martes, 28 de septiembre de 2021

Carrillo y La Pasionaria en la Historia del PCE de Gregorio Morán


Por edad, me correspondió conocer al Santiago Carrillo ya mayor. Al que atravesó la frontera con una peluca de película antigua con homosexual, al que afrontó aparentemente sereno lo que podía haber sido su violento final durante el 23F, al que posteriormente oía sus ponderadas opiniones en las tertulias de radio que escuchaba en la radio del coche regresando del trabajo.
De la misma manera, Dolores Ibárruri -la Pasionaria- que me tocó conocer fue la vieja mujer, de castellano impecable, que se expresaba con suavidad pero a la vez vehemencia, que parecía una amable mujer de pueblo dispuesta a todo para tirar adelante a su familia.
La lectura de la historia del Partido Comunista Español que escribió en los 80 Gregorio Morán y voy poco a poco leyendo aporta otra visión de ambos personajes. Basta para ello leer las intervenciones de Carrillo y las cada vez de más alto tono sugerencias de Ibárruri a sus segundos en la larga causa interna seguida contra el ex dirigente Francisco Antón, que guarda una gran correspondencia con la causa abierta en Checoslovaquia contra Rudolf Slánsky y otros dirigentes acusados de “fraccionamiento” comunista, que conocemos por “La confesión” de Artur London / Costa Gavras.
Pongo aquí, primero, la tercera intervención de Carrillo, en una misiva al Buró Político del Partido, atendiendo a las sugerencias de Dolores (La Pasionaria), entonces en las intocables alturas de la organización. En ella Carrillo solicitaba que se profundizase para obtener una autocrítica más profunda que la que ya había efectuado, bajándose los pantalones, en dos ocasiones anteriores su antiguo compañero y amigo Antón.
(Todo debiera ir entre comillas, porque es el texto del libro, pero entrecomillo sólo lo que Morán pone en cursiva, para indicar que es literal de Carrillo):
“Yo veía en Antón, en su primera intervención, sobre todo incapacidad, vanidad. Pero hay que rendirse a la evidencia, todo eso no era más que la fachada que ocultaba sus verdaderos sentimientos, su verdadero fondo, que aparece ahora…” y esos “sentimientos” no eran otros que “desarrollar una política de liquidación del partido”. Metido ya en harina, y para evitarse posibles recordatorios, Santiago le apunta con el dedo: “Antón siguió la táctica de cubrirse detrás de mí”, y por todo eso y por mucho más, la conducta de Antón en la dirección del partido es la de un hombre sin principios”.
Y ahora las “sugerencias de Dolores transferidas al Buró Político por su misiva de noviembre del 53”:
Dolores Ibárruri quiere hacer partícipe al Buró Político de “sus dudas y reflexiones” (…) y una de esas dudas, casi un dilema, es si “Antón es un caso de degeneración política derivado de una ambición personal ilimitada o nos encontramos ante un elemento extraño al partido desde el ingreso en éste”. Ella confiesa, sin rubor, que se inclina más por la segunda opción: la de Antón agente al servicio “de no importa qué país imperialista”.
Conviene recordar que Antón había sido pareja desde la guerra civil de Dolores Ibárruri, que le llevaba 17 años y fue la que lo aupó a los más altos puestos del partido. Morán ve claramente en “las sugerencias” de ella la lenta pero cruel venganza de la mujer despechada (Antón la dejó para casarse con otra militante), secundada y pasada a política del partido por sus correligionarios y adláteres, presos del culto a la personalidad…
Pequeñas miserias.

 

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