viernes, 1 de noviembre de 2024

Pío Baroja, a escena (Miguel Sánchez-Ostiz)


Por fin me hice con "Pío Baroja, a escena. Una biografía a contrapelo" (Miguel Sánchez-Ostiz, Renacimiento, 2021).
Estaba ayer leyendo su página 203 (parece mucho, pero aún me queda un montón, porque el libro tiene sus 900 páginas) cuando, de repente, tuve una revelación. Se trata de un capítulo en el que refiere la estancia del escritor en París el 1913, donde con su amigo médico Rafael Lurumbe va a escarbar por los bouquinistas del Sena. Sánchez-Ostis precisa que les llama "los cajones del Sena" y dice que a Baroja le place autorepresentarse como "Husmeador chamarilero". Ahí me ha venido la revelación.
Libro que va pareciendo áspero con el personaje, por cómo va incidiendo en la forma en que Baroja habla de sí mismo, y cómo una y otra vez Sanchez-Ostiz va detectando y corrigiéndole sus despistes o directos engaños, señalando su impostura, esa que le hace decir una cosa y hacer otra.
Pero, en el fondo, si lees con cuidado, vas viendo que hasta en los momentos en que es más crítico con él, porque efectivamente le ha pescado in fraganti soltando una trola, deja caer frases de admiración por alguna de las cosas que realmente va haciendo.
Llega un momento en que lo que en verdad se trasluce de lo que vas leyendo es lo bien que llega a conocer el biógrafo a su biografiado, que presume de su intención al menor indicio. Sabe Sánchez-Ostiz discernir la más recóndita de sus intenciones y eso debido no a sus dotes psicológicas, sino al arduo trabajo llevado a cabo leyendo toda su obra (hasta la no publicada) y comprobando in situ todas las pistas. Es en este sentido que entiendo la decisión del primero de, ya exhausto, dejar cerrado a cal y canto a buen recaudo todo lo que ha recogido a lo largo de los años de Pío Baroja, intentar olvidarlo, tomar aire y pasar a otras cosas.
Le será difícil, porque -y esa es mi arriesgada conclusión-, de hecho, todo ese impresionante trabajo de investigación que ha llevado a cabo ha consistido la mayor parte de las veces en un esfuerzo aplicado a escudriñar en un potente espejo. Cuando habla de Baroja, sostengo, está hablando, en buena parte -y no sólo por esa afición de chamarilero que me ha supuesto a mí esta revelación-, de sí mismo.

 

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