Al principio de la lectura de este libro se intuye a Éric Vuillard, mirando desde la foto de la contraportada con unos ojos de ver más allá y una mano cogiéndose con arrogancia de la solapa de su gabán, como un personaje altivo, algo insolente, pagado de sí mismo. Entonces ese texto que busca constantemente el detalle para convertirlo en gesto altisonante se te aparece, por un momento, como artificio literario no muy correcto. Querrías, en su lugar, un lenguaje más llano, no tanta exageración del gesto como, página tras página, se aprecia.
Pero poco a poco, o por lo menos a mí me ha pasado, vas comprendiendo que, para narrar la cruel pantomima que presidió el ascenso del nazismo en busca de su dominio mundial y las increíbles mentiras que lo envolvieron y divulgaron, así como la dócil, incauta, ciega, aborregada y hasta entusiasta postura de una aplastante mayoría de los ciudadanos germánicos, quizás sea necesario montar todo ese engranaje.
Lo que sí es cierto es que el efecto de juntar en tu cabeza la decisiva reunión inicial de los grandes industriales alemanes con Hitler junto a las informaciones finales sobre lo que se coció en sus empresas durante la guerra, es demoledor. Como lleva también al abatimiento notar lo presentes que están en el mundo de hoy los mecanismos que condujeron -de una forma que, una vez revelada, no puede ser calificada más que de farsa- a todo lo que sabemos que ocurrió.
En este sentido, el éxito enorme del libro, con montañas de ejemplares vendidos y hasta su premio Concourt, también te lleva a plantearte una duda: Por un lado dirías que es magnífico que tanta gente conozca los hechos, le impresionen y reaccione entusiasmada. Eso, te convences, es garantía contra volver a las andadas, pues muchos, conscientes del peligro, lo impedirían. Pero luego llega la torna: ¿y si la gente lo lee y lo aprueba entusiasmada, sin captar que también se está hablando de ahora, de sus mismas circunstancias, de los mismos movimientos que apoyan?

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