viernes, 3 de enero de 2020

Impolíticos Jardines (Juan Ramón Capella)


Fue Chusepito, claro, quien me habló de la existencia de este libro. Andaba yo buscando libros del género que, en verdad, más me satisface. Ese, de fronteras bastante desdibujadas, que consiste en escritos personales de lo más libres, lo que puede deparar desde diarios heterodoxos, pasando por los de anotaciones y pensamientos variopintos, hasta memorias, si bien son escasas las no destrozadas por esa manía de la auto-justificación, con agresiva tesis defensiva, que dejan mal parados a quienes, en principio, gozaban de tu estima.
Un libro el el que ahora veo que su autor dice en su aviso introductorio que resulta de “meterse en jardines, salirse de las normas de la escritura analítica, del tema académicamente determinado”, y que eso le había sido “una fuente de placer”, pues confirma que tenía buenas posibilidades de entrar en ese saco de los predilectos, y lo puse en la lista de reyes de hace ahora cuatro años. Debió quedar camuflado, por su color, entre los de las estanterías de “pendientes”, y no fue hasta hace dos noches cuando, en ese emocionante momento en que dejas la lectura de uno y pasas a mirar cuál será el siguiente, pesqué el libro y me puse a leerlo.
Primera confesión dolorosa: que leyendo el primer capitulo del libro sospeché que me había dejado llevar por la adoración que Chusepito siempre mostró por Capella, a quien consideraba un verdadero maestro suyo y a quien conocía, creo, de “Mientras tanto”. Llegué a considerar que ese primer capítulo, que habla del “soberano difuso”, lo hacía sin rigor, siguiendo una cierta (penosa) tradición progresista, y aligeré el paso en su lectura, en una carrera en la que saltando sin entrar a saco, sin enterarme en realidad de nada, llegué a la tercera página del segundo capítulo, en donde me entró sueño, apagué la luz y me puse a dormir.
Así las cosas, anoche reemprendí la lectura donde aproximadamente la había dejado pero, viendo que no estaba bien situado, reinicié la del capítulo que, leído por primera vez con atención, empezó a interesarme. Se llama “Pensar el futuro” y dice que es -lo cual lo apartaría un poco de mi ámbito de preferencias- una re-elaboración de un texto preparado para un congreso en el que aportó “una meditación sobre la literatura del s. XXI”. El caso es que empieza hablando del muchas veces errado concepto de “progreso”, de las concepciones sobre el tiempo, de las distopías que en la literatura y el cine han sido, y ahí cambió mi apreciación radicalmente. Un capítulo que ayuda a disipar mis dudas sobre el camino que habitualmente se propone para llegar a un poder judicial realmente independiente constituye el segundo del libro y casi un cuento sobre el caso de la Barcelona Traction el tercero, en el que ahora me hallo, ya con grandes esperanzas sobre lo que puede deparar todo el resto.
Una observación colateral, si se quiere de lo más evidente pero que, vaya usted a saber por qué razones (bueno, sí: por no haberme detenido jamás en ello), en la que nunca había caído, me permite trasladar algo de lo escrito en lo que llevo de libro, para no acabar la entrada así, de vacío:
Está hablando, dentro de su explicación del tiempo histórico, de que en la época en que vivimos, “una época de crisis ecológica profunda”, posiblemente nos sean más relevantes, en vez de los más recientes, “hechos tan antiguos como las migraciones de pueblos de Oriente hacia Occidente, lo que llamamos nosotros la invasión de los bárbaros, tras el agotamiento ecológico de tierras del Este, que empuja a los pueblos a caer sobre los imperios cerealícolas del Occidente porque en Oriente ya no hay nada que comer.”
Sin haber enterrado con nuevas aportaciones, desde el colegio y desde los programas dobles de cine de mi infancia, mi conocimiento sobre eso, esta simple anotación marginal al escrito, haciendo ver los hechos desde el otro lado de la barrera, me ha hecho caer estrepitosamente del caballo.

 

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