miércoles, 13 de julio de 2016

Escuchar Irán


“Nunca habría pensado que escribir el viaje fuera un ejercicio de semejante intimidad. Aquí está mi forma de mirar, de reflexionar, de ser curiosa, de enfrentarme al otro.” (1) Eso se lee en la nota introductoria de Patricia Almarcegui a su “Escuchar Irán” (Newcastle Ediciones, 2016). Y he de confesar que bajo ese prisma, descubriendo esos momentos (“Ah, de modo que así…”) es bajo el que he ido leyendo todo este pequeño libro.
Un primer viaje -largo para lo que se estila, pero tampoco tanto-, por Irán en 2005 le recuerdan las notas de diario de viaje sobre las que ha estructurado el libro. Un libro de viajes atento mucho más a las comparaciones, a las sensaciones, que cualquier otra guía de viajes.
Una primera de esas sensaciones, visual en este caso, aparece en seguida, antes de la llegada al país, y provoca de inmediato la identificación. Está en el aeropuerto de Estambul, y entretiene la espera mirando a la gente de las diferentes puertas de embarque. En la de Jidda, destaca, “había hombres y mujeres vestidos de blanco luminoso.”
Otra observación, ésta ya repetida por muchos lados en que ella u otros han hablado del libro: Es ese movimiento cíclico, de colocación del pañuelo para cubrir los cabellos al oír el anuncio de la toma de tierra en Teherán y al final, al entrar en el avión que la llevará de regreso, el otro, complementario, de sacárselo de la cabeza, que muchas mujeres del pasaje hacen casi al unísono. Es una imagen muy poderosa, que a la vez le sirve para verse integrada como mujer. Porque en las reflexiones, conversaciones, apuntes que siguen tienen una importancia capital las que hace en tanto mujer, viajera sola, además, a un país de Oriente.
La segunda mitad del libro está mucho más centrado en el trayecto, acercándose más –pese a la enorme lejanía- a la guía de viajes al uso. Es en su inicio, sobre todo, donde aparecen el mayor número de reflexiones personales que se agradecen, porque entre otras cosas te llevan a sensaciones hermanas experimentadas en cantidad de viajes. Es el caso, por ejemplo, de la visión de los anodinos barrios del extrarradio que llevan del aeropuerto a la ciudad, la fijación de una imagen (en el caso de Teherán la de las vecinas montañas) como icono personal perpetuo del lugar, la obsesión por ir a espacios disfrutados por los habitantes del sitio, etc.
Acostumbrada a escribir artículos de opinión en los que habla de la situación de países de Oriente que ha visitado, se nota y admira también su facilidad para añadir frases sobre la actualidad, centradas en hechos que no suelen aparecer por los periódicos, que te ayudan a montar un buen retrato complementario, y llegar a todo un decorado integrado con lo que se visita.
Se aprecia en el libro la confrontación con todo un bagaje previo, obtenido a base de lecturas, visión de películas, estudio en bibliotecas. Eso le permite establecer un paralelismo entre las alfombras persas, sus jardines y el paraíso que ya no olvidaré nunca. O escribir comentarios como éste, con el que acabo estas notas sobre el libro, para que los improbables lectores de las mismas alcen la vista e imaginen algo tan visual: “Caminamos juntas bordeando cipreses y granados al igual que en una ilustración persa”.
La foto de Shiraz la he sacado de es.troovel.com
(1) He entrecomillado la frase, y he mentido. Ella escribe “el Otro”, así con mayúsculas, y yo le he bajado el rango, enmendándole la plana. Está mal hacerlo, pero es que ni el otro es ningún Dios, ni tiene, para mí, tanta importancia en el libro como el yo que lo escribe. Si finalmente llego a hacer un viaje a Irán está claro que lo volveré a leer anotando las cuatro cosas de cada lugar que escribe haber visto, pero sobre todo –y ahí quiero llegar- sus sensaciones, que son las que dan un atractivo adicional a esta, en principio, “guía de viaje”.


 

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