jueves, 14 de abril de 2022

Ciudades de Italia (Pío Baroja)


No lo puedo remediar. Me gusta a rabiar el estilo escéptico, descreído, dando la impresión de resignado a la fatalidad, de Pío Baroja, que también heredó su sobrino Julio Caro Baroja.
En el prólogo de este libro que escribió en 1949, que empiezo ahora a leer con intriga y muchas ganas, da varias muestras de ello, como en esta frase que deja ver su análisis sobre su progresivo ocaso:
“Desde hace diez o doce años noto que he perdido mucha memoria, no sólo de palabras y de nombres, que esa ya la había comenzado a perder hace tiempo, sino también de impresiones visuales. Va uno secándose, material y espiritualmente. Es un proceso biológico de la vejez, para el cual no hay penicilina que valga”.
Claro que también adereza sus escritos, incluso en esta última época suya de escritura, con punzadas que te catapultan a la risotada mientras las lees:
“Hace cincuenta años, cuando estaba en boga la literatura de D’Annunzio, yo no era de los entusiastas de ese autor; por el contrario, no lo podía sufrir. Me parecía insoportable”.
“Yo no tengo ninguna simpatía por los turistas, menos aún por los críticos de arte. Me parecen la flor y nata de la cursilería y de la vulgaridad.”
“Stendhal a mí me da la impresión de hombre agudo cuando escribe sus novelas y sus viajes por Francia; pero cuando habla de Italia y del arte, se engalla y es empalagoso y pompier”.
En cualquier caso, en su escritura esos dardos vienen acompañados de muestras claras de estar centrado, de tocar diana con sus gustos:
“Había estado para entonces varias veces en París, había visto en el Louvre los primitivos italianos: Fray Angélico, Mantegna, Fra Filippo Lippi, Botticelli y el Perugino, en la sala Borghese, y me había entusiasmado. Sin duda quedó en mí sembrado el deseo de visitar Florencia para ver si allí me seguían entusiasmando sus pintores”.
¡Qué bien poder seguir leyendo y congratulándose uno con la lectura de Baroja!


 

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