¿Pues no había dicho yo que no iba a entrar nunca más en una pirámide? Reyes de Blas va y me ha encargado colgar por aquí cuatro poemas, y no atiende a razones cuando uno intenta escabullirse…
No sabe ella que no soy, precisamente, lector de poemas. Quizás por eso mismo he pensado en un primer momento que era fácil el cometido: Con subirse a la estantería (muy limitada) de libros de poesía que tenemos por casa y, dejando a un lado los demasiado evidentes, escoger algún libro de grato recuerdo, abrirlo y copiar el más señalado, subrayado o comentado, ya estaba al cabo de la calle. Pero he constatado que desgraciadamente no tenía la mala costumbre de subrayar en los libros más antiguos…
Bueno: al grano. Empiezo con una “broma” (en la nomenclatura de Agustín García Calvo) de Isabel Escudero:
¿Lo veis cómo avanza
el aldeano
guiando con su vara
los bueyes del carro?
De espaldas anda
por el trazo blanco;
nubes quietecitas
en pastel morado;
hilera de chopos
de amarillo cromo
de fino rasgo.
Y él hacia la izquierda
Sigue, sigue andando,
Hasta que -¡zas!-
Chocó con el marco.
No había visto
Que ahí terminaba el cuadro.

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