Jordi Amat, Pilar Aymerich y Laura Terré ayer, en el Born.
Ayer en el Born se presentaba el libro de fotografías “La Barcelona de Pilar Aymerich” (Comanegra, 2023) y se reunió para la ocasión, además de muchos allegados, buena parte de la colonia fotógrafa actual de la ciudad, que vi repostaron luego en buena armonía en un café de los alrededores.
Como el ayuntamiento ha participado (mayormente supongo que en la parte económica) en la edición del libro, ahí estaba Collboni abriendo el turno de intervenciones, lo que está muy bien, pero alguien le debería haber soplado previamente que un alcalde no está obligado - y menos en ese ambiente- a explicar quién es Pilar Aymerich, de quien glosó una serie de lugares comunes, junto a un par de reivindicaciones gay que debían ser su real aportación personal.
Si era el alcalde el que cursaba invitación al acto, quienes llevaron la sesión, junto a la mismísima Pilar Aymerich (quien no fue en absoluto un invitado de piedra) fueron el multipresente Jordi Amat y la especialista en historia de la fotografía Laura Terré.
Jordi Amat demostró en su presentación inicial que, además de estar en todas las guerras, lo está por razones de peso: fue su intervención de lo más brillante, apostando, básicamente, por nombrar y describir las fotografías del libro -según indicó “una recopilación de las más completas” que ha visto nunca de la obra de la fotógrafa- que más le habían sorprendido y emocionado personalmente. Entonces nombró la fotografía del cuerpo de Manuel Viola saliendo de su casa tras su brutal asesinato, o la de la manifestación de Barcelona en solidaridad con la matanza de Atocha, ambas imágenes que, poniendo el dedo ahí donde duele, comentó que los barceloneses han retirado de su memoria, como si no hubieran existido. La tercera fotografía, la tercera imagen que trajo a colación, fue la de la vista del cementerio de Montjuic tomada desde una golondrina, esa combinación de dos ambientes antagónicos.
Tras destacar oralmente -porque no se vieron- otras fotografías del libro, como la de una Montserrat Roig embarazada en su casa (“que era como las casas de todos nosotros, los progres del momento”, recalcó, atenta, Pilar Aymerich), finalizó Amat su primera intervención, que había iniciado con una precisa definición sobre la impresión producida por el periodo básico que refleja el libro: el de una transición profunda, trayendo a colación la frase de Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.
Fue a continuación el turno de Laura Terré, a la que se vio en plena complicidad con Pilar Aymerich, quien iba asintiendo a cada una de sus aseveraciones. Había preparado y leyó un texto muy bien calibrado, en el que, con pocas palabras, definió la fotografía de la homenajeada y que convendría poder tener por aquí. Me fijé, sobre todo, en lo que dijo de que, además de todo lo que reflejan, de captar sus personajes y sus ambientes, sus fotografías lo hacer también de una actitud. Ahí están todas esas fotografías que tan bien marcan todo un periodo vivido por nosotros, con unos pies de foto -acabó- escritos cuidadosamente, lo más objetivos posibles, por ella misma.
Pero lo que posiblemente más me sorprendió de la sesión fue la absoluta lucidez y agilidad mental de Pilar Aymerich. Un poco mosca porque todo el mundo -empezando por Collboni- no hacían más que decir que había cumplido los 80 años, ahí dejó, como quien no quiere la cosa, una serie de interesantes reflexiones sobre su trabajo con la fotografía.
Una que anoté fue que, de hecho, había utilizado la cámara como defensa ante las emociones que le provocaban los actos en los que participaba. Que era luego en su casa, llegado el momento del revelado, viendo las imágenes captadas, cuando dejaba ir toda la emoción que le habría impedido hacer las fotografías.
Seguramente no conforme con esa definición de fotógrafa de la transición manejada continuamente, explicó de una manera muy atractiva el proceso que le llevó a una fotografía que cierra el libro, efectuada para participar en una obra colectiva sobre las imágenes de la pandemia. No supo qué fotografiar por unas calles absolutamente vacías, y desistió de hacerlo. Se encerró en su apartamento y esparció por el suelo todo un conjunto de fotografías suyas sobre manifestaciones. Se colocó junto a una ventana, por la que llegaban toda una panoplia de sonidos de la pandemia, y presionó el obturador.
También, en ese mismo sentido, cuando dijo que aún conservaba muchos cajones clasificados por temas (Montserrat Roig, Mercè Rodoreda, …), aunque dio la impresión de que lo decía para dejar sentado lo bien que le sentaba anímicamente estar con la gente que amaba, yo diría que era una cierta incitación para ver si surgía la oportunidad de un nuevo libro de las fotografías pendientes en un próximo futuro.
En cualquier caso, en la sesión supimos que ahora mismo en la Galería Rocío Santacruz hay (hasta el 3 de febrero) una exposición de fotografías suyas (en voz alta comenté “¿Y dónde estará la Galería Rocío Santacruz?”, y la chica de delante se giró y, dándome la mano y una tarjeta me dijo “¡hola, soy Rocío!”: en Gran Vía casi Pau Claris) y que la gran retrospectiva que en estos momentos está en el Círculo de Bellas Artes de Madrid vendrá a la Tecla Sala. Pero, aún así, Pilar Aymerich decía aquello de que lo mejor, lo más productivo, sería establecer un proyecto expositivo nuevo, tras un fértil diálogo con la gente del sitio de dónde son las fotografías…
Ya había comentado en alguna otra ocasión lo que dijo de cómo preparó esta fotografía que le encargaron sobre tres ex-prisioneros de Mathausen, que habla de su inquietud hasta que encuentra realmente la foto que busca: no estaba satisfecha de la aparente banalidad de los retratos que le pasaban por la cabeza y salieron fuera de donde estaba, pues ahí había visto un descampado con un muro. Les pidió colocarse en fila junto a éste y automáticamente vio cómo se transformaban, el terrible recuerdo presente en sus rostros.
He buscado la fotografía de la que habló Pilar Aymerich sobre la pandemia, que debe ser ésta.
Dedicando uno de los libros.




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