¡Qué recuerdo ese de los veranos del dolce fare niente, leyendo una apasionante novela en una hamaca de cuerdas colgada entre dos árboles!
Imposible ahora, porque no sé ni qué árboles podrían dar sombra y soportar el peso de la hamaca pero, de alguna forma, eso de estar pendiente de los avatares que narra una señora novela me ha pasado estos días con “Castillos de fuego” (Ignacio Martínez de Pisón, Seix Barral, 2023).
Porque se trata de un trabajo brutal de documentación de un terrible periodo (La inmediata postguerra española), pero respondiendo a las reglas de una novela clásica donde las haya. Son seis capítulos, ambientados en seis periodos semestrales, entre 1939 y 1945, en cada uno de los cuales se va saltado a las acciones de unos u otros personajes, que mantienen una cierta relación argumental entre ellos.
La conduce un narrador omnipresente, que se mete hasta en los pensamientos de todos y cada uno de los personajes, representantes de la tremenda escabechina que sufrieron aquellos pocos supervivientes que tuvieron el arrojo de plantar cara a la dictadura o, por el otro lado, sinvergüenzas que se aprovecharon se su posición, pasando por los que tuvieron que apechugar con las penurias y e injusticias o se dejaron finalmente convencer que traicionar a los suyos era el único camino que les quedaba.
Con estos mimbres, lo que tocaría sería estar ante un dramón de notoria truculencia, pero Ignacio Martinez de Pisón se las arregla para, sin dejar de ir informando de la auténtica salvajada que dominó el periodo, sin dejar de apuntar la crueldad que también se cebó entre los en principio héroes de la historia, dulcificar a base de buen humor la partida.
No solo hay una gran habilidad para ir transmitiendo de forma muy amena los hechos documentados que ha ido recabando, sino que su proceder actúa en varios, a veces sutilísimos, niveles. No se me ha escapado, por ejemplo, sin nombrarlo él directamente, el discreto segundo plano que ocupaban las mujeres franquistas, a su bola mientras sus maridos hacían grande España y su patrimonio familiar que ellas dilapidaban, mientras que las circunstancias hicieron adquirir un protagonismo importante a las mujeres de los vencidos.
Sentado ese buen regusto dejado por la novela, una duda me asalta. Creo haber pillado un error de ambientación que, al leerlo, me ha hecho instintivamente distanciarme por un momento de la trama, para centrarme en su carpintería. ¿Debería intentar comunicárselo al autor para que pueda corregirlo en una eventual segunda edición o sería una descortesía, porque parecería que pongo en evidencia la fiabilidad de un libro que no dudo en calificar, con sus imágenes tan bien trasmitidas, de definitivo para la conceptuacion del periodo?

No hay comentarios:
Publicar un comentario