Para escribir su “La España de las ciudades” (ED Libros, 2017) J. M. Martí Font consultó a geógrafos y otros estudiosos de la ciudad, que aparecen al final en la lista de agradecimientos. Reconozco, por ejemplo en la cita de Indovina o en la mención de la visión nocturna de la superficie terrestre desde un satélite, la huella de Oriol Nel.lo. Pero si me abalancé sobre este libro fue para descubrir aspectos sobre la reciente historia y la situación actual en las grandes ciudades españolas que podía desvelar tras su investigación periodística, y no me ha decepcionado en absoluto.
La hipótesis que viene a demostrar el libro es muy clara y viene indicada ya en su subtítulo: “El Estado frente a la Sociedad Urbana”. Tras hacer ver que las miradas progresistas se encuentran casi siempre en las grandes ciudades, frente al en general carácter conservador de las restantes zonas y de los poderes superiores, escogiendo una serie limitada de ciudades (si bien las menciones a otras, incluso del extranjero, son constantes), va dibujando sus trazos característicos y problemas urbanísticos, sociales, económicos y políticos principales, así como las líneas de actuación que los regidores municipales (muchos de ellos de las recién llegadas entonces fuerzas de “los Comunes”) están propugnando. Siempre nos hace ver que estas líneas se topan con un freno de difícil soslayo: el poder supramunicipal, que no quiere ceder protagonismo.
Al margen de cosas de interés general (como el papel del singular Ahok en el gobierno del gran Yakarta, que es mencionado acabando en un suspense que he tenido que resolver acudiendo a internet) en el texto Martí Font habla sobre todo de seis ciudades... con su anillo de influencia y la falta de instrumentos de gobierno para gestionarlo coherentemente: Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga, Zaragoza y Vigo, dedicando un capítulo a cada una de ellas.
En un capítulo previo habla también, no obstante, de Lisboa (aportando esa bella idea que pudo haberse materializado de ser la capital del imperio español, puerto abierto al Atlántico, antes de ser sustituida por Madrid), Sevilla (con los problemas derivados de unos planes, como el de la Expo, que no tuvieron como objetivo el futuro de la ciudad), Bilbao (y el cambio brutal visualizado en el Guggenheim, pero mucho más extenso) o Las Palmas (y sus interesantes, muy curiosas, fuentes de ingresos)
Ya en los capítulos particularizados por ciudad, que siguen un esquema similar, me he enterado con gran regocijo e interés de las particularidades de unos asuntos que no suelen salir en la prensa o, mejor, en la prensa que no sea de la ciudad de que se trate, ya que son asuntos verdaderamente locales, y los habitantes de cada una parecen sólo querer saber de sí mismas. Aparentes anécdotas como que “El Faro de Vigo tiene una edición en Pontevedra en la que critica a Vigo”, que “cuando Ikea abrió su tienda para la región en la ciudad portuguesa de Braga, todo Galicia estaba en Braga el día de la inauguración” (aunque supe que algo así, pero invertido, aún sin las comunicaciones actuales, pasó cuando en Vigo se abrió un El Corte Inglés...), que la urbanización malagueña de La Zagaleta era uno de esos espacios que Isaki Lacuesta podía haber filmado en su documental sobre los que no salen en Google Earth, la idea -compartida- de que Madrid en tiempos “nos parecía arcaica y un tanto hirsuta a quienes llegábamos de Barcelona y otros lugares más sensuales de la periferia”, el expeditivo método del equipo de la alcaldesa Ana Botella para bajar el registro público de los índices de contaminación de la capital (cerrando las estaciones de Recoletos o plaza de Castillo y sustituyéndolas por otras en El Pardo o El Retiro), etc.
O también informaciones fundamentales, que no conocía y me han decidido a colocar el libro en la estantería de viajes, para ser consultado en detalle antes de visitar una u otra ciudad, como el origen catalán de la industria derivada de la pesca de Vigo, que el Auditorio Mar de Vigo fue una de esas faraónicas construcciones de la época de vacas gordas (pero proyectado nada menos que por César Portela), la actualización del desaguisado dejado por la Expo zaragozana, el papel de Pikolín en esa ciudad y su evolución mundial, la preponderancia -ademas de los ingleses- de los escandinavos en la costa malagueña, los pequeños pero importantes resquicios abiertos en la gestión económica y de oposición a los planes del gran capital de sus ciudades por los Comunes o la inquietud que producía que Ahora Madrid “no tenía deuda con los bancos, ni se enfrentaba a vencimientos de millones como los partidos políticos tradicionales, algo a lo que no estaban acostumbrados los banqueros y que otorgaba una extraordinaria ventaja a Carmena a la hora de negociar” un proyecto (y ahora a volver a las andadas, claro).
En fin: Sólo me ha aparecido una duda que puede hacer tambalear todo el sólido discurso del libro. En cada capítulo dedicado a una de esas ciudades, un apartado habla de sus clubs de fútbol principales, nombrando sus problemas económicos, los chanchullos inmobiliarios en los que han participado, etc. ¿En todos? No, y ahí surge mi duda. No habla del FC Barcelona (ni del Español, ni del Europa), y no será porque no haya participado de lo lindo, y siga haciéndolo, en operaciones especulativas de la ciudad. ¿Será porque el autor es un rematado culé?
(La foto de J. M. Martí Font es de J. P. Chuet-Missié, y la he sacado de ViuValencia)


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