He perdido la referencia, pero recuerdo que, pese a que me parecía una foto de Valle Inclán bastante joven, el pie de foto decía (supongo que equivocadamente) que estaba sacada en uno de sus últimos años. En cualquier caso no es de las típicas, esas en las que aparece con grandes guedejas y larga barba blanca que le llega hasta el pecho o más.
Siempre lo explico, pero es que en verdad me impresionó. Durante un periodo de la mili, en Madrid, iba a dormir los fines de semana (y a ducharme, y a alejarme de la vida cuartelera) a casa de unos conocidos de mis padres. Ella era hija ahora no recuerdo si de Emilio Carrere o de un literato amigo suyo, y contaba que, de niña, presenciaba la tertulia que organizaba periódicamente su padre en el salón de su casa. Los asistentes la tomaban como un juguete, y eso le gustaba, pero había una cosa que le fastidiaba mucho. Uno de los tertulianos era Ramón del Valle Inclán, y tenía la costumbre de cogerla y sentarla en sus rodillas.
“¡Tenía la barba toda enredada y sucia!” –me gritaba-. “Me daba un asco…”

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