He retomado los “Retrats de passaport” de Josep Pla, recogidos a partir de textos de todas las épocas, en el volumen 17 de la Obra Completa de Destino. Iba a ir directo a los personajes conocidos que, por suerte, son ahora para mí muchos más, pero me he atascado ya en el primer retrato (“L’Almirall Concas”, de 1917), por cómo habla de un mundo desaparecido -la tartana pública, algo así como “La diligencia” de John Ford-, de Torroella de Montgrí i, concretamente, del Palau Solterra, donde ahora está el museo dedicado por la Fundació Vila Cases a la fotografía. Y, claro, en el ambiente asociado a la visita del personaje, un antiguo héroe de la guerra en Filipinas.
Luego he ido picoteando personajes. Sus retratos son bastante desiguales. De hecho, alguno no llega ni a retrato y corresponde a una limitada entrevista, por ejemplo. En general, no obstante, todos tienen algún momento de ejercicio virtuoso de estilo, viéndose a Pla escogiendo adjetivos y frases para ofrecer un ambiente o un carácter, pero por encima de todo, se aprecia un cierto tono retraído, irónico.
Por eso me ha sorprendido doblemente el retrato dedicado a Josep María de Sagarra, en el que, dejándose estar de detalles de ambientes e ironías, hace una defensa encendida no sólo de Sagarra, sino de su generación, él incluido, hablando en primera persona del plural.
Escribe párrafos como éste, en que dibuja perfectamente los dos bandos que existían en la literatura Catalana, situándose claramente en uno de ellos:
“Nosaltres fòrem contra el ruralisme en totes les seves manifestacions i contra el que s’anomena el costumisme; contra el pintoresc xaró; creguérem que els tipus excepcionals, marginals, i en definitiva anormals o boigs, no tenen cap interès. Defensàrem la cultura, la sociabilitat, la llibertat en tots els ordres i la ciència. Ens trobàrem davant un món, davant una societat determinada -la del nostre temps- i tractàrem de descriure-la, sense gaires il.lusions, d’una manera més o menys agra.”
Luego pisa el freno y reconoce el mérito que más tarde descubrió tenían “el Patufet, Josep María Folch i Torres, els Pomells de Joventut, les ‘Pàgines viscudes’ (...) i altres impressionants collonades”.
Pero antes ya se ha quedado descansado soltándolo.



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