Antonio de Moragas, “acentuando la bestialidad” en un proyecto de arquitectura que le llevó a Argelia.
Aplicándose en las referencias cinematográficas.
Creo que he visto, una vez leído del todo, en un par de exalhaciones, “Un intrús benvingut” (Antoni de Moragas, 2021), la clave de lo que destaca en su título.
Hay, desde luego, atrevimiento gordo en el personaje: iba yo un día paseando, hablando con él, por una acera del Ensanche, cuando noto que se me ha quedado de repente atrás. Me giro y veo que, ni corto ni perezoso, ha sacado su móvil y está haciendo una fotografía sin ningún recato a un hijo de Jordi Pujol, quien en ese momento aparecía en todos los noticieros como envuelto en venga casos de corrupción. En esas actitudes coinciden dos verdades: que no tiene miedo a que un día le partan la cara y que le pirra el conocimiento directo de la gente que son o han sido de actualidad.
Pero también se dan otras circunstancias. Él tiene una reacción espontánea cuando el azar le pone ante algo que le resulta atractivo, metiéndose en la boca del lobo sí necesario para saciar su curiosidad. Y la gente, que no está acostumbrada a ciertas cosas, no tiene más posibilidades entonces que considerar su intrusión como lo más natural del mundo y actuar con una normalidad que a nosotros nos resulta extraordinaria.
Luego él, conocedor de la narrativa del cine épico, adorna las cosas con escuetas pero muy buenas pinceladas, de las que está lleno el libro. Un ejemplo de esto último puede ser el de su (no) encuentro con Leonidas Breznev, el antiguo dignatario soviético. Le dicen que la habitación que le han dado en el Gellért de Budapest acogió en su día al antiguo dignatario soviético, cosa que le gusta un montón. Aprovecha entonces para decir (página 207) que “desde el balcón de Breznev se ve el mundo de otra manera”. Y poco después, pasando revista a las cosas que con mayor agrado recuerda de la capital húngara, incluye “el balcón donde, por muy poco, no coincidí con Breznev”.
Hay muchos encuentros como este, la mayoría reales y otros aproximados, referidos en el libro y, al menos para mí, por lo que me recuerdan lo bueno del personaje, me han resultado muy gratificantes y extremadamente divertidos. Y hay también otros que no resultan divertidos, pero que recalcan la habilidad del autor de las memorias para la observación y su consecuente relato. Es el caso, por ejemplo, de un juguete roto, el jugador de fútbol Zoltán Czibor, a quien comenta (206) que, “ya retirado, me encontraba bebiendo whisky en una cafetería en la que paraba yendo a la Escuela”.
Otra cosa no muy destacada hasta este momento de estas memorias: Él asegura que no es arquitecto, sino que ha hecho de arquitecto, marcando su diferencia (142). Que ha sabido utilizar las “astucias de quien no sabe” (106) y reduce toda la clave para poder, como él, haber sobrevivido en el intento en “aprender del que sabe e ir aumentando la gestualidad” (128). Como en todo, hay que hacerle caso comedidamente, pues he encontrado que las lecciones de arquitectura recogidas en el libro, donde habla, además de su propia experiencia, de obras de su padre y de grandes nombres de la arquitectura moderna, son de lo más aprovechable. Desde traslación de sensaciones (“Florencia nocturna, vacía y fría, en la que los grandes monumentos se convertían en una maqueta gigante”, 91), pasando por la explicación de los mecanismos de corrupción empleados o ciertas boutades de Oriol Bohigas, hasta el toque definitorio maestro, como cuando señala en alguna obra de MBM un “aire británico, influencia de Mackay” (141) o esa síntesis del meollo de la cuestión de proyectar un edificio, encontrado en hacerse previamente una clara idea del valor simbólico que tendrá para el que efectuó el encargo.
Hay mucha cosa más, claro. Desde cotilleos, alguno lanzado como arma arrojadiza sin saberse del todo su objetivo, hasta continuas referencias cinematográficas usadas como base cultural. Y, cómo no, muchas referencias a sus mujeres que han sido y son y otras precisas de sitios emblemáticos del pasado.
Quedamos, pues, que si alguien aún no ha catado el libro debe, por su bien, hacerse con él poniéndose en contacto física o virtualmente con la librería +Bernat de la calle Buenos Aires de Barcelona. Eso le reportará un muy buen rato de lectura, pero también puede hacer agotar rápidamente la edición y lograrse entonces que alguna buena editorial quiera hacerlo suyo y editarlo de nuevo (la excusa de su traducción al castellano también podría servir) anulando o limando unas cuantas repeticiones que se dan en él o corrigiendo los errores que se han deslizado por ahí. Los hay principalmente de localización precisa de ciertas cosas y, sobre todo, en la grafía de muchos apellidos. Como ejemplo, el tan amado “Umberto D” de Moragas se ha convertido por un desliz en “Roberto D” y no quiero decir como ha quedado su auto-calificación de hitchockhawkasiano…
Con errores que denotan la falta de una labor de edición como debería haber existido, el libro me parece, queda claro, totalmente recomendable. Aunque quien sabe si no estaré yo influido por haber visto con gran emoción que, por el final, cuando hace mención de sus amigos (que es verdad que dice que son contados y sin embargo le dan para un largo capítulo), me nombra como uno de sus “nuevos amigos de toda la vida”. Cosas que le llegan a uno, claro.
Lo que anotó en su día.
…y que le ha servido como portada del libro comentado.




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