 1975, se basa en una previa de 1947...
Así, el tomo viene presidido por una ADVERTENCIA IMPORTANTE, firmada por las siglas de Federico Carlos Sainz de Robles, que, entre otras lindezas, transcribe unas letras del propio Azorín haciendo pública confesión de sus pecados:
“En estos librillos míos hay demasiada injusticia. Se arremete en ellos contra instituciones y personas, contra hechos y cosas dignos de respeto, de admiración y de amor (...). Mi catolicismo, firme, limpio, tranquilo, ha compensado ya, creo yo, con muchos, con muchísimos libros de ideas justas y serenas, ortodoxas y españolísimas, esos otros diez, doce, catorce librillos juveniles... en los que fue mucho más el ruido que las nueces.”
Por su parte, Ángel Cruz Rueda, que fue el editor de los textos, en un florido y renqueante lenguaje, deja varias joyas de ese estilo en su introducción al volumen, siempre intentando sacar hierro a los supuestos atropellos vertidos por el escritor en sus primeros libros y diciendo que en el fondo, aunque no lo pareciera, era una buena persona y un buen español. En este sentido, suda tinta para dejar claro que, durante su exilio en París durante la guerra civil, “su colaboración (fue) exclusivamente literaria en ‘La Prensa’ bonaerense.” Y que “solo se mezcló en la causa política en lo de hacer el bien”...
Si bien los ensayos iniciales, con todo de aclaraciones y justificaciones de este tipo, forman parte finalmente de la edición de estas obras completas, éstas no pueden hacer gala de ese calificativo, puesto que varias de sus obras teatrales, muy populares en su tiempo, son delicadamente apartadas y no se reproducen. Cruz Rueda lo justifica pasando al ataque:
“Si Azorín fuera rencoroso, si no poseyera la elegancia del olvido y la virtud cristiana del perdón, su obra teatral más aplaudida y que fue más perjudicial para los malos periodistas, para venales gacetilleros y para críticos indoctos, figuraría aquí como una más y con perfecta licitud.”
Luego, ya entrando en materia, el volumen presenta una primera conferencia de José Martínez Ruiz, de 1893, sobre “La crítica literaria en España”, en la que el futuro Azorín habla sin pelos en la lengua de, entre otros, Emilia Pardo Bazán (“nótanse en la ilustre dama deseos, ¿cómo lo diremos?, de lucir su ingenio hasta en los menores detalles; diríase que quiere derrochar su erudición a manos llenas. Este prurito de brillar en todas las materias y en todas las ocasiones le ha dado cierta fama de vanidosa y entremetida, fama que cuadra muy mal en una dama de sus méritos y condiciones”) y, ya en su primer texto largo, “Moratín” (también de 1983), arremete contra la triste situación cultural española a partir del siglo XVII, vapuleando a conciencia a la Iglesia. Por otra parte, cosas que en él dice sobre las universidades, citando a Torres Villarroel, hace pensar que, en el fondo, siendo muy mala la situación de la Universidad actualmente, no deja de haber mejorado un montón.
A ver qué depara luego...
Retrato fotográfico de Azorín en la última década del siglo XIX. No sí quién lo hizo.
Retrato de Emilia Pardo Bazán (Joaquín Vaamonde, 1896)



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