miércoles, 21 de enero de 2026

Personaje secundario (Enrique Murillo)


Por fin me he leído “Personaje secundario” (Enrique Murillo; Trama editorial, 2025). Tener ahí esperando sus 530 grandes páginas me hacía dudar si retrasar aún un poco más su lectura, para no hipotecar el limitado tiempo que presto a la lectura.
Ha habido ocasión, pues, para que ya todos sepan a estas alturas que, haciendo honor a su subtítulo (“La oscura trastienda de la edición”), se trata del título que corrió de boca a oreja por el mundo del libro.
Ese subtítulo lo añadió, sin duda, su editor, buscando un cierto anzuelo para las ventas y, si bien es verdad que Enrique Murillo explica muchas cosas de esas inconfesables de la trastienda de unas cuantas editoriales de prestigio por las que pasó, también lo es que podrían quitar tranquilamente el adjetivo y el subtítulo podría seguir siendo bien válido. Son innumerables las cosas que he aprendido, leyéndolo, de todos y cada uno de los empleos ligados a la concepción, desarrollo, traducción, edición y comercialización del libro. No en balde él se ha dedicado los últimos años a dar unas clases pormenorizadas para quienes quieren dedicarse a alguno de los aspectos de la edición.
Explica las cosas con un lenguaje de lo más comprensible. Hasta me ha hecho gracia constatar, en este sentido, un extremo: como, según dice, escribe para gente que no son de Ciencias, quiere ser muy claro y, en ocasiones, desmenuza detalles y repite quizás demasiado ciertos aspectos. Está claro que lo hace con el objetivo de no dejar sus reflexiones naufragando por las aguas de la duda o de la oscuridad.
Supongo que quien comente el libro, si ha de referirse a revelaciones de lo que hasta ahora permanecía en esa inalcanzable trastienda, no se detendrá demasiado en un tema que ha trascendido ya en varias ocasiones, como es eso de la demostración de que la enorme mayoría de los premios literarios están -como él dice, dulcificándolo un poco- ‘planificados’. Ese honor recaerá en cambio, seguro, en ciertos aspectos de la personalidad y actividades del hasta el momento mítico editor de Anagrama, seguido de otras joyas que atañen a editoriales de enorme tamaño, de las que se explica cómo mantenían engañados a sus autores tanto en el número de ejemplares impresos y sacados a la venta como en las ventas efectivas posteriores, precisamente lo que constituye el elemento de base para el cálculo de los royalties de los escritores y, como explica, posible causa de los elevadísimos anticipos exigidos por los agentes literarios, que piensan que más vale pájaro en mano que ciento volando.
En su rol de “personaje secundario” de todo ese mundo, la nómina de escritores de renombre (Félix de Azúa, Eduardo Mendoza, Enrique Vilà-Casas, Javier Marías, Ignacio Martinez de Pisón, Terenci Moix) y otros personajes notorios (Carlos Barral, Javier Fernández de Castro,José Luis de Villalonga, los hermanos Lara y hasta Ana Rosa Quintana) con los que demuestra haber tenido confianza te hacen entender que poco secundario podía ser ese personaje que llegó a mover los hilos que, en toda la extensión del libro, va detallando.
No todo han de ser personajes de los que aparecían en los papeles continuamente, y a mí me ha satisfecho encontrarme con informaciones para mí valiosas sobre otros con los que he tenido poca o mucha relación, o que me intrigaban, como Antonio Maenza, Marcos Ordóñez, Pedro Ugarte, Miguel Dalmau, Ignacio Echevarría, Félix Romeo, Ignacio Vidal-Folch, Miguel Sánchez-Ostiz, Tomas Delclós e incluso Javier García Sánchez.
A veces -sobre todo por su último tercio-, sientes asistir a ciertas repeticiones, resultado de su procedimiento de avisar previamente de lo que desvelará y más tarde, páginas después, pasar a hacerlo con todo lujo de detalle. Pero en su totalidad creo que el libro tiene otra virtud que no se ha señalado demasiado, como es la de guía de lectura, pues desde sus lecturas infantiles y juveniles hasta los autores que intentaba impulsar en sus últimos lances editoriales, un amplio abanico de títulos y autores saltan a la atención, convirtiéndose así en una amplísima guía de compenetración en el aprecio y lectura sugerida de lo no leído nada despreciable. Eso y la de facilitar una cierta cartografía barcelonina y de las relaciones entre los actores de ese escenario. Claro que no todo se devela del todo: ¿Cual debía ser ese local de General Mitre donde todos iban a tomar la última?
Y una última cosa, claro, hace muy recomendable su lectura. El libro es una crónica impagable de toda una época, sus modas y sus figuras. Me ha supuesto un gozo grande ir recordando… y clarificando tantos y tantos aspectos que se me habían pasado por alto.
¡Ah! Una cosa que me sobresaltaba en cada ocasión en que se lo leía. A ver si puedo llegar a sugerir una corrección a tan famoso editor o me aclara una cosa: ¿A qué viene hablar de “los salesianos de la Bonanova”? No conozco un gramo de todo el intríngulis de las órdenes religiosas, pero nunca he oído a antiguos alumnos de La Salle Bonanova decir que iban a los salesianos.

 

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