Quien lo haya oído decir algo en alguna de las películas de su hermano Gonzalo puede deducir fácilmente que un libro de memorias de Javier García-Pelayo ha de ser, a la fuerza, peculiar, y ya puede correr a hacerse con ellas.
El primer encontronazo con “Sobre la marcha. Vol. 1” (Serie Gong, 2020) es, claro, con esta portada estilo ‘pulp’ que realmente -que me perdone Javier y todos los que deban perdonarme-, me tiró un poco para atrás. Luego, leyendo el contenido de estas memorias, empecé a entender la idea que tenía in mente su diseñador, con ese arcoíris que hace ver que “todo es de color”.
Empieza el libro a lo grande, con una historia de la humanidad, para poder situar adecuadamente en ella la de la familia Garcia-Pelayo, que en seguida empieza a desgranar.
Al poco de la lectura quedas sorprendido por ese relato que parece poner los puntos y aparte (como las comas o puntos suspensivos, que dan cuenta de una narración como explicada vía móvil) a la tuntún, ya que tanto te continúa lo iniciado en el párrafo anterior como supone un salto en el tiempo y el espacio radical. Eso, y la amalgama de lenguaje directo, casi coloquial, pero trufado de reflexiones graciosas y/o profundamente filosóficas, te hace cuestionarte si no te encontrarás ante una forma de relato vanguardista hasta ahora no transitado.
En el relato familiar, de su infancia, transita de vez en cuando espacios que, por coincidencias personales, avivan mi interés. Ahí está, aunque presentado en su caso a una marcada distancia, Jerez de la Frontera, pero sobre todo el barrio de Delicias de Sevilla, que se puede considerar el de su infancia y primera juventud.
Tarda poco en surgir uno de los grandes protagonistas de la función. Las mil presentaciones del cannabis recorren, directa, indirecta o metafóricamente buena parte del volumen, porque ha estado asociado a las andanzas del memorialista desde que dio con ellas. Alguna nada agradable (cuando los grifotas iban a parar, si la autoridad judicial así lo determinaba, a un psiquiátrico, donde debían convivir con gente que no estaba ahí precisamente por liarse un canuto), otras divertidísimas, siempre como atmósfera permanente.
La gente que más disfrutará del libro serán, creo, los que hayan coincidido en alguno de los míticos antros y conciertos que contaron con él como promotor o representante de sus músicos. La relación -casi de agenda de ruta- de ellos se zampa bien bien la segunda mitad del libro. Aparecen en ese relato músicos de los que todos los que los han (hemos) conservado tienen (tenemos) discos por su casa, especialmente de ese momento dulce que tuvo el rock andaluz con raíces.
Más cosas: sirve de paso el libro para saber de los diferentes métodos de venta -en la que se hizo un maestro-, o para captar la picaresca sempiterna utilizada por los empresarios de la cosa del espectáculo.
Pero, sobre todo, lo que mejor refleja el libro, en mi opinión, son los esfuerzos de JGP por efectuar un buen tránsito por este mundo, haciéndolo lo más placentero posible.
En todo el libro, e incluso en sus fases más dedicadas simplemente a vaciar la agenda de lo realizado, hay observaciones y reflexiones, guiños especiales que lanza a sus lectores, redondeando y haciendo ameno el recorrido. ¿Qué cosas? De todo tipo. He señalado y escogido un par, para que se me entienda un poco.
1/ Página 124. “Me dieron el carnet de conducir con un certificado de mala conducta. Lo que me molestaba era que dijese que era mala también en lo privado. Si usted lo vio, no era privado, cojones. (Aquí viene uno de esos puntos y aparte, pero lo que se dice a continuación hace referencia a esto anterior). Nunca les tuvieron respeto a las palabras, ni a los conceptos, es una de las peores herencias que hemos tenido, el vaciar las palabras de contenido”.
2/ Reflexión sobre el ESTAR y el SER de las páginas 169/170. “Me gustaría saber lo que sabe un psiquiatra, me gustaría SER, pero no quiero ESTAR como uno de ellos. Me gustaría estar en momentos extáticos, creativos, musicales. Me gustaba estar con músicos, hippies y contra culturales… De hecho, creo que los Hombres sólo alcanzan el SER en el momento del orgasmo placentero, compartido con una mujer amada. El resto del tiempo ESTAMOS, en realidad, trabajando, estudiando, investigando o haciendo cualquier cosa, creo que estamos… buscando llegar a SER. Las mujeres sí, creo que SON en sí mismas. Ellas creo que SON y ESTÁN al mismo tiempo y creo que, con ellas, alcanzamos el SER… por breves y deseados instantes. Los hombres, a base de estar, a menudo, de ciertas maneras, podemos llegar a tener un cierto estilo, que es una forma de ser. Cuando los orgasmos son en solitario o en lances fugaces, de oportunidad, ni se aproxima uno a alcanzar dicha plenitud de SER… pero están bien, de ahí su persistencia. Mejor eso que nada. Día sin sexo placentero, día que no llegamos a SER”.
A ver ese segundo volumen. Espero que llegue repleto de reflexiones que nos aclaren un poco la situación y la forma de salir airoso de los embates.

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