“Desde muy pequeño me fascinaban las letras, la tinta, el papel. El papel en blanco y la posibilidad de llenarlo de letras. Nunca de dibujos. Yo no sabía dibujar. Yo sabía escribir. Cuando podía arrancaba algunas hojas de los blocs de mis hermanos mayores y luego me iba al ‘gallinero’ a contemplar las páginas en blanco, unas veces cuadriculadas, otras rayadas, y empezaba a escribir palabras. Ya en el colegio, iba a la oficina de material escolar a pedir cuadernos que luego apuntaban en la cuenta. Mi padre nunca me dijo nada, aunque tampoco veía los cuadernos porque yo los escondía. No quería que me vieran escribir. Era un secreto o, más que un secreto, mi mundo secreto”.
Debería pararme aquí, habiendo transcrito el primer párrafo de estas memorias, dejando evidente el gusto que provoca leer algo bien escrito, que hace mover sentimientos o recuerdos por ahí dentro. Y lo debería hacer, sobre todo, porque me había dicho a mí mismo que no iba a escribir más que de cosas que, por una u otra razón, me gusten, me interesen. De libros, pintura o cine, sólo elogios, nunca eso tan feo, que además de poder resultar injusto no merece la pena, de apuntar con la batería y disparar a la contra.
¿Qué debió pasar para que este “Desde mi celda. Memorias” (Juan Antonio Masoliver Rodenas, 2019; Acantilado) empiece tan bien, siga así en todo el relato de infancia y como alumno juvenil que incluye y luego se me pierda hasta resultarme por momentos desastroso? Consigue además, desgraciadamente, hasta seguir esa norma no escrita sobre las memorias que leo de, en vez de situarte bien a su autor y ayudar a apreciarle, alejarte de él y de sus cosas, visto su carácter y su forma de pensar reveladas.
Tras ese relato de infancia y juventud estudiantil, con algún retrato interesante de sus profesores, entra Masoliver en un tema, el de la muerte, que se hace duro, pues, como el mismo dice, el recuento de sus muertos convierte a ese trozo en un auténtico cementerio. Pero para mí el problema no ha sido ese, sino lo posterior.
En una monografía que Martí Rom y yo preparamos sobre el músico Joan Guinjoan, el eje principal lo constituía una larguísima entrevista, elaborada a base de muchos días de encuentro. Nos costó dar forma a la entrevista, pero sacamos la idea de que habíamos conseguido un texto fiel a la par que bastante atractivo sobre su vida. Como teníamos por costumbre, le dimos a leer el resultado, por si había alguna cosa que quisiera matizar, o que no le gustase ver impreso. Ahí nos perdimos. Cada día que nos volvíamos a reunir, Guinjoan había tenido tiempo de leerla de pe a pa de nuevo, se había dado cuenta de que no nombraba a Fulanito o a Manganita, y nos ofrecía alguna frase pidiéndonos encarecidamente que la insertásemos para cubrir el olvido y que nadie se enfadase. No hubo forma de hacerle entender que no era obligación mencionar a todos las numerosísimas personas que había conocido en vida y dejar constancia de un halago sobre su personalidad, cosa que podía hacer perder vida a la entrevista y convertirla en un muermo.
Algo parecido me ha dado la impresión que le ha pasado con su escrito a Masoliver, con la salvedad de que no siempre deja una frase de admiración sobre todos los personajes frecuentados, sino que de vez en cuando deja caer alguna que otra descalificación, lo que hace que él mismo, en un momento dado, defina con ironía su libro como unas “rencorosas memorias escritas por alguien ajeno al rencor pero adicto al veneno”.
Hay otra cosa que me ha hecho cuesta arriba la lectura del libro, al margen de lo pesada que se hace en algún momento la larga nómina de citados con frase definitoria de que hablo. El libro, que parece escrito en dos etapas, o por lo menos retomado para finalizarlo con un lapso importante, dice él mismo que lo inició cuando ya tenía 75 años. Será por esto, será por haber dejado de escribirlo con el cuidado con el que parece escrita su primera parte, el caso es que contiene un cierto desorden y muchas repeticiones, así como alguna incoherencia (como hablar en presente de personajes que en otro momento se señala que ya fallecieron), quizás por haber rehuido, seguramente para ahorrarse trabajo, de narrar teniendo en cuenta cronologías y fechas. Alguna repetición se ve mitigada por la editorial, pero se detectan aún unas cuantas. Masoliver parece consciente: “Ya he hablado de esto y Sandra Ollo me echa en cara que me repito, algo que a mi edad me está más que permitido”, dice por alguna página.
¿Qué es lo que hace ponerse un poco a resguardo del personaje retratado? Primero sus frecuentes chulerías y bravuconearías varias (“Pero el que jugaba bien, con perdón y sin perdón, era yo, como jugaba bien a frontón con raqueta o frontenis, al billar, al Ping-pong y al ajedrez”). Pero sobre todo su voluntad, exhibida continuamente, de pasar por un inconformista política y socialmente hablando, un hombre con un éxito atronador con las mujeres (dejando además clara su obsesión sexual) y hasta un bebedor extraordinario de todo tipo de alcohol, con una especialización notoria en la cerveza. Para acabar de redondear la impresión, de tanto en tanto deja caer alguna digresión jocosa, que parece producto de la ingestión de alguna medicación de esas que tienen el objetivo de levantar el ánimo del paciente y éste se pasa de la ralla.
La cosa parece recomponerse y recuperarse por el final, a partir de su descripción, tan cercana, de su trabajo en La Vanguardia y en general de aspectos de su profesión, así como con sus reflexiones finales, desde “la última vuelta del camino”. Pero para mí el mal ya estaba hecho.

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