martes, 3 de agosto de 2021

Xavier Domingo


Topo en la sección de revistas de una buena librería con el número monográfico de “Leer” dedicado a Xavier Domingo. Veo que son 81 páginas en las que se hace la remembranza del periodista y cocinólogo (como leo ahora gustaba llamarse él mismo) y la compro para leerla. He acabado de hacerlo esta mañana.
Conocí fugazmente a Xavier Domingo (una, quizás dos noches de mucha conversación y bebida) creo que fue por finales de los setenta, no mucho después. Tras hablar con él animadamente de todo, regando la garganta y el interior, lo veo también una de esas dos noches en el Merbeyé, intentando ligar con mi hermana, que en esa ocasión me había acompañado.
Pero después de eso, el personaje -que me debía sonar por sus colaboraciones en las publicaciones del momento- se me pierde de vista. Por eso me gusta la idea de repasar quién fue, qué hizo, cómo se le recuerda.
El número está conducido -algo erráticamente- por el también periodista Oscar Caballero, quien intercala por aquí y por allí escritos de otra gente que lo conoció. Inevitablemente, su relato se dirige mayoritariamente por una parte a una época (la anterior a la muerte de Franco, con Xavier Domingo viviendo en París) y por otra parte a una de las dedicaciones de Domingo, la correspondiente a su faceta de “cocinólogo”, en su etapa de Cambio 16, sobre todo.
Digo inevitablemente porque ciertamente como más se leyó a Domingo fue como escritor de los placeres de la cocina y porque, aunque se llevaran quince años, Caballero estuvo conviviendo con él en París, trabajando ambos en la agencia France Press. Caballero, además -lo dice varias veces-, sabe y a él le gusta, hablar de esos primeros años, mientras que también deja claro que le disgustan sobremanera y apenas habla de los últimos, en Cataluña, del personaje. Xavier Domingo, me entero ahora, murió en Barcelona en 1996. Cuando se vino, desde Madrid, a vivir en Barcelona, parece que fue acercándose a la repartidora de Convergencia, se pegó a Prenafeta y dirigió un suplemento (“Set dies”) del diario El Observador, hasta que éste se hundió. Esa es la temporada que preferiría obviar Caballero. Claro que, por lo que dice otro, acabó sus días despotricando contra Pujol y los suyos…
Seguramente por haberlo vivido él intensa y personalmente, lo que más me gusta de lo que cuenta Oscar Caballero es ese relato de sus actividades por París, cuando ambos trabajaban en la redacción en español de la agencia France-Presse, por donde también pasaron Vargas Llosa, Carlos Semprún o Julio Ramón Ribeyro.
Es ahí donde se comenta, por ejemplo, la manga ancha con la que (no) se repasaban los gastos de representación y servían para sus buenas comilonas y bebidas o, ya hablando de su específico trabajo, cuando supieron que acababa de dar a luz la princesa Margarita de Inglaterra, que:
“Se me humedece la garganta del más alucinante cachondeo cuando me recuerdo a Domingo con sus largas melenas de negro Dumas y sus minúsculas gafitas redondas, que apenas podían con el humo de los toscanos, posar sus enormes dedos en las teclas para relatar la sustancia del acontecimiento, el FLASH o el URGENTE con que avisábamos a los periódicos de que algo gordo sucedía. Y así nació y circuló por todos los periódicos, radios y televisiones del mundo, dos palabras para la historia del periodismo:
LONDRES - MARGARITA PARIÓ.”
Debió ser un tío difícil de soportar. Casi todos los que escriben en la publicación dejan caer que acabaron enfadados. “Un poco balzaquiano, comiéndose la vida”, “con un parecido impresionante con Alejandro Dumas de cuello para arriba”, con habilidad para quedarse el dinero destinado a otros, siempre despotricando de todos, “acabó más (merecidamente) solo que la una”, … Todo esto y más se dice en esta obrita. Demostrar ir de ser imposible por la vida, no obstante, parece que iba asociado de forma íntima con su carácter.
Para acabar, reproduzco este último apunte, que refuerza el trazo pintado sobre él:
“(…) cuando le preguntaban si realmente había visto esa película de la que se disponía a escribir:
-No, claro que no la he visto. La crítica tiene que ser objetiva. Si la ves, impregnas la visión con tus opiniones y prejuicios.

Seguía su risa socarrona”. 

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