Con el tiempo todo va colocándose en su sitio, aclarándose. Debí descubrir los primeros libros de Gonzalo Suárez, como suele pasar, por casualidad. Me debió llamar la atención de la tapa de uno desde una mesa de novedades ojeada en un Drugstore una noche, antes de volver a casa y, al abrirlo, debí leer algo al azar, sorprendiéndome favorablemente su lenguaje.
Eso valdría para la tapa amarilla de mi edición de “Trece veces trece”, sus primeros relatos, que me llevaron a comprar todos los demás que iba viendo. Aunque debiera corroborar con fechas si fue así o al revés, habiendo empezado ya por alguna novela de Rocabruno. El caso es que poco después, viendo “De cuerpo presente” de Vicente Aranda”, me di cuenta de que ya conocía esas historias que la película contaba.
Digo lo de que el tiempo va ordenándolo todo porque ahora sé que Cortázar (mi gran descubrimiento de otro tipo de literatura con la lectura a los 18 años de su “Rayuela”) elogió en su momento las cosas de Gonzalo Suárez. Esa forma de decir sin aspavientos ni florituras, en lenguaje directo, ese hacerte aflorar rápido la sonrisa durante la lectura,… Ese era el tipo de libros que buscaba y devoraba.
Voy por la mitad de este libro ahora editado. Tanto el prólogo de Eduardo Mendoza como la larga entrada a los artículos, escrita por el mismo Gonzalo Suárez (ahora ya no sé si en este 2025 o en 2006) me han parecido piezas magníficas.
Y la forma de entrar en materia en los artículos de los primeros años 60 firmados por Martín Girard ahora recopilados me han retrotraído directamente a esas lecturas mías de entonces… Ese ponerse a él siempre como absoluto protagonista, siempre un paso avanzado sobre lo que va a encontrar, con ideas previas que quiere corroborar, ese siempre nombrado desayuno de café y croissant que nunca falta, esos juegos de palabras y fijación con el significado de los nombres… Decididamente, eran los de Martín Girard artículos para la prensa deportiva, pero podían ser, y de hecho hablaban, de cualquier otra cosa. El caso era la escritura, ese “Nuevo periodismo” que, según parece, surgió como tal, identificando a otros, años más tarde.
Luego, salvo alguno de cierto relumbrón, el personaje (siempre relacionado con el deporte) a los que figura que entrevista no me interesan lo más mínimo, pero está divertido ver como Gonzalo Suárez les hace decir de todo, cosas increíbles. Naturalmente inventadas.
Al final resulta que no finalicé el escrito de la forma que quería, dejándome su coletilla, que daba valor a esos retratos de personajes del deporte que, a priori, no me interesaban. Lo hago ahora...
Resulta que uno de los protagonistas de una crónica era José Amor, árbitro de fútbol de categoría regional. Explica Gonzalo Suárez que Amor suspendió el partido que estaba arbitrando a los quince minutos de la segunda parte, pero temiendo por su seguridad, no lo comunicó a nadie...
Leyéndolo, creía ver visiones. No sé si José de nombre, pero Amor se llamaba un vigilante de media pensión y clases de estudio de mi colegio de entonces, y sabíamos que era árbitro de regional. Dudo que existiera por esos años dos con el mismo apellido. El tal Amor, por cierto, era de armas tomar. Si no me equivoco, lo acabaron echando de la Escuela, por las denuncias del padre de uno al que había quemado la pierna con su puro.
Siempre con gafas oscuras, era un chulo increíble, desagradable, que tenía medio atemorizada a media clase. Le daba a la regla, golpeándola fuerte contra la palma de la mano de quien pensara que había hecho algo que no le gustase. La gran alegría de todos fue cuando un compañero le tiró desde el patio, a través de la ventana, una bomba fétida, y le atinó nada menos que en su nariz.

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