Me guiñó un ojo desde una mesa de una biblioteca y, como estaba en la cosa cortaziana, me lo llevé para casa.
El primer capítulo del librito es como un vendaval que ha estado retenido durante tiempo (Cortázar murió en 1984 y Cristina Peri Rossi esperó para escribirlo hasta el 2000). En él la escritora uruguaya, afincada desde 1972 en Barcelona, desencadena y pone en evidencia hasta las razones paranormales que la ligan al escritor, más allá que con cualquier otro.
Se lee toda esta primera parte de un tirón, durante el cual vas haciendo presente, por detalles desvelados sobre su correspondencia y encuentros, la relación de estos dos escritores juguetones con el lenguaje y con todo lo que les rodea, que ven y comentan regocijados, como dos escolares.
Hay luego un anexo entregado posteriormente, en 2014, en el que frente a la sana emoción emitida por toda esa primera parte quizás surja más otro tipo de amarguras. Debe ser que Cristina Peri Rossi se quiere entonces acusadora de todos aquellos que le puedan perturbar su recuerdo de relación con Cortázar como ella lo ha fijado en su mente.

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