sábado, 1 de enero de 2022

El impulso nómada (Jordi Esteva)


Recuerdo haber contado que desde que, hace ya mucho, llevé en mi coche a Enric Majó de Terrassa a Barcelona, explicándome él como añoraba los antiguos cafés art déco y los decrépitos -pero aún con reflejos de su pasado esplendor- edificios años veinte del Ensanche de El Cairo, tengo por ahí dentro un runrún que me incita a ver si todavía doy con algún resto de ellos. En algún momento, luego borrado por miedos por la situación política y así, llegaba a admitir que podríamos planificar algún viaje a Egipto, cumpliendo el requerimiento de ver algo de la época faraónica, pero siempre pensando en combinarlo con un rastreo a fondo de la ciudad.
Todo esto viene a que he acabado ya de leer “El impulso nómada”, el libro de memorias de Jordi Esteva. Si debiera señalar qué es lo que más me ha atraído del mismo, no sería sorpresa decir que las fotos que reparte por unas cuantas páginas de entre las que hizo por los oasis de Egipto estarían sin dudarlo en la selección. Basta con haber visto su hermoso libro editado recientemente por RM. Pero si debo hablar de haber seguido con pasión lo narrado, lo tengo claro: son las páginas que dedica a la descripción de El Cairo y su ambiente, como éste que me lleva irremediablemente al barrio -tan lejano de ahí- donde nací. Está claro que la distancia kilométrica se compensa por la temporal, que juega a favor:
“A grandes voces, los ‘munaged’ (colchoneros) ofrecían cambiar la lana o el algodón de los jergones viejos, operación que yo recordaba haber visto de pequeño en El Figaró. Algunos días, los traperos se anunciaban a gritos de ‘roba vecchia’ (trastos viejos), y quienes tenían cacharros o antiguallas para vender les respondían del mismo modo desde las ventanas. Además de ‘roba vecchia’, en el dialecto cairota había muchas palabras que provenían del italiano, como ‘gelatti, vatrina, fatura o mobilia’, debido a la presencia de una numerosa colonia italiana a principios del siglo XX (…)”.
O las frases que escribe rememorando cómo “la terraza había sido ocupada, como muchas otras casas burguesas de El Cairo, por una familia de campesinos del Delta que criaba gallinas, pavos e incluso alguna cabra.”
Eso en cuanto al ambiente popular, en su salsa o invadiendo otros entornos, pero pasando a referirse a ese Cairo que desde hace tanto intuyo:
“En la manera de relacionarse la gente y en los establecimientos anticuados y cafés reencontré la urbanidad y la distinción propia del tiempo de nuestros abuelos. Bajo los toldos de lona verde, los limpiabotas se esmeraban con los cepillaos mientras los clientes leían los periódicos del día o discutían animadamente entre ellos abandonando por un instante pensamientos o disertaciones para aspirar el humo de la ‘shisha’, que emitía sonoros barboteos al pasar por el recipiente de cristal lleno de agua. Sobre las mesitas redondas de mármol o cobre siempre había un gran vaso de agua refrescante junto al café turco. En el ensanche de El Cairo, la elegancia del Paris de entreguerras aún no había desaparecido del todo.”
Y, más adelante:
“Las tiendas del Ensanche cairota, como L’Orientaliste, parecían salidas de una película de Max Ophuls, donde se vendían reproducciones de los grabados de la campaña de Napoleón. Había magníficas zapaterías y camiserías a medida, como Le Chemisier Georges; la librería Livres de France, regentada por una dama egipcia que hablaba siempre en francés con sus amigas; boutiques en cuyo escaparate estaba dispuesta en batería una docena de pequeños y elegantes maniquíes, de apenas dos palmos, con pijamas, batas de seda y zapatillas, o floristerías a las que podía haber acudido Mrs. Dalloway a comprar centros de mesa para su célebre fiesta.”
Y así sigue, hablando de la plaza de la Ópera y sus pasados esplendores o detallando cantidad de hermosos pero destartalados cafés. Claro que bastantes páginas después él mismo deshace el hechizo…
La foto de Jordi Esteva delante del desvencijado ascensor de su casa en la ciudad egipcia, tan apropiada, la he sacado de su muro.

 

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