Expliqué por aquí en otra ocasión los gritos que soltó mi padre por allá el año 1960, conduciendo el coche con el que intentaba llevarnos a la playa de Empuries y viendo las ruinas. Ya debía ser como mínimo el quinto día seguido de fuerte tramontana, y estaba desesperado:
- ¡Ya sé! ¡Por fin lo he descubierto! ¡No podía ser otra cosa! ¿Cómo no lo pensé antes? ¡Los griegos se fueron de Empuries porque no aguantaron la tramontana!
Me ha decepcionado bastante, porque el tema es inacabable en anécdotas de todo tipo (al margen del tren que tiró en Colera, yo mismo tengo una tía que se rompió un brazo y dos costillas arrojada al suelo por el viento...) y en cambio apenas si habla y repite sobre lo que han dicho a favor y en contra unos cuantos escritores, y de análisis que se han hecho al viento desde el punto de vista "científico", llegando a una estrepitosa indeterminación sobre si el viento puede provocar trastornos a los empordaneses, y quedar para los restos "tocats de la tramuntana".
Aún con todo, en mi lectura en diagonal del libro he sacado un par de cosas curiosas.
Una de ellas el Teorema de l'Empordà, que publicó en 1966 un ingeniero de caminos, por el que la perfecta forma de la Bahía de Rosas era la combinación de dos elipses ambas tangentes a un mismo eje, con relación entre sus ejes que rozaban la proporción áurea, y había sido moldeada precisamente por ese viento.
La segunda un bulo divertido, por el que el reglamento de la Guardia Civil permitía específicamente a los números subir a cuatro patas las escaleras al piso superior de su casa en la frontera cuando soplase la tramontana.
Poca cosa, pero menos da una piedra.
En la segunda foto, día de tramontana en L'Escala, el pasado 1 de mayo. Tiene la ventaja de ser un viento seco, y que limpia nubes, cielo y todo lo que se le ponga por delante...


No hay comentarios:
Publicar un comentario