Anoche se me hizo tarde pero, como si se tratase de una novela que no puedes abandonar, no paré de leer hasta que Juan Benet ve que no siente parte del rostro y le detectan un cáncer que, en realidad, está ya muy extendido, en metástasis. Él, que tenía cara de pájaro, se va debilitando y convirtiendo en un pajarito, y muere. Ya en su ausencia, se produce el emotivo encuentro y reconciliación de sus mujeres supervivientes, y por fin se acaba “El plural es una lata. Biografía de Juan Benet” (J. Benito Fernández; Renacimiento, 2024).
Apagué entonces la luz de la mesita de noche pero, quizás para confirmar esos infundios que me señalan como hipercondríaco, empecé a notar mis diferentes males por todo el cuerpo, seguro de un penoso final inminente, y tardé en dormirme.
La lectura del libro, mostrando su vida de principio a final, me ha hecho ver, antes de nada, su fugacidad. Después de saber de tantas peripecias, líos y empeños, darte cuenta de que ya está, que todo eso se acabó de repente, te deja en un estado reflexivo, como corroborando la idea que los años, quieras o no, te van asentando en tu mente.
Me resultó atractiva la idea de leer el libro sobre Benet, al margen de que previamente había leído el anterior del mismo autor sobre Ferlosio en forma de “apuntes para una biografía” -pero que no dista mucho del estilo de éste-, por la figura misma del escritor.
Conocía de Juan Benet, y de hecho aún conservo en casa, unos cuantos de sus libros (cierto es que en general de los que más se apartan de la línea que más lo suele definir), le leí muchos de sus artículos en El País y en multitud de revistas. Vi bastantes programas de televisión en los que le entrevistaban o en los que participaba, siempre con su ironía -cuando no pólvora explosiva- a cuestas. Podría decirse, pues, que su literatura, sus ideas y alguna de sus poses no me resultaban ajenas.
Pero, en cambio, no le había tratado nunca personalmente, ni sabía nada sobre su vida personal. Por no saber, no tenía ni conocimiento de la relación que había mantenido con -entre otras- Rosa Regás, Emma Cohen o incluso diría que Blanca Andreu.
Dejo para otros la polémica esa de que si debe conocerse algo de la vida de un escritor o bastan con sus obras para disfrutar -o polemizar- con éstas. El caso es que a mí sí me suelen interesar las ocupaciones y detalles de la existencia -sin entrar en cotilleos innecesarios- de los escritores o artistas cuya obra me dice algo.
Pero vayamos por partes: me gustaría hablar del libro atendiendo a dos visiones:
-Por un lado, sobre el libro en sí mismo, su estructura, fuentes, aspecto general.
-Por otro, sobre el Juan Benet que se desprende -o que yo he ido dibujando- de su lectura. Vamos a ello, empezando por lo primero.
Cuando, hace poco, llegó a las librerías (más de fuera de Cataluña que de por aquí, donde no tenía entonces muy buena distribución), cosechó unos cuantos palos bastante cruentos. Muchos decían que se fijaba en unos detalles que no han de preocupar al lector (la polémica en la que no quiero entrar), y otros muchos decían que no se trataba de una biografía, sino de la agenda personal del escritor, sin interés alguno.
Es verdad que J. Benito Fernández ha partido, como elemento me parece a mí que fundamental, de las agendas /diario personal -no literario- de Benet, en las que se ve que dejaba escrito, telegráficamente, todos los datos de su actividad. Eso le ha permitido estructurar su libro de forma muy sólida, siguiendo una cronología muy fiable. Pero esa no ha sido la única fuente de información que ha buscado.
Ha partido también de conversaciones con multitud de gente (familia, compañeros de trabajo, conocidos, amigos,…), de toda su obra publicada escrita, correspondencia del y con el escritor (editada o no) a la que ha tenido acceso, de las crónicas de prensa y críticas a sus libros, de los informes de lectores para el departamento que se encargaba de la censura (de los que el otro día hice una entrada con el extracto de una jocosa muestra) y de cantidad de dedicatorias que estampó en los volúmenes que regaló de los que le fueron editando.
Todo este ingente material, convenientemente ordenado e hilvanado, va constituyendo el libro. Benito entresaca del mismo tanto pros como contras, opiniones favorables como negativas, no deja de lado las pugnas y discusiones que se generaron alrededor del escritor y, para hacer liviano el resultado, en la selección de lo que finalmente incluye en el libro (y esa selección, junto a cómo y dónde hilvana los materiales, es fundamental para que el lector vaya asumiendo la personalidad que le quiere trasmitir del escritor) unas pocas pero muy buenas anécdotas.
Podría poner muchos ejemplos del tipo de anécdotas, pero hago mención de sólo de una que corresponde al viaje que Juan Benet -acompañado de algún otro- hizo a Portugal para visitar a Don Juan, enviados todos por Dionisio Ridruejo (pág. 148). Quien pueda que lo lea. Es la transcripción de la carta que Benet envió con posterioridad al escritor Manuel de Lope explicándoselo, y puede observarse entonces tanto la bravuconería de la que suele fardar (eso de que tenía planeado hacer que Don Juan pagara los gastos incurridos en la visita) como el carácter malicioso que quería arrogarse (esa única pregunta que le hizo Ridruejo a su regreso: ¿Es tan tonto como aseguran?
Con todo este ingente material así presentado, te vas formando, claro, una determinada idea del escritor y su mundo. Pero no sólo eso. El libro es, de forma impepinable, un valioso retrato del mundo literario y artístico español, con todas sus formas de relación y actividades, de la segunda mitad del siglo XX y, a la vez, una crónica muy productiva de esa época (recuerdo ahora el escalofrío que me recorrió el cuerpo por lo bien que Jaime Salinas transmitía en una carta el miedo que tenía de que le dispararan un tiro por la espalda cuando acompañaba al entonces ministro Javier Solana, reflejo de esos años en que ETA se mostró tan activa asesinando) y una geografía también muy completa de por donde se movía todo este mundo (los sitios que visitaban, los locales donde bebían y se desarrollaban sus encuentros van dibujando todo un interesantísimo mapa del momento).
Puede, por sus muchos fragmentos banales o jocosos, con tanta juerga y borrachera descrita, que se piense que se trate de un volumen que retrata una vida fácil, envidiable, pero no hay que tenerlas todas consigo: el libro también está lleno de suicidios y de intentos de suicidios.
Sobre el retrato que se va dibujando de Juan Benet será de lo último que escribiré por aquí. La lista de sus características sería bien larga:
-Provocador contumaz.
-Capaz de diatribas terribles (en contra de Galdós, por ejemplo), de descalificaciones más o menos gratuitas pero ciertamente divertidas (“Robert Musil era un cretino que había muerto por hacer gimnasia, que como todo el mundo sabe, es malísimo”) y de disputas eternas (con el editor Vergés por un asunto de derechos de edición, por ejemplo).
-Erudito en ciertos campos (sus discusiones con Ferlosio sobre batallas)
-Juerguista
-Mujeriego
-Escritor preocupado, básicamente, por el estilo
-Bromista empedernido (que se lo pregunten a Eduardo Mendoza, que estuvo unos días sin dormir por lo que le soltó tras la lectura de su manuscrito sobre “La ciudad de los prodigios”, dejándosela por los suelos y tratándose en realidad de una malvada broma, como se vio unas pocas semanas después, cuando en un acto señaló esa novela como la mejor que había leído ese año)
-Juguetón (ese “Para Begoña, sin coña” que escribió en una dedicatoria durante la feria del libro cuando una señora le respondió que la persona a la que iba a regalar el libro se llamaba Begoña)
-Alumno más que regular (Numéro 49 de su promoción en Ingenieros de Caminos, sobre 52) y dudoso profesional posterior.
-Culo inquieto: resulta agotador sólo leer la enorme cantidad de viajes y recorridos de aquí para allá en poco tiempo que efectuó en su vida. Mientras que yo quedo de lo más fatigado conduciendo 150 kilómetros un día, el libro te explica que se recorría varias veces España de punta a punta, Ida y vuelta, en una única semana.
-Algo parecido podría decirse con su empeño para montar viviendas personales…
-Lector contumaz especializado.
-Hombre de lo que se ha venido en llamar “de izquierdas”, vertiente aparatosa (recuerdo la impresión que me causó en su momento la lectura, en el Cuadernos para el Diálogo, del demoledor artículo que hizo contra Solzhenitsyn, debido a sus críticas a la URSS).
-Bocazas. La mayoría de entrevistas demuestran que era incapaz de responder cómo se espera de una entrevista banal, ni de decir una mentira piadosa cuando le preguntan, por ejemplo, qué opinión tiene sobre la última novela de un amigo suyo… Eso, claro está, le comportó serios problemas en su vida…
-Generador de divertidos motes.
-Atraído por las sitios que han sido y están ahora decrépitos, ruinosos.
Vamos, que a la que surja otro libro similar que vaya sobre un personaje que me sea cercano, vuelo raudo a por él.
Por el libro me entero que, después de un 2CV, se compró este modelo de segunda mano, y sería uno de sus signos característicos.




No hay comentarios:
Publicar un comentario