Leí en una nota de suplemento cultural que este “Tercer acto” representaba la tercera entrega, después de las dos peculiares anteriores “autobiografías”, en las que hace referencia a sus últimos años. Entonces pregunté a un forofo de Azúa, quien me la tildó de obra maestra y ya no me resistí a comprarla.
Me ha dejado bastante desconcertado. No por sus continuos saltos por capítulo adelante y atrás en la cronología, que veo como una “modernez” totalmente prescindible, sino por su naturaleza y por cómo está resuelta.
Tendré que oír los razonamientos que acompañarán al calificativo de obra maestra, pues la verdad es que a mí me ha dejado lejos de ese estado. Claro que tampoco he descubierto con la facilidad anunciada los personajes “reales” que me anunciaron se evidenciaban inmediatamente detrás de los nombres con los que figuran en la obra. Tan solo he descubierto a dos o tres, quedándome in albis sobre los más cercanos.
Quizás la tan buena valoración se encuentre con el tono agridulce que se transmite en la novela “de crecimiento” (pues eso veo que es la pieza) sobre este repaso inmisericorde del periodo que va desde el final del franquismo hasta cerca de nuestros días. Un tono que diría enseña la portada elegida, con ese “Entierro de la Sardina” de Goya que tanto se parece a las grotescas portadas, de Ensor y otros, que suele emplear para muchos de sus libros Miguel Sánchez-Ostiz.
Porque esa sensación de conciencia de la ridiculez de nuestros cometidos por este mundo, de la fugacidad de todo, sí que me ha llegado, aunque diría que está ya cubierta en las magistrales páginas iniciales y finales que, como un emparedado, envuelven toda la trama. En la primera página habla -de forma sensacional, a mi entender- de este “tercer acto” de la vida que, aunque parecería que iba a ser el protagonista, no surge más que en off en el libro. Por las últimas aparece este párrafo que explica también a la perfección (otra vez a mi entender) el acto siguiente al del que realmente se habla en el libro, es decir, ese segundo acto en el que, arrinconados anhelos y disparates juveniles, uno se pone a trabajar, casarse y hacer en definitiva todo eso que antes se llamaba “integrarse en la sociedad”:
“Debo decir que este largo periodo intermedio de trabajo y domesticidad es inexcusable porque si nos negamos a él, sí tratamos de prolongar el primer acto imitando los usos juveniles y de ese modo pretendemos alargar la fogosidad y majadería de la juventud, acabamos en una total abyección que sólo puede tener sentido en las vidas (muy dolorosas) de los poetas o los guitarristas de rock, figuras capaces de absorber el mal gusto y la indignidad de toda su generación sin apenas deterioro.”
Y, por el medio, eso sí, unas cuantas observaciones punzantes, algunas bien tiernas, marca Feliz de Azúa.

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