Me iba yo preguntando cómo era que La Central había cedido su jardín, que tan lucrativo le resulta como café, para hacer una presentación del libro de Jordi Esteva “El impulso nómada” (Galaxia Gutenberg, 2021) cuando al llegar constaté que la presentación no se hacía en el jardín, sino en otro patio cuadrado de la librería que no conocía, con una enredadera vegetal como techo y una antigua fuente en medio.
Claro que quizás la misma fuente, con su relajante pero continuo ruido de agua deslizándose entre el musgo desde el surtidor a su base, haya tenido parte de culpa en que, como reclamaban una y otra vez la gente más alejada, no se oyera demasiado bien a Esteva, quien se olvidaba en seguida de que debía hablar pegado a su micrófono.
En cualquier caso, si por lo menos oyeron a los dos compañeros de mesa de campanillas que se buscó para la ocasión, debieron salir igualmente satisfechos, porque realmente dieron ambos un recital sobre lo que debería ser siempre una presentación de estas características.
En primer lugar, Frederic Amat, quien efectuó una presentación que se demostró sentida y, a la vez, muy preparada. Inició su intervención comentando que su generación, la de los nacidos a inicios de los 50, se verán seguro reflejados en el libro. En un escenario absolutamente gris, se debieron sentir, como le pasó a Jordi Esteva, con ganas de dar un salto, de conocer otras latitudes, otras culturas.
Bajó luego a un nivel personal, nombrando a amigos suyos de la época que aparecen en el libro, como los hermanos Puigmartí, y empezó a evocar, recordando, las primeras fiestas a las que acudió. La siguiente cosa del libro que dice le hizo dar un salto en su lectura fue la aparición de una palabra, “luminaleta”, que dice actuó en él como una espoleta del recuerdo, pues queda claro que él también formó parte del club de la luminaleta.
Cerrando figuradamente las páginas de esa evocación, volvió de nuevo al principio. Exaltó la imagen de la portada, que Joan Tarrida, el director editorial de Galaxia Gutenberg había dicho previamente que había sido confeccionada totalmente por Esteva. Se preguntó, claro, si la fotografía salía de un fotomatón o si había sido tomada en una comisaría.
No queriendo hacer ningún spoiler sobre lo relatado en las memorias, hizo un pequeño esquema sobre cómo había visto en cuanto a estructura el contenido del libro. Explicó que ya en las páginas iniciales se ofrece su contenido global. En un primer término está el niño que señala un mapa. Luego llega el salto a países deseados (que, comentó entre paréntesis, hoy son todos ellos imposibles de visitar) y más tarde, con un cambio, el Nilo, el viaje hacia dentro, a escuchar la voz interior.
Más cosas que retuve de lo que dijo Frederic Amat: que es un libro de memoria revivida con el afán de preservarla. Que está lleno de imágenes, que no ilustraciones. Y qué pasó finalmente a hablar del componente sexual del viaje. Aprovechando que tenía a Patricia Almarcegui a su lado y que ésta había estudiado a Alí Bey, recordó que Domènec Badia había sido absolutamente casto a lo largo de todos sus viajes. A Alí Bey contrapuso Juan Goytisolo y Jordi Esteva, ambos también interesados profundamente por la cultura árabe, pero sin disfrazarse como había hecho el primero. Esteva, en vez de disfrazarse, dijo, va desnudo.
De una forma condensada, Patricia Almarcegui, a la que se notaba que le había gustado la intervención de Amat, no bajó el nivel, dejando claro por qué es considerada hoy en día una experta absoluta en el análisis de la experiencia del viaje (“Patricia es el viaje”, dejó ir Frederic Amat).
No sé si a Jordi Esteva le entusiasmó que empezara tratándolo de su ancestro, pero lejos de tratarlo de viejo, rápidamente quedó claro que quería decir que había actuado de maestro para con ella. Confesó que era en quien se había mirado inicialmente para hablar del viaje y de Oriente, y citó la absoluta rareza de su libro de 1998 “Mil y una voces. El Islam”, una extensa retahíla de entrevistas para llegar a captar lo que era y significaba el Islam en aquellos países en los que era dominante.
¿Por qué querer leer las 498 páginas del libro? - se preguntó en voz alta Patricia Almarcegui. Casi todo el resto de su intervención fueron respuestas a esta pregunta.
En primer jugar, explicó, por su título, con ese “nómada” tan atractivo. A continuación por el influjo de Oriente, del Islam, pero además por sus poetas. Jordi Esteva resulta en el libro, por otra parte, un político discreto, que va descubriendo paso a paso lo que supuso en esos países el colonialismo.
Más cosas, más razones: por el despertar de la homosexualidad, por dejar sentado el poder iniciático al viaje que posee la música (y aquí ambos se enzarzaron en una discusión por elevar más arriba el nombre de Umm Kalzum, de la que Esteva dijo que era la mujer egipcia más importante desde Cleopatra y Patricia explicó que en el momento de su muerte habían querido conservar su garganta). Por el Oriente de las drogas, pero -precisó- no es que, como tantos, Esteva fuera a Oriente para gozar allí de los viajes que creían iban a facilitarle las drogas, sino que era al revés: tomaba drogas para involucrarse en Oriente. Por sus chascarrillos, sus anécdotas…
Finalizó su intervención con una frase muy luminosa: En Esteva “viajar es partir a un sueño de la infancia. En Egipto se encontró con su infancia como paraíso perdido”.
Luego vino un pequeño turno de preguntas. No sé si también hubo problemas auditivos en la mesa de los presentadores, porque una palabra oída o al menos asimilada erróneamente dio paso a una de las buenas risas de la noche. Patricia Almarcegui había señalado que un instrumento que suele tener el viajero a mano es la comparación y que Esteva la utiliza desde el primer momento, en el que las aguas de no sé qué lejano lugar le recuerdan “las turbulentas aguas del Congost”, el que pasa por la población de El Figaró, se ve que inicialmente protagonista en las páginas del libro. Para los que no conozcan la más bien triste geografía fluvial catalana, diré que el Congost es un riachuelo cuyas aguas acabarán llegando al Besós, que no es que, a su vez, sea, para entendernos, ni mucho menos un Ebro, un Duero, un Tajo, un Guadiana o un Guadalquivir, sino que resulta ser de una modestia evidente. Pues bien: Frederic Amat quiso más adelante profundizar en una idea y se vio que había entendido que las turbulentas aguas eran no las del Congost, sino las del rio Congo…
Ana Pániker. Jordi Esteva, acabando el acto, dio una imagen muy gráfica de su preocupación escribiendo su obra. Indicó que procuró dejar fuera de su libro lo que no pasaba el tamiz de las ganas de vivir. Y, redondeando, confirmó que la escritura de este “El impulso nómada” había supuesto su reconciliación con su padre, a quien acabó dedicándoselo.
Un buen colofón, creo, para la presentación, que acabó congregando (aún con la limitación de estar el aforo lleno desde hacía días) al que será seguro el mayor número de protagonistas del libro que pueda convocar nunca a cualquier presentación del mismo.
“Patricia ES el viaje”, acaba de soltar Frederic Amat, para notoria satisfacción de ella.




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